Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    18 de Mayo de 2022
08 de Mayo de 2022
EL DESPRECIO A UN ANCIANO NOS DESHONRA A TODOS

  
   La Iglesia siempre ha afrontado la situación de los ancianos con valentía y decisión. Una muestra de ello lo fue la XXII Conferencia Internacional sobre «La pastoral en la atención de los enfermos ancianos», que tuvo lugar en el Vaticano del 15 al 17 de noviembre de 2007 y que reunió a expertos de los ámbitos geriátrico, biomédico, histórico, filosófico, teológico y pastoral. Entre otras cosas de suma importancia, la conferencia abordó el hecho del envejecimiento en el mundo dada la prolongación de la expectativa de vida, que también es conocida como «la cronicidad». Se puso en evidencia que la ancianidad plantea desafíos «a 360 grados tanto en la vertiente médica como pastoral» y se ejemplificó con el hecho de un envejecimiento de la población caracterizado por buenas prestaciones hasta los setenta años; pero después de esa edad, especialmente a partir de los setenta y cinco años, se viven aún muchos años marcados por muchas patologías, por el consumo de distintos fármacos a la vez, y toda una serie de disfunciones físicas, cognitivas, del tono del humor, frecuentemente afectado por esta cronicidad y otras de carácter socioeconómico.
  
   De esta realidad –se dijo- surgen «nuevas necesidades médicas y pastorales para seguir a estas personas, que además afrontan la muerte del cónyuge, la pérdida del papel social, la pérdida de los amigos, que están en una situación de fragilidad tanto física como espiritual». Ahora bien, hablar de atención pastoral de los ancianos aborda un concepto de salud muy amplio ya que en absoluto es verdad que se esté bien si ello se circunscribe al tema físico y mental; el bienestar abarca estar en paz con uno mismo, con los demás, con el entorno, con Dios; no es sólo un tema clínico, sino también espiritual. Es imprescindible, por tanto, profundizar en el valor de la persona anciana, porque la asistencia que recibirá, desde todos los puntos de vista, dependerá del valor que se le reconozca y esto, en particular al enfermo anciano discapacitado, y al gran papel que juega la pastoral respecto a él. Y es que una persona en esas condiciones también puede alcanzar una curación verdadera ya que es cuando la persona logra gestionar su situación sin verse aplastada por los acontecimientos como el dolor, el sufrimiento o la propia discapacidad.
  
   Al retomar este importante tema, el Papa Francisco especificó que: «Honor es una buena palabra para enmarcar este ámbito de restitución del amor que concierne a la edad anciana. Es decir, nosotros hemos recibido el amor de los padres, de los abuelos y ahora nosotros les devolvemos este amor a ellos, a los ancianos, a los abuelos. Nosotros hoy hemos descubierto el término “dignidad”, para indicar el valor del respeto y del cuidado de la vida de todos. Dignidad, aquí, equivale sustancialmente al honor: honrar al padre y a la madre, honrar a los ancianos y reconocer la dignidad que tienen. Pensemos bien en esta bonita declinación del amor que es el honor. El cuidado mismo del enfermo, el apoyo a quien no es autosuficiente, la garantía del sustento, pueden carecer de honor. El honor desaparece cuando el exceso de confianza, en vez de declinarse como delicadeza y afecto, ternura y respeto, se convierte en rudeza y prevaricación. Cuando la debilidad es reprochada, e incluso castigada, como si fuera una culpa. Cuando el desconcierto y la confusión se convierten en un resquicio para la burla y la agresividad».
  
   Puede suceder incluso entre las paredes domésticas, en las residencias, como también en las oficinas o en los espacios abiertos de la ciudad. Fomentar en los jóvenes, también indirectamente, una actitud de suficiencia —e incluso de desprecio— hacia la edad anciana, sus debilidades y su precariedad, produce cosas horribles. Abre el camino a excesos inimaginables. Los chicos que queman la manta de un “vagabundo” —lo hemos visto—, porque lo ven como un desecho humano, son la punta del iceberg, es decir, del desprecio por una vida que, lejos de las atracciones y de las pulsiones de la juventud, aparece ya como una vida de descarte. Muchas veces pensamos que los ancianos son el descarte o los ponemos nosotros en el descarte; se desprecia a los ancianos y se descartan de la vida, dejándoles de lado. Este desprecio, que deshonra al anciano, en realidad nos deshonra a todos nosotros. Si yo deshonro al anciano me deshonro a mí mismo. El pasaje del Libro del Eclesiástico, escuchado al inicio, es justamente duro en relación con este deshonor, que clama venganza a los ojos de Dios». Dios quiera que no tengamos un día que avergonzarnos del modo como hemos tratado a nuestros padres, especialmente si son -o eran- ancianos.