Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    17 de Septiembre de 2019
09 de Junio de 2019
SI NO SE ESTÁ CON EL OTRO…

  
   En su carácter de cristiana, nuestra religión católica, no puede sino partir de supuestos universalistas. Le basta con voltear a Jesús y a su buena noticia de salvación para tener en cuenta que su misión no es para un solo pueblo ni para un solo tiempo, sino para la humanidad entera y para todos los tiempos. A diferencia de la judía, no se trata de una religión que pueda asumirse a sí misma como privilegio exclusivo de una raza. Siendo su mensaje central el amor paterno de Dios, cualquier posicionamiento, cualquier praxis que descuide o descalifique la identidad cultural de un grupo humano o sólo lo mire como problemática a vencer, atenta contra la universalidad salvífica de su Fundador.
  
   En nuestra patria, durante la época de los misioneros, a diferencia de Ginés de Sepúlveda (Martín R., J., Juan Ginés de Sepúlveda, gênese do pensamento imperial /tesis doctoral/ Refice: Universidade Federal de Pernambuco, Brasil, 2010), Bartolomé de las Casas (Casas, Bartolomé de las, Los indios de México y la Nueva España, Porrúa, México, 1966) entendió bien ese supuesto cristiano. Tuvo muy en claro que la ortodoxia del Anuncio se vería comprometida cada vez que se atentase contra el andamiaje cultural de los pueblos originarios. Cada vez que se les obligara a asumir patrones europeos. Sobre todo, cada vez que se pretendiera, como hasta hoy sucede, calificar a los pueblos originarios como meros objetos de evangelización.
  
   Por desgracia, la posición de Sepúlveda que no dudaba en violentar personas y comunidades para “convertirlos”, terminó permeando en gran parte de las estructuras eclesiásticas. Su línea pastoral fue el “adáptate”. Tasaba al indio, es decir a los pueblos originarios, como “la otredad”. En tanto no consiguiera que esa otredad, en aras a la homogenización cultural, en aras a la castellanización, en aras al dominio por parte del conquistador, el objeto de su “evangelización” no pudiera, como aún a no pocos en nuestra iglesia les sucede ahora, como un problema.
  
   Todo lo contrario a como lo mira Jesús. Él mira al “otro” como el locus teologicus en el que necesita encarnarse. Nunca lo asume como un problema, lo asume como una oportunidad de asunción amorosa. De ahí posicionamientos como los de Sepúlveda, en los que la imposición del cristianismo justifica los medios difiera del universalismo de Bartolomé de las Casas en que éste se coloca en el lugar del otro, sobre todo si marginado, para de ahí construirse en junta como una buena nueva.
  
   Muy en semejanza a lo que hizo Jesús quien no sólo se hizo hombre sino también judío, por lo que asumió su idioma y proclamó la buena noticia de salvación desde sus patrones culturales. Algo que para cumplir su mandato: “vayan y proclamen el evangelio a todas las naciones… enseñándoles a cumplir todo lo que les he enseñado” (Mt 28, 19ª.20, hemos imitar nosotros. Desde luego que no se trata de un simple anuncio de “verdades”. Se trata de un anuncio con un carácter liberador tal que entre quien lo anuncia y entre quien lo acoge surja una simbiosis capaz de sacar a ambos de toda opresión. Nada qué ver con pretensiones verticalistas de dominio. Encarnarse entonces implica inculturarse. Lo que no se puede conseguir desde la comodidad de una mitra o de una notaría parroquial. En resumen, no se evangeliza si no se está con el otro.