Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    22 de Agosto de 2019
11 de Agosto de 2019
EL AGUA DE SAN IGNACIO EXPLICITA LA ACCIÓN DE DIOS
Jaime Emilio González Magaña
El agua de san Ignacio de Loyola es, simplemente, una ayuda más para creer en el Señor de la Vida, en el único y verdadero Absoluto en el que se ha de poner todo de nuestra parte para reconocer en dónde se encuentra el enemigo del hombre. Ni es mágica, ni puede ser usada como un elemento que facilite un conjuro o aleje “males de ojo” o nada que se le parezca. Con la aprobación papal del 30 de agosto de 1866 el uso y devoción del agua de san Ignacio siguió fortaleciéndose en la Iglesia. Su significado no es otro que aquel que tienen delante de Dios los objetos bendecidos con las oraciones de la Iglesia y en virtud de los méritos de Jesucristo. La bendición se hace invocando el Nombre de Dios a quien rogamos que confiera algo bueno o sagrado aun cuando algunos objetos han de ser bendecidos de precepto como serían los ornamentos y vasos sagrados o los templos.
  
   El agua de san Ignacio se bendice para recordarnos la presencia amorosa del Señor que bendijo el universo después de crearlo. Nos recuerda que todas las cosas sobre la tierra, como nos lo dice el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales, nos han sido regaladas a los hombres y mujeres de la creación para reconocer que sólo Dios es el único y verdadero Absoluto. Él vio que todas las cosas que había hecho eran buenas (Gn 1,31). Para que recordemos que Dios lo hizo todo bueno pero ha sido el pecado quien lo estropeó todo (Rom 8, 20-22). De aquí la necesidad de purificarlas o, como dice san Pablo (I Tim 4,5), de santificarlas con la palabra de Dios y con la oración o bendición a fin de poner un alto a la acción del mal y paralizar su funesta acción sobre nosotros. Desde el Antiguo Testamento vemos que las bendiciones son usadas por Moisés, Eliseo y Tobías (Ex 15; 2 Re, 20; Tob 8). Jesucristo, el Señor, confirmó con su ejemplo lo que se practicaba en la Ley Antigua (Mt 14, 19).
  
   En la bendición del agua de san Ignacio la Iglesia pide a Dios, por los méritos de Jesucristo y por intercesión de san Ignacio de Loyola que socorra y defienda a quienes tomen o usen el agua y que sea ésta remedio saludable para la salud del cuerpo y protección del alma. Los innumerables beneficios que esta pía devoción ha regalado a tanta gente a lo largo de los siglos nos animan a usarla con fe. Incluso la cédula de san Ignacio que tantas familias ponen detrás de la puerta de sus casas, nos permite creer que lo que pedimos por intercesión del santo, lo debemos buscar, ante todo y principalmente en el poder y bondad de Dios, en el nombre de Jesucristo. Después de esto, hemos de creer que el Señor permite que san Ignacio de Loyola interceda por nosotros para obrar toda suerte de milagros precisamente porque el santo creyó con su propia experiencia que el Señor se encuentra en todas las cosas y que en todas ellas estamos invitados a saber reconocer la presencia de Dios. De ahí su insistencia en buscar solamente “la mayor gloria de Dios en todas las cosas”.
  
   Según la historia de la devoción que nos ocupa, son muchas las personas que se han fiado a la intercesión de san Ignacio ante el dolor de moribundos o las penas que causan a las madres la ingratitud de los hijos. Algunas ocasiones se pide la ayuda en aquellos momentos en que no se entiende la actitud de maridos o esposas, según sea el caso. Otros, elevan su oración al Señor en casos de ausencia de trabajo o problemas en el mismo. En la historia de la Compañía de Jesús y, concretamente, en los favores que innumerables testigos afirman haber recibido por intercesión de san Ignacio y el uso de “su” agua, merece especial atención la ayuda que reciben los más pobres y necesitados. Algunas veces en sus necesidades materiales; en otras, interviniendo en conflictos o levantamiento de falsos testimonios en su contra. El santo se ha hecho presente también en momentos de terrible dolor al ver los bienes que se incendian o protegiendo lo poco que se tiene de un robo, de un daño material, hasta de una “mala voluntad”.
  
   Ignacio aportó a la Iglesia sus “Reglas para en alguna manera sentir y conocer las varias mociones que en el ánima se causan”, esto es, para aprender a discernir los espíritus buenos y malos que estarán siempre trabajando en nosotros. Del mismo modo su protección ayuda a las familias en problemas que pueden causarles divisiones y enemistades. Su presencia y ayuda se ha sentido, asimismo, en momentos cuando la confusión y oscuridad superan la paz y la tranquilidad; cuando no se ve con claridad cuál es la voluntad de Dios.