Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    22 de Mayo de 2019
10 de Marzo de 2019
EL TRABAJO INVISIBLE
En pleno siglo XXI, que una mujer salga de su casa a trabajar por un salario en la fábrica, la oficina, la empacadora o cualquier otro negocio no suena muy novedoso, especialmente en los centros urbanos.
  
   Diversos factores de carácter económico, social y político, que se fueron sucediendo desde la Segunda Guerra Mundial, abrieron las posibilidades para que la mujer se incorporara cada vez más al trabajo remunerado fuera del hogar.
  
   Esto se describe en muchas investigaciones, foros y grupos como un gran logro y un paso hacia la igualdad de derechos por los que las mujeres han luchado durante décadas. Y en efecto en este ámbito de inserción laboral pagado se han ido ganando espacios para el desarrollo profesional y personal femenino.
  
   Pero a pesar de reconocer estos pasos hacia la mejora en los derechos de la mujer, no podemos dejar de lado la parte social y económicamente oscura, la parte no reconocida de este fenómeno, que tiene que ver con el trabajo al que denominaremos invisible, y que representa formas de relación social bastante inequitativas en contra de la mujer.
  
   Recordemos que históricamente el rol de la mujer se centró en actividades dentro del hogar. Lugar en el que se trabaja arduamente y que es la base para que una unidad familiar pueda reproducirse. Es decir, cada miembro de la familia requiere comer, descansar, vestir, etc., y para ello alguno o algunos miembros deben realizar las labores que permitan que haya, por ejemplo, platillos preparados a la hora de comer, ropa limpia, casa aseada, niños cuidados y atendidos, etc.
  
   Tradicionalmente estas labores no han sido consideradas como trabajo y mucho menos como una actividad retribuible. Pero sin estas actividades una familia no podría realizar sus labores cotidianas; simple y sencillamente no sobreviviría como tal unidad.
  
   Y ya que la mujer había sido la que principalmente hacía estos trabajos, social y culturalmente se aceptó como una condición “casi natural” asociada al sexo femenino. En tanto que al varón se le asignó el rol de proveedor de los recursos materiales para el sostenimiento del hogar, es decir llevar el ingreso monetario necesario para cubrir las necesidades de casa.
  
   Ahora bien, una vez que la mujer empieza a ingresar al campo laboral pagado y que genera también recursos para el sostenimiento del hogar, ¿qué sucede con esas actividades al interior del hogar, esas actividades que son de primera importancia para el sostén familiar?
  
   La respuesta es muy simple y está a la vista de todos: la carga del trabajo doméstico la sigue realizando principalmente la mujer. Y dependiendo de la etapa socio biológica de la familia puede exigir que tenga una doble o hasta triple jornada de trabajo. Es decir, la mujer liberada y moderna de hoy sigue por mucho en condiciones de explotación feroz dentro y fuera del hogar.
  
   Y esto se da en el marco de una economía de mercado del capitalismo salvaje y en un entorno sociocultural en el que expresiones de machismo y roles diferenciados entre hombres y mujeres prevalecen al interior de muchas familias.
  
   A pesar de los avances en la búsqueda de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, en este campo de las labores para la reproducción familiar, aún hay mucho que avanzar.
   Y tenemos que hacerlo porque como sociedad estamos obligados a impulsar proyectos que aborden el problema de la explotación laboral extrema de la mujer; a buscar soluciones que equilibren las cargas de trabajo entre hombres y mujeres, de lo contrario, dado el deterioro económico cada vez mayor, las consecuencias negativas de esa explotación recaerán en todos, no solamente en la mujer sino en toda en la familia, en la sociedad.
  
   Pero además es una obligación de elemental ética social.