Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    20 de Octubre de 2019
06 de Octubre de 2019
UNA “CUESTION” SIN FIN
Se trata de lo que el siglo XIX llamó “la Cuestión de Oriente”, a saber, el porvenir del inmenso imperio otomano. Todas las potencias europeas estuvieron metidas en ese juego complicado que afectaba a los numerosos cristianos sujetos del Califa, tanto en la “Turquía de Europa” (los Balcanes, de Bosnia-Herzegovina hasta Bulgaria y Grecia, pasando por Serbia, Macedonia y Albania), como en el Medio Oriente y África del Norte. Guerra tras guerra, guerras locales como guerras generalizadas (la de Crimea en 1853-1856, la guerra mundial de 1914-1918), fueron royendo al imperio antes de acabar con él en 1918. Viena y San Petersburgo querían sacar al turco de Europa, y se enemistaron en cuanto al reparto, lo que, vía Belgrado llevó a la explosión de Agosto 14; Londres quería conservar al Imperio para usarlo de contrapeso frente a Rusia; Francia tenía un juego complicado, debido a una historia multisecular de buenas relaciones con la Sublime Puerta, también llamada “Diván” (Diwan), de intereses materiales y de protección de los cristianos en Siria (que incluía Líbano y Palestina); el imperio alemán entró de manera tardía, pero espectacular, en ese Gran Juego y consiguió, en 1914, la entrada de los turcos a su lado en la primera guerra mundial.
  
   De las ruinas del imperio surgieron la Turquía moderna, una Turquía turca que eliminó a sus armenios y griegos y tolera muy mal a los kurdos, y muchos estados árabes, desde la vecina Siria hasta las lejanas Arabia y Libia. De 1918 hasta la fecha, las complicaciones, los conflictos y las guerras no han cesado, en la prolongación de esa “Cuestión de Oriente” que se antoja interminable. Después de la segunda guerra mundial, las potencias tutelares tradicionales, Inglaterra y Francia, se retiraron; Washington y Moscú tomaron el relevo, en el marco de la guerra fría, marco complicado por la creación del estado de Israel y la no creación de un estado palestino previsto a la hora de la partición (1947-1948).
  
   El conflicto entre Israel y los Estados árabes culminó el 5 de octubre de 1973 con la ofensiva relámpago de los ejércitos egipcio y sirio, ahora llamada “Guerra de Kipur”; era la cuarta guerra israel-árabe desde 1948. Duró tres semanas y cuando terminó todo el equilibrio regional había cambiado y la economía mundial se encontraba con un barril de petróleo cuyo precio había aumentado 600%. El triángulo estratégico anterior –Tel Aviv-Damasco-El Cairo– dejaba lugar al nuevo, Teherán-Bagdad-Riad. Un cambio ventajoso para Israel, con la ruina del frente unido árabe y una paz separada con Egipto, en 1979.
  
   1979 fue también el año de la revolución en Irán, con la caída del Shah, aliado de los EEUU, y, después de una guerra civil, la derrota de los progresistas y el triunfo de los islamistas. Washington, en su intento de acabar con la república de los ayatolas, lanzó al Irak de Saddam Hussein contra Irán: una terrible guerra que duró de 1980 a 1988, militarizó toda la región y consagró, un tiempo, la supremacía de Bagdad. Mientras, Siria e Israel aprovecharon el conflicto para liquidar a la OLP palestina y controlar Líbano. Estados Unidos, como en el caso de la guerra entre Moscú y los afganos, había creado un Golem: Saddam Hussein, confiado en la aprobación americana, anexó a Kuwait el 2 de agosto de 1990; así controlaba el 45% de las reservas mundiales de petróleo. Contra Irán, Washington había usado Irak; contra Irak, empezó a usar Arabia saudita.
  
   La primera guerra del Golfo (1990-1991), aprobada por la ONU, devolvió a Kuwait a su monarca, sin destruir el Irak de Saddam Hussein. Tuvo como “daño colateral” enorme, la ruptura entre Osama Bin Laden y los EEUU, el inicio de la yihad islámica, el Once de Septiembre, y las consecuentes guerras de Afganistán (que no terminan) y segunda guerra del Golfo, con la destrucción de Saddam Hussain y de Irak, en marzo de 2003. Elefante en cristalería, EEUU no ha entendido la complejidad de la “Cuestión de Oriente” y ha logrado la entrada de Rusia, Irán y Turquía en ese Gran Juego más peligroso que nunca.
   Jean Meyer, historiador.