Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    09 de Julio de 2020
28 de Junio de 2020
UNGATZ
“Nada hay nuevo bajo el sol”, dijo o escribió Qohélet (Ecl 1,9b) durante la segunda mitad del siglo III a.C, probablemente en Palestina. Y es que, al igual que sucede con la de nosotros los hombres, la historia se repite. Al tenor de este rebelde que como hilo conductor de su escrito tiene el carácter pasajero de la vida, nuestro idioma castellano acuna otro dicho que asegunda: “no hay mal que dure mil años”.
  
   Desde el inicio de este maravilloso libro véterotestamentario, al rostro se nos escupe esta sentencia: “¡humareda y más humareda… humareda y más humareda, todo es humareda!” (Ecl 1, 2), que moralísticamente nuestras biblias suavizan: “¡vanidad de vanidades…vanidad de vanidades, todo es vanidad!” Cimienta su tesis de esta manera ese sabio, sólo para apuntar con mayor precisión la cuestión que le interesa trabajar: ¿qué clase de felicidad, si es que puede haber una, es la que nosotros los hombres de veras podemos alcanzar?
  
   Porque si examinamos nuestra historia, pronto nos daremos cuenta que son excepción –y breves- los tiempos felices. Y que cuando los tenemos no los sabemos apreciar. Como reza Virgilio: “o fortunatos, nimium, sua si bona norint, agrícolas” = ‘demasiado afortunados los campesinos, si en realidad conocieran la suerte que tienen’ (Geórgicas, II, 458,459). Como, bajo la guía de José, lo supo el faraón, cuando aquél le interpretó el sueño de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas (Gn 40, 1-49).
  
   En lo que va de este año, ni modo que haya alguien que afirmar pueda que como humanidad nos encontramos en época de abundancia, de bienestar, de paz y seguridad. Nuestro México constituye un crudo ejemplo: pobreza, epidemia, inestabilidad, inseguridad extrema. Y no hay que ir muy lejos para constatarlo. Por mucho que vomiten en su cotidiana verborrea, nuestros gobernantes ni pueden justificar su ineficacia, ni pueden ocultar que ahora sí que nos hallamos camino a un largo lapso de vacas flacas.
  
   En el ínterin, la cruda realidad es que, inermes, de no arrojarnos a la providencia de Dios, de no ponernos a luchar como gatos patas pa’arriba, los golpes de cada día, al tenor de lo que dice Qohélet: “lo torcido no se puede enderezar” (Ecl 1, 15ª) nos repetirán: “Ungatz!” = ‘no eres nada’. Porque reptamos y reptamos por la vida, unas veces topándonos con los fantasmas de Hamlet, otros con la niebla de Unamuno, hasta que un día, como le sucedió a Qohélet, nos surja una sonrisa autocompasiva al caer en cuenta que nuestra pretensión no fue ajena a la de aquel iluso cuyo afán no fue otra cosa que dedicar sus desvelos a “atrapar vientos” (Ecl 1, 14b).
  
   P.D. Todo lo anterior, con una aclaración: Qohélet, como sabio que fue, como verdadero creyente en el Dios de Israel, sólo insiste en que no habrá ganancia permanente. Que al final, ésta nunca será debida a nuestros esfuerzos. Que, así sea en medio de nuestras fatigas, lo mejor es alegrarse de que estamos vivos y de que los pocos o muchos momentos de felicidad que tengamos, aún si estuviéramos en época de vacas gordas, son regalo de Dios.
  
   N.B. Por cierto, los invito a leer La Biblia de la Iglesia en América (CELAM, PPC, 2019), de donde he sacado las citas bíblicas, en cuya traducción el coordinador general fue el mexicano, Carlos Junco Garza y uno de los traductores nuestro zamorano amigo Padre Raúl Duarte Castillo.