Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    22 de Mayo de 2019
10 de Marzo de 2019
¿HE SIDO CÓMPLICE DE ALGÚN PECADO?
El miércoles pasado celebramos el Miércoles de Ceniza, con el que comenzamos el tiempo litúrgico fuerte de la Cuaresma que prepara la memoria y la actualización de los hechos fundantes de nuestra fe con la Semana Santa que, este año, discurrirá desde el 14 de abril (Domingo de Ramos) al 21 de abril (Domingo de Pascua). El lema que este año ha sido propuesto por el Papa Francisco es “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm. 8, 19) y en él resuena la encíclica sobre el cuidado de la casa común Laudato si’ (¡Alabado seas, mi Señor!) El Santo Padre nos invita a vivir una permanente llamada a la conversión personal y comunitaria, de las familias, de los pueblos y naciones que afecta y alude también a nuestra relación y compromiso con la ecología integral. Las palabras del Pontífice insisten en “que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que ‘será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios’”.
  
   Nos invita, asimismo, a que “no dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales”. Se ha mencionado –además- una situación que, aun cuando –tristemente- pareciera pasada de moda, es conveniente recordar que, según la legislación vigente de la Iglesia, es preciso abstenerse de comer carne durante todos los viernes de estos cuarenta días. Mucho más que una ley absurda y sin sentido, el ayuno y la abstinencia nos ofrecen la dimensión penitencial de la Cuaresma que, para quienes lo tenemos todo, va mucho más allá del hecho de comer un poco menos, sino que nos brinda la posibilidad de poder ser vivida como una ofrenda especial.
  
   Es importante recordar que lo que más nos ayudaría a vivir bien este tiempo especial sería propiciar una penitencia interna que consiste en reconocer aquellos aspectos en los que no estamos en paz y pedir la gracia de la conversión. Se trata de un ejercicio ascético de abnegación de “mi propio querer e interés” y favorecer el dominio de mí mismo y de todas las afecciones desordenadas que obstaculizan mi relación con Dios y con los hermanos. Por otro lado, si fuese necesario, el ayuno y la penitencia externa –que favorecen la interna- puede ser vivida como una oportunidad de insistir en la oración, en el silencio y la reflexión en estos fuertes del tiempo litúrgico de la Iglesia. Una mínima penitencia que, tal vez para nosotros no signifique un esfuerzo gravoso, podría ser ofrecida por la causa de la paz, por la evangelización de los pueblos, por la pastoral familiar y para que Dios impida que personas sin escrúpulos destruyan el sacramento del matrimonio, por una evangelización que ponga al centro la persona y el modo de proceder de Jesús, por los más necesitados y para pedir la paz y la justicia.
  
   Urge una oración para implorar una sociedad libre de violencia, corrupción e impunidad, exenta de todo tipo de demagogia y populismo. Finalmente, ayudaría a darme cuenta que muchas veces creo que soy yo quien tiene siempre la razón. Creo ser bueno, justo, buen sacerdote, buen esposo o esposa, buen padre o madre, buen hijo, gran amigo… Y en ocasiones estamos llenos de pudrición y gusanos como aquellos fariseos a quienes Jesús llamó hipócritas. No todo lo que relumbra es oro y en ocasiones nos encontramos que ni somos lo que decimos, ni hacemos lo que debíamos hacer. Somos como la higuera que el Señor maldijo por no tener frutos. Estamos con las manos vacías y así creemos que damos gloria a Dios con cultos pobres, con ritos que asfixian, con nuestro testimonio personal que clama al cielo y nos expone a que el Señor nos llame hipócritas. Se nos va el tiempo en ocultar nuestra mentira, nuestra superficialidad y una vida que da lástima y tristeza pues desaprovechamos la sencillez de lo cotidiano, la belleza de lo simple, el valor de la autenticidad y la verdad. Tal vez esta cuaresma sea una buena oportunidad para hacer un buen examen de conciencia y preguntarnos, delante de Dios: ¿soy o he sido cómplice de alguno de estos pecados en lo que ahora soy y vivo? Hoy, cuando todavía estamos a tiempo.