Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    02 de Junio de 2020
17 de Mayo de 2020
EL SOLITARIO DEL PALACIO
Sólo en caso de necesidad extrema, en la Roma antigua podía quedar, hasta que se resolviera el problema, la totalidad del poder de la república en manos de una sola persona. Finalizada la emergencia, al dictador que había sido designado no sólo se le despojaba del poder, sino que de manera puntual se le exigía rendir cuentas.
  
   Hasta que llegó el momento en que, alrededor de un siglo antes de Cristo, tipos como Sila y Julio César, montándose en el puesto no sólo no rindieron cuentas, sino que al no devolverlo lo instauraron vitalicio. Sin embargo, que quede claro, apenas si fue asesinado este último, el Senado Romano abolió la dictadura.
  
   No obstante, dictadura va con la tentación de poder permanente ilimitado y omnímodo. Como ejemplos del siglo pasado bien podemos citar a Mussolini, Pilduski, Hitler y Primo Rivera, quienes tramposamente buscaron modificar las leyes de su país para autoimplantarse e imponerse como autoridades absolutas.
  
   Por lo general, la justificación siempre ha sido la misma: apelar a situaciones de crisis agudas, exógenas o endógenas, como factores legitimadores. Desde luego, verdad de Perogrullo, dictadura y democracia no casan: quien asumiéndose -y presumiéndose- demócrata, aduzca lo que aduzca, ande buscando quedarse con todo el poder no es otra cosa que un farsante.
  
   Poder absoluto es igual antidemocracia. De absolutus, el absolutismo refiere absolutus legibus = desatado de la ley. Al igual que dictadura, absolutismo implica que todos los poderes se hallen refundidos en una persona o grupúsculo. Lo que no constituye otra cosa que concentración de poder, como cuando quien detenta el poder ejecutivo poco a poco pero mañosamente, aduciendo situaciones inéditas, va haciéndose de los poderes judicial y legislativo.
  
   En ese sentido, cuando un individuo, democráticamente investido de poder, siente que sólo él y nadie más que él es quien puede llevar la rienda de un país, cae en autarquismo: autarchia = poder de uno. Lo que necesariamente remite a autocracia, de autokrateia = mando sobre los otros, de uno mismo. O sistema de gobierno en el que la voluntad del solitario del palacio monopoliza el poder supremo. Porque cuando un gobernante, frente a iniciativas legítimas de sus ciudadanos, lanza el siguiente reclamo: “¡no estoy de florero!”, quiere decir que, como la dictadura y el absolutismo, la autocracia constituye una tentación harto frecuente.