Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    09 de Julio de 2020
28 de Junio de 2020
LA DOBLE EXPLOTACIÓN FEMENINA
Hoy no sorprende a nadie que la mujer salga a trabajar, genere ingresos y sea independiente. Sin embargo, hasta hace poco no era así. La transformación es de tal magnitud que ha modificado muchos aspectos sociales, económicos y culturales. Veamos algunos rasgos sobre la forma cómo se dio este fenómeno en Uruapan.
  
   No es un fenómeno reciente el hecho de que la mujer genere ingresos económicos para su familia. En esta pequeña ciudad, hace más de cien años ya trabajaban las primeras obreras y el autoempleo era un recurso explotado ampliamente. De hecho, las condiciones de principio de siglo XX orillaron a que miembros femeninos de los estratos de menores recursos se incorporaran a la vida productiva, ya fuese por la necesidad de generar mayores ingresos económicos o por cuestiones civiles (viudez, abandono, soltería prolongada, etc.). En las fábricas de hilados y tejidos hubo muchas obreras; en las labores de servicio doméstico estaban incorporadas un buen número de ellas; en tanto que, otras más producían en sus casas bienes para vender, ya fuese en su portón, en el mercado o de casa en casa (pan, tortillas, cena, ropa, etc.).
  
   Un gran número de viviendas de la ciudad tenían integradas huertas y granjas que proveían alimento para la familia, así como excedentes para ser vendidos; muchas de estas huertas eran atendidas por mujeres.
  
   Esta última situación de autoempleo fue un recurso muy utilizado y posibilitaba a la mujer combinar sus actividades del hogar con la generación de ingresos, ya que ellas definían qué, cómo, y dónde realizar su actividad productiva, lo cual establecían de acuerdo a las características de su situación familiar. Aun así, muchas de ellas debían realizar sus actividades a escondidas de los hombres de la casa, ya que socialmente era muy reprobado –por los hombres- el hecho de que la mujer trabajara como asalariada. Por lo mismo, en los estratos de mayores recursos, cuando alguna de ellas pasaba por apuros económicos, era común que fueran ayudadas por sus familiares, pues la sanción social era muy fuerte.
  
   Sin embargo, a partir de la segunda mitad de la década de los años cuarenta del siglo XX, el panorama laboral para la mujer empezó a cambiar. La instalación en Uruapan de las oficinas de la Comisión para el Desarrollo de la Cuenca del Tepalcatepec hizo que esta ciudad reforzara y ampliara su papel comercial y de servicios. Esta nueva configuración socioeconómica generó una amplia demanda de servicios de educación, servicios médicos, espacios recreativos, así como necesidades de productos diversos que ofrece el comercio en general. Esto propició que se incrementara notablemente el sector de servicios y comercio en la ciudad y favoreció la incorporación de mano de obra femenina, tanto calificada como no calificada.
  
   A partir de ahí la mujer uruapense ha diversificado el tipo de actividades que desempeña, llegando a abarcar giros tradicionalmente reservados a los hombres. Así, las hay incursionando en agronomía, seguridad pública, reparación de automóviles, despachadoras de gasolina, taxistas entre otras.
  
   Un impacto más de estos cambios se generó partir de la necesaria capacitación tanto a nivel técnico como profesional de las mujeres para ingresar al mercado laboral. En la década de los 60 se incrementó la población femenina en las aulas de nivel primaria, en los 70 a nivel secundaria y poco a poco entre los 80 y 90 se incorporó un mayor número a los niveles de media superior y superior.
  
   Ahora bien, sin lugar a dudas un elemento esencial que impulsó las condiciones favorables para la incorporación de la mujer al trabajo y al estudio fue la llegada de la revolución tecnológica al hogar. El concepto de labores domésticas empieza a tomar un nuevo matiz cuando se introducen en el mercado local aparatos y objetos para el hogar que usan energía eléctrica y gas.
  
   En 1950 se instaló la primera planta de gas LP en la ciudad; la estufa de gas evitó el consumo de leña y carbón, al igual que las actividades para prenderla y mantener el fuego vivo por muchas horas, facilitó la elaboración de los alimentos. Con el surgimiento llegada de las tortillerías, se redujeron las largas horas y el enorme esfuerzo que implicaba la producción manual de tortillas. Mucho del trabajo se aligeró con la llegada de las planchas eléctricas, el refrigerador, las lavadoras de ropa y las ollas de presión.
  
   Al interior de los hogares esta situación modificó la división del trabajo que se tenía antes. Ya no se ocupaba todo el día para el trabajo doméstico ni tampoco se requería de tantas personas. Las máquinas redujeron el tiempo y esfuerzo invertido, y ello significó que ese ahorro de fuerza de trabajo femenina se podía aplicar en actividades que generaban ingresos monetarios para apoyar el gasto familiar, tanto como asalariada o como autoempleada.
  
   Si a esto le agregamos las condicionantes económicas, sociales y culturales de esa época podemos entonces entender cómo es que las mujeres mantienen un pie dentro de la casa y el otro en sus trabajos fuera del hogar. En realidad, efectúan doble o triple jornada de trabajo, sin que obtengan una remuneración justa ni reconocimiento social por sus esfuerzos.
   Y un hecho poco reconocido es que, debido a esa doble explotación laboral de la mujer, se puede mantener barata la mano de obra de los trabajadores varones; es decir, el salario que se paga a los trabajadores varones no es suficiente para que éste reponga la fuerza de trabajo consumida en la jornada laboral. Se repone esa energía gracias al trabajo doméstico de la mujer. Y por ello, finalmente, quien se beneficia del trabajo femenino es el dueño del capital.
  
   Lo ocurrido en la experiencia laboral de las mujeres uruapense se repite en todas las ciudades del país, con sus especificidades propias de cada lugar.