Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    18 de Mayo de 2022
08 de Mayo de 2022
DON FRANCISCO PLANCARTE Y NAVARRETE EL ARQUEÓLOGO ZAMORANO

   La minuciosidad en la descripción que don Francisco Plancarte y Navarrete nos entrega de los objetos arqueológicos encontrados en Zamora y Jacona, nos habla del infinito aprecio que el zamorano descubrió a través de su afición a la arqueología, la que se transformó no sólo en pasión, sino en un proceso de sistematización que arrojaría luz sobre la existencia de las culturas precolombinas en nuestro entorno.
  
   El texto fue elaborado como guía para la exhibición de la colección en “La Exposición Histórico-Americana de Madrid en 1892”, con motivo del cuarto centenario del “descubrimiento” de América. Publicado en la Imprenta de Ignacio Escalante. Transcribo, parte de la advertencia del colector…
  
   “Al hacer los cimientos del puente que atraviesa el rio de Jacona, en la orilla izquierda y muy cerca del agua, entre otros trastos y osamentas se encontró un idolillo de barro que fue recogido y guardado juntamente con unas puntas de flecha, unos navajones y otros objetos que se encontraron allí y en otros lugares que se exploraron con motivo de la construcción del camino de hierro que debía unir al pueblecillo de Jacona con la vecina ciudad de Zamora, cabecera del distrito de su nombre. Estos objetos, que guardaba con cuidado el Sr. Presb. D. José Antonio Planearte y Labastida, entonces cura de Jacona y constructor del ferrocarril, sirvieron de núcleo á mi colección, formada para poder estudiar la civilización de los antiguos pueblos habitadores de Michoacán. Como el objeto de formar esa colección era el estudio, procuró, en primer lugar, que nada entrara en ella que no fuera antiguo, y de cuya autenticidad no tuviera irrefragables pruebas. El mejor medio de adquirir objetos que reunieran estas indispensables cualidades en una colección de estudio, era el extraerlos yo mismo de la tierra, trabajo que entre otras muchas ventajas me proporcionaría la de estudiar la colocación de los objetos en los sepulcros, la orientación, sitio y postura de los restos humanos con relación á los lugares y objetos que los rodeaban, y mil otros interesantísimos detalles que escapan comunmente á los colectores de objetos arqueológicos que los buscan ó por interés ó por una vana curiosidad.
  
   Francisco Plancarte y N
  
   La primera exploración la hice á una montaña en donde me habían dicho se encontraban restos de antiquísimas construcciones consistentes en montones de piedras diseminados acá y allá y que solo señalaban la presencia del hombre porque estas piedras habían sido transportadas allí, del inmediato llano, para formar con ellas los túmulos ó yacatas que servían de sepulcros y muchas veces también de lugares de adoración á los antiguos pueblos. Lo que sí me admiró mucho, fué el no encontrar en la superficie de la tierra tiestos de barro, ni el menor indicio que me hiciera sospechar que los antiguos habitadores de aquel lugar conocieran el modo de darle consistencia á la arcilla. Con esperanzas de encontrar algo hice varias exploraciones en algunos de los montículos de piedra y tierra, sin encontrar otros objetos que un tosco cajete de piedra, una cabeza humana de la misma materia, cuyas facciones apenas son perceptibles por su tosquedad, y una punta de flecha singular por su forma y por tener depositada sobre la superficie una capa que, a mi ver, acusaba su mucha antigüedad. Este fué el único fruto de ocho días de exploración, fruto bien mezquino, si se consideran los pocos objetos encontrados, pero muy pingüe en sus consecuencias históricas, pues la ausencia absoluta de tiestos de barro, tan comunes en todas las excavaciones que practiqué más tarde, y la presencia de esos toscos objetos de piedra, me hizo comprender que estaba al frente de las ruinas de un pueblo prehistórico, tal vez el primero que ocupó el suelo de Michoacán, puesto que los que le siguieron conocían el barro, y no me parece creíble que si éste lo hubiera conocido no hubiera dejado alguna muestra.
  
   La segunda exploración fue en un lugar cerca del nacimiento del rio de Jacona, donde no encontré sino algunas puntas de flechas y varios tiestos de barro de poquísima importancia.
  
   Más feliz fue mi tercera expedición. El lugar de las excavaciones fue una pequeña altura casi a la extremidad Sur del Valle de Zamora, á legua y media de dicha ciudad, y tres cuartos de legua al Poniente del sitio actual del pueblo de Jacona. Esta eminencia está dividida, en la parte superior, por dos mesetas ó pequeñas colinas, una mayor que otra, que colectivamente llevan el nombre de "Los Gatos." Según noticias adquiridas, en el rancho de Orandino, al cual pertenecen "los Gatos," en las faldas de aquella eminencia, se encontraron unas urnas cinerarias de barro, grandes y, según me decían, muy curiosas, pero que los muchachos del lugar las habían destruido. Al examinar la meseta más grande advertí que en el centro había una pequeña construcción de tierra y piedra en forma cónica, de tres y medio metros de altura aproximadamente, por cinco de diámetro en la base. Esta comunicaba por un pretil con otra elevación en forma de pirámide trunca de base cuadrada, igual altura, y cuatro metros por lado en la parte superior. Comencé las excavaciones por el cono, y a los primeros golpes del zapapico, descubrí un cajete de tres pies y cerca de él los huesos de un esqueleto casi pulverizados. El cajete estaba colocado a la derecha del esqueleto, que estaba sentado en cuclillas, postura muy común en los 48 esqueletos que encontró, de los cuales unos once solamente estaban tendidos. La mayor parte de ellos tenían la cara hacia el Oriente y los que estaban tendidos, los pies al Oriente y la cabeza al Occidente, aunque esta orientación no era constante en todos. Siguiendo la excavación hacia el centro, se descubrieron unos muros de piedras de torrente sobrepuestas, sin argamasa ni unión alguna. Estas paredes formaban un cuadrado en el interior del cono, y su recinto estaba lleno de esqueletos humanos muy cerca unos de otros, y todos con uno, dos ó tres trastos, ordinariamente de barro, á la derecha, y algunos con instrumentos o armas de piedra y de cobre, y con adornos de diversas materias. Sea porque esta cámara sepulcral estuvo cubierta con madera y esteras de espadaña (petates de tule) y colocadas sobre el techo piedras y tierra floja que cayeron sobre los cadáveres al pudrirse la madera; sea que la tierra y las piedras se arrojaron desde un principio sobre los restos, los huesos estaban entreverados con piedras y muchos de los utensilios rotos. El estado de descomposición en que estaban los huesos impidió el que se pudiesen examinar con atención, pero por los dientes y las muelas pude comprender que se trataba de adultos, y "varios de no poca edad. En uno de los ángulos del recinto cuadrado había una construcción de adobes quemados que contenía varios restos carbonizados de huesos humanos, entre los cuales, parte del cráneo (los parietales, el occipital y el frontal), restos de las tibias, costillas, fémur, etc., de un solo esqueleto. En el fragmento del cráneo no se veía señal alguna de la sutura entre los parietales. Esto y los molares, casi planos en la superficie, indicaban la avanzada edad del muerto. En este recinto entre algunos utensilios y adornos de concha medio carbonizados, entre otras cosas, encontré muchas laminitas de oro, y varios fragmentos de discos dorados que a primera vista presentaban la apariencia de ser de arcilla o tierra sin cocer, con una capa revestida de yeso u otra substancia análoga, y sobre ésta la laminita de oro. Más tarde me vino la sospecha de que lo que me parecía arcilla cruda en un principio fuera madera en el último estado de descomposición. Encontré también carbonizados, los fragmentos de una tela que sería probablemente el vestido que llevaba el cadáver cuando lo quemaron…”