Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    17 de Septiembre de 2019
09 de Junio de 2019
COMIENZA EL TIEMPO DE LA INVISIBILIDAD
El Señor Jesús necesitaba fortalecer la fe de sus apóstoles y elige la bella tierra de Galilea en donde mucha gente había creído en Él, en donde había sido feliz en compañía de sus amigos. Quería explicarles que debía ir a Jerusalén para que se cumplieran las Escrituras en el sentido de que el Mesías tenía que padecer y morir. Ahora “se deja ver”, come con ellos, permite que lo toquen; les insiste que no es un fantasma, sino su amigo y Señor. Después de cuarenta días, era necesario volver a Jerusalén en donde habría que terminar su misión entre nosotros; necesita que los apóstoles -y nosotros con ellos-, nos convenzamos que el Crucificado es el Resucitado, que no son dos personas y que nos toca ahora continuar la misión con la certeza de que Él está y estará siempre a nuestro lado. Es en este contexto en el que podemos contemplar lo que San Lucas nos comparte en el Libro de los Hechos de los Apóstoles cuando escribe:
  
   « […], Jesús fue levantado ante sus ojos y una nube lo ocultó de su vista. Ellos seguían mirando fijamente al cielo mientras se alejaba. Pero de repente vieron a su lado a dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: "Amigos galileos, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este Jesús que les han llevado volverá de la misma manera que ustedes lo han visto ir al cielo”. Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista de la ciudad como media hora de camino» (Hechos, 1, 9-12). La Ascensión consiste en repetir la experiencia que tuvo la Iglesia de Jesús exaltado a la derecha del Padre. Jesús entra en la esfera de Dios (la nube) y la Iglesia en adoración experimenta que Jesús es, realmente, el Señor. La primera comunidad tuvo la experiencia espiritual del don del Espíritu Santo que consuma y lleva a su plenitud la nueva creación del hombre según Dios, el don de la Nueva Alianza.
  
   La Ascensión es la otra cara de la Resurrección: la exaltación de Jesús a la derecha del Padre, la manifestación de su condición divina. Nos invita a contemplar y creer en la unión del Padre y del Hijo y provoca la venida del Espíritu Santo, el don de Cristo exaltado. Según la narración de San Lucas, el Colegio de los Apóstoles, renovado por los efectos de la Resurrección, en Jerusalén, sitio en el cual su amigo y Maestro había sido cruelmente asesinado, reciben la misión de predicar por todo el mundo. Con el envío, el Señor les promete que Él estará siempre con ellos, precisamente en las circunstancias en las que, como Él, tendrán que dar testimonio de su fe. Ellos, guiados por el Espíritu Santo, van a continuar la misión de Jesús, especialmente la tarea misionera universal dirigida a los judíos y gentiles. La vida de Jesús acaba con una gran liturgia de bendición con la que comienza una nueva etapa de la Iglesia y también una nueva presencia del Resucitado.
  
   Ha terminado el tiempo de Jesús visible y comienza el tiempo de la invisibilidad. Jesús, el Señor, está realmente presente en la vida de la Iglesia, en medio de nosotros, por el Espíritu Santo, en su condición de Dios, como Señor sentado a la derecha de Dios Padre. Se describe la entrada en el poderío y en el señorío de Dios. Sin duda, volverá desde el Padre como lo ha prometido, aun cuando lo hayamos visto partir; nos asegura que está y estará siempre con nosotros y nos invita a esperar, a no tener miedo y a creer. Estamos ante un mensaje que nos puede llenar de esperanza, pues en nuestros días hay momentos en que creemos que se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. La violencia no termina, la pobreza, el desempleo, el narcotráfico, los secuestros, las familias desintegradas, la infidelidad, siguen reinando y asesinando inocentes como si fuera algo normal. La improvisación y las malas decisiones nos llenan de terror ante el futuro…
  
   Estoy a tiempo para reconocer que he buscado la paz donde no la puedo encontrar, que tal vez me he afanado excesivamente porque los demás me acepten, me quieran, me reconozcan, cuando hemos ya visto que si a Él lo rechazaron y lo dejaron solo, lo más seguro es que a mí -a nosotros-, nos pase lo mismo. Que probablemente mis miedos vienen porque Él no es el centro de mi vida y ese lugar está ocupado por mis egoísmos, mis caprichos, mis envidias, mis celos, mis superficialidades. Que no he encontrado al Señor en el día a día porque me lleno de cosas huecas y sin sentido y no lo sé encontrar en la gente que está a mi lado, a quien supuestamente más quiero y a quien más le hago daño. Porque no encuentro al Señor en mí mismo, cuando me castigo, me culpabilizo o me reprocho. Que no sé dónde lo he puesto porque ni siquiera sé dónde encontrarlo y por eso viene mi falta de esperanza, mi cansancio, mi estancamiento, mi soledad. Estoy a tiempo para sentir que el Señor me llama por mi nombre y me invita –una vez más- a que recorramos juntos el camino con la certeza de que nunca más me sentiré solo, porque Él ha resucitado, porque lo he visto, lo he oído, lo han tocado mis manos y finalmente sé dónde lo he puesto.