Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    20 de Junio de 2019
14 de Abril de 2019
LA NOCHE DEL PRÓXIMO SÁBADO…

  
  
   Nuestra humana biografía, sobre todo cuando nos encontramos cargados de años, la podríamos engargolar como una historieta concatenada de páginas, bien escritas a veces, otras, que son las más, tachonadas de experiencias cognitivas y emotivas, generalmente zarandeadas por emociones consecutivas de nuestro élan vital.
  
   En su obra, La evolución creadora (Espasa-Calpe, 1985) Henri Bergson, transcribiendo de literal manera el término vital force de Ralph Waldo Emerson, se refiere al élan vital o impulso vital como una conceptualización de la fuerza que apaña la evolución de los seres vivos y que provoca su desarrollo. En ese sentido no es la razón sino nuestro sistema emocional el que de intuitiva manera nos impulsa a captar nuestras posibilidades.
  
   Es de ese modo que al transcurrir por nuestros días vamos aprendiendo a ser lo que somos, a anhelar y negociar la satisfacción de nuestras necesidades y a acuñar nuestros valores y contravalores, de manera tal que cuando menos nos damos cuenta nos fabricamos un chip en el que terminan fijados “los circuitos de placer y displacer, de armonía y ruptura, de adaptación o marginación” (Alemany, C., Ed. 14 Aprendizajes vitales, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1998). Para ese entonces, adultos ya (sobre todo si “mayores”), es que comenzamos a perder la capacidad de cuestionarnos. En otras palabras, sentimos el impulso insoslayable de vivir de nuestras rentas.
  
   El tiempo con sus generaciones nuevas, con sus nuevas tecnologías, con la evolución imparable de la cultura, se nos echa encima. Nos arrasa. En tanto nosotros, otrora exitosos, en vano nos empecinamos en reactualizar nuestras fórmulas antiguas, aquéllas que tan buen resultado nos dieron antes, pero que ahora, ya a finales del segundo decenio del siglo XXI. nomás no resultan adecuadas.
  
   Renovarse o morir, dice el refrán. Que luego diría Unamuno: “el progreso consiste en renovarse”. O sea, si sin importar nuestra edad nos encontramos estancos; si frisamos ya los 70 o lo que es peor, si nos acercamos a los 80, para seguir adelante, para no fosilizarnos, necesitamos empezar a desaprender. Reinventarnos, así nos resulte harto difícil decir adiós a aquéllas queridas y nunca bien ponderadas bases en las que cimentamos y edificamos nuestra estatura personal. No olvidar que todo nuestro legajo individual de pensares y saberes, para cada uno de nosotros tan caro (miren cómo en las paredes de nuestras salas pululan nuestros títulos, diplomas y doctorados), al final, por muy valiosos que sean, no pasan de ser sino pensares y saberes intercambiables. Porque reinventarnos es aprender a desaprender, antes de que sea demasiado tarde. Porque desaprender no es otra cosa que obsequiarnos esa, como dice García-Monge, J. (cfr. op. cit.) “capacidad de maniobra en el horizonte dimensionador que nos provoca y convoca”.
  
   La noche del próximo sábado, abril 20, atrevámonos a reinventarnos con Jesús resucitado. ¡Felices Pascuas!