Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    13 de Abril de 2021
28 de Marzo de 2021
EL GRAN LEVIATÁN
Diametralmente opuesto a la esencia de lo que debe ser la democracia, el absolutismo adviene cuando quien quiera que tenga un puesto de autoridad haga todo para concentrar en él el poder máximo. Camuflado de “soberanía”, de jure et facto no supone otra cosa sino hacer realidad aquella apócrifa frase atribuida a Luis XIV: “El Estado soy yo”.
  
   Pretensión que se concretiza cuando quien se ha hecho de las riendas de una nación se asume como una autoridad “superior”. Como aquel non plus ultra, bajo el cual todos los demás no pueden aspirar a más sino a ser tasados como simples lacayos.
  
   Porque bajo esa óptica, resultará válido adscribir en una sola persona el poder supremo, de modo tal que ad libitum le resulte posible, aún si lo decide, ad calendas graecas mantener un monopolio total no sólo de la administración pública sino del uso de la fuerza.
  
   Al tenor de lo que en la Francia del siglo XVII hiciera “el Rey Sol” lo primero que hará dicho gobernante no será otra cosa sino rodearse de gente intelectualmente minúscula, de modo que no llegue a tener obstáculo alguno para concentrar en sí mismo –valga el pleonasmo- hasta la más mínima de las decisiones. Una de las cuales, nada mínima, por cierto: estratificar, fortalecer, multiplicar las tareas y colmar de prebendas al ejército.
  
   Desde luego que para justificar su propósito deberá declarar una y otra vez y “hasta el infinito y más allá” que, dado que todos los gobernantes que le antecedieron fueron unos corruptos, él ha sido designado y tiene la misión histórica de destruir todo lo que ya no sirve, a fin de instituir un nuevo orden moral: recedant vetera nova sint omnia!
  
   Si no, ¿cómo asegurarse, cómo garantizar de que advenga la unidad nacional? Como aseverara Hobbes: “Durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder que los atemorice, se encuentran en una condición denominada guerra: todos contra todos… por ende, todo aquello que resulta consubstancial en tiempos de guerra… termina siendo natural”. En otras palabras, para concentrar y mantener el poder máximo, el gobernante necesita tener a sus gobernados siempre en vilo, siempre en estado de excepción. Recalcarles desde que el sol amanece, hasta que el sol anochece, que con él hacen su vida como si fuera bajo la presencia de Dios.