Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    22 de Mayo de 2019
12 de Mayo de 2019
¡ALGO DEBIÓ PASAR EN GALILEA!

  
   Jesús debía padecer en Jerusalén y, después de su muerte cruel y humillante, los apóstoles regresaron a Galilea donde habían sido tan felices con su Maestro (Mt 28,7). Lo único que les quedaba era volver a sus antiguas profesiones (Mc 16,7). Además de aquella espantosa sensación de dolor y vergüenza por haber dejado solo a su amigo, pesaba sobre ellos el fracaso, el miedo y la amenaza de que el odio que se había exacerbado con el Señor los alcanzaría también a ellos. No obstante, pronto se les ve nuevamente en Jerusalén, mas ahora, su rostro es diferente. No tienen ya las caras largas ni el semblante de hombres miedosos, pusilánimes y encerrados en sí mismos. ¡Algo debió pasar en Galilea! La gente que los había visto huir como cobardes, se maravillaba al escuchar cómo anunciaban la hermosa verdad que su amigo, el Crucificado, vive, que fue resucitado por Dios, su Padre y Señor.
  
   Lo que Jesús les había dicho era verdad y ahora ellos estaban convencidos de que ésa era su misión: ser testigos de una experiencia que los cambió, los transformó en hombres nuevos, en hombres que creen, que confirman la enseñanza de Aquél que lo dio todo, hasta la misma vida por ellos y por la humanidad. Su predicación era simple pero hermosa y convincente: Jesús murió y Dios lo resucitó de entre los muertos. Y ellos eran los testigos privilegiados, los enviados para anunciar al mundo esta hermosa verdad. En eso se funda su buena noticia, su evangelio y en este mismo mensaje debería basarse nuestra fe y nuestra vida en el mundo que nos ha tocado vivir. Pero, ¿qué ha pasado en Galilea? Los apóstoles se encontraron con Jesús vivo y resucitado. Era el mismo a quien ellos habían visto cómo lo habían destrozado y cómo había muerto colgado en una cruz. Sí, era el crucificado, pero ahora se les mostraba, se dejaba ver con una vida plena, la misma pero diferente pues había sido confirmado por Dios, su Padre.
  
   Los testigos de la muerte de Jesús se vuelven ahora los testigos de la resurrección porque han vivido los efectos de estar en contacto con aquél hombre que era –realmente- el Hijo de Dios. La experiencia de Jesús resucitado los había transformado en otros hombres. Y esa experiencia es la que les permitirá proclamar al mundo lo que para ellos era ya una convicción. La resurrección del Hijo de Dios será para siempre el contenido de su predicación y lo que dará sentido verdadero a su vida y misión. La resurrección de su amigo transformó su comunidad deshecha por la desconfianza y el temor en una nueva comunidad que se fundaba en una fe madura, creíble y que les permitirá hablar con la fuerza del amor que ha renacido en ellos. Ser testigos de la resurrección les permite y con ellos, a nosotros hoy y aquí, ser transformados en nuevos seres que creen, que esperan, que aman hasta asumir la posibilidad de la muerte por el que antes la había entregado libremente por ellos y por nosotros.
  
   Este tendría que ser para nosotros el reto al haber recibido –una vez más- el mensaje de Cristo resucitado. Como los apóstoles, estamos invitados a renovar lo más profundo de nuestra fe y convertirnos en auténticos cristianos, más allá del miedo, o de la comodidad de conformarnos con unas prácticas de culto más o menos asiduas pero vacías de contenido. Cristianos que encontramos un nuevo sentido a nuestra vida y nos animamos a explicitar nuestra fe en acciones prácticas que se hacen realidad en la construcción de un mundo más justo y más humano. Al igual que a los apóstoles, Jesús resucitado nos invita a entender su Resurrección como el hecho histórico que nos hace capaces de vivir una fe que no es de muertos sino de vivos porque creemos que Él está vivo y en medio de nosotros (Mt 18,20).
  
   Al igual que a aquellos que huyeron de miedo y volvieron a predicar la buena nueva, la Resurrección de Cristo nos permite ser constructores de nuevas comunidades y de una auténtica Iglesia. La certeza de que el Crucificado es el Resucitado nos ayudará a vivir nuestra fe en la espera confiada de su Espíritu Santo, no en manifestaciones fuera de nuestra realidad cotidiana concreta y simple sino en la opacidad de nuestra vida, en las relaciones rotas que podemos restaurar. Es precisamente ahí, en lo que hacemos y como somos, en donde podemos descubrir la presencia de Dios vivo y ser “cristianos resucitados pues el mundo nos necesita para creer el milagro sobre el que la fe se finca. Contagiemos a las almas que languidecen de asfixia el gozo de Jesucristo fraterno en nuestra sonrisa”, como lo ha dicho el padre Luis Carlos Flores Mateos, S. J.