Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    24 de Julio de 2019
10 de Febrero de 2019
DISINTIENDO, DISCREPANDO, RESISTIENDO

  
   Se vale disentir. Cuanto más sabia sea una persona, verá no sólo como lo más natural, sino como lo más lógico, que haya quien disienta de sus aserciones. Escuchará, seguramente con interés sumo, los cuestionamientos que se le planteen, a la vera de corregir y, por consiguiente, mejorar sus postulados. Aneja a la soberbia, toda autosuficiencia, remite a la estupidez: humilitas, veritas = ‘la humildad va con la verdad’.
  
   Frente a posicionamientos o aserciones absolutistas, sean de un letrado, sean de una autoridad, devienen algunos imperativos: cuestionar, disentir, resistir. Quien se siente incuestionable se diviniza. Sentimiento por cierto no tan escaso como pudiese parecer. La formas, por ejemplo, en las no pocas veces se nos llegó a dictar en el Seminario los postulados de la filosofía aristotélico-tomista o escolástica, daban la impresión de que se nos presentaba como nec pluribus impar =“superior a todos”.
  
   Claro, en cuestiones de gnoseología, metafísica y demás, bastaba echar una mirada al mundo de las escuelas del humano pensamiento para darnos cuenta de la enorme variedad de sistemas que en cada etapa histórica de la humanidad se han dado. Y se dan. El problema radica cuando quien se presenta como incuestionable, tiene autoridad. Tal y como en el año 1633 le sucediera a uno de los fundadores del método experimental: Galileo Galilei, matemático, físico y astrónomo italiano (1564-1642). Este científico enunció el principio de la inercia, inventó el termómetro y la balanza hidrostática y construyó el primer telescopio astronómico. Hasta ahí, todo bien. El problema lo tuvo cuando se puso a defender el sistema cósmico de Copérnico. Tomando como incuestionables a los postulados de Tomás de Aquino (1225-1272) y al sistema exegético de aquel entonces para interpretar la Biblia, Inquisición de por medio, le obligó a abjurar la Iglesia.
  
   Ominosa, esa divisa del Rey Sol (1638-1715) significante del absurdo centralismo y excesivo culto a su persona a los que sometió a Francia, hicieron de ese monarca la expresión más acabada del absolutismo. Absolutismo remite a autosuficiencia. A soberbia. A estupidez. Algo que debiese ser ajeno, sea civil o religiosa, a cualquier autoridad. Quizá por eso cuando una autoridad absolutista, cuyo origen sea o no democrático, enfrenta discrepancia, se pone a calificar. En otras palabras, a descalificar: nemine discrepante! = ‘¡que nadie discrepe!’ De ahí su obsesión de que en sus súbditos –ciudadanos o feligreses- haya un consentimiento universal.
  
   Al presente, aquí en nuestro México, los ciudadanos iniciamos el día al son de las mañanitas que nos canta López Obrador, nuestro Presidente. Sin necesidad de ponerle mucha atención, como hilo conductor, se advierte un discurso que no admite disentir. De hecho, no deja de aparecer un mote concurrente: a quien discrepe o se oponga lo califica de ‘fifí’, de ‘corrupto’, de ‘neoliberal’. Algo similar sucede respecto a algunos postulados disciplinares y hasta dogmáticos de las denominaciones religiosas. Luego entonces, morenistas o no, creyentes y no, mucho podríamos ayudar a nuestras autoridades civiles y religiosas, siempre y que lo veamos necesario, disintiendo, discrepando, resistiendo.