Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    05 de Diciembre de 2020
22 de Noviembre de 2020
EDUCACIÓN EN VILO

   Aparte de los lamentables decesos, de las mermas al estado general de la salud de quienes sobreviven la infección, del aislamiento y desperdigación socio-familiar y de los enormes daños económicos que desde hace un año ha estado causando la pandemia del Covid 19, una de las consecuencias cuyo nivel aún no se cuantifica es la que está sufriendo el sistema de educación escolarizado.
  
   El que las instituciones educativas del país y del mundo se hayan visto obligadas a parar sus actividades escolares, acumulando hasta hoy meses ininterrumpidos, no cabe duda está trayendo consecuencias aún no cuantificadas ni cualificadas tanto en los estudiantes de todos y cada uno de los grados, como en el futuro inmediato del desarrollo de cada uno de los pueblos del mundo.
  
   Alumnos, maestros, padres de familia, personal administrativo, industrias editoriales, nos encontramos no sólo frente a la amenaza cotidiana y frecuentemente progresiva de un virus todavía indomable, sino en el maremágnum de un escenario inédito.
  
   Cierto, hemos tenido que reinventarnos. Las clases a distancia, al menos en las urbes y lugares donde la viabilidad de los servicios de internet no hace distingos, aunque la comunidad educativa no pueda cumplir a cabalidad sus objetivos, al menos constituyen un paliativo. Pero en áreas marginadas donde la señal brilla por su ausencia, es débil o sufre de intermitencia, las clases a distancia prácticamente o han desaparecido o han caído a su expresión mínima.
  
   Es el caso, por ejemplo, de las zonas de refugio, como algunas de las que se encuentran en la Meseta P’urhépecha desde donde escribo estas letras. Acá, con todo y los riesgos posibles de contagio, los maestros realizan malabares para hacer llegar y recoger de sus alumnos las tareas. No obstante, resulta que en ambos casos -rurales y citadinos- la educación mengua.
  
   Desde luego que cuando se presentan dificultades como éstas, surge la obligación, como apuntara arriba, de reinventarse. De mantenernos, al menos en un principio, como gatos patas p’arriba, para luego comenzar a reptar en un mundo que nunca será el de antes, de modo que de acuerdo a las leyes evolutivas nos adaptemos a circunstancias nuevas.
  
   Por ahora, con nuestras guarderías, jardines de niños, escuelas primarias y secundarias, preparatorias, universidades y colegios de educación superior que permanecen con sus puertas cerradas, nos encontramos con un nuevo, inquietante, fascinante paradigma: reinventar nuestro sistema educativo, comenzando por acentuar su autagogía.