Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    17 de Septiembre de 2019
08 de Septiembre de 2019
EN COMPAÑÍA DE LA MADRE
Jaime Emilio González Magaña Salus Populi Romani

  
   A finales del mes de agosto tuve la gracia de dar un curso en el Noviciado San Pedro Fabro de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús. Gocé todos los dias de la contemplación de la copia del icono de Nuestra Señora, «Salus Populi Romani», que, según la tradición, fue pintada por el evangelista San Lucas y cuyo original se encuentra en Santa María la Mayor, la más antigua basílica mariana de Roma, erigida por Sixto III y cuya construcción está ligada al Concilio de Éfeso que, en el año 431, proclamó a María Theotòkos, es decir, la Madre de Dios. La copia del Noviciado de México fue traída por los primeros compañeros jesuitas que llegaron a nuestro país enviados por San Francisco de Borja, en 1572 y me hizo recordar el amor que San Ignacio de Loyola profesó siempre a Nuestra Señora. Cómo el amor a María, la Madre, la Mediadora con el Hijo y con el Padre ha llegado a ser insustituible en espiritualidad y que en este día recordamos de un modo particular.
  
   Bastaría con recordar cómo la presencia de María fue central para que Iñigo López de Oñaz y Loyola, en su lecho de convaleciente en la casa paterna, se abriera a descubrir “otros significativos” que dieran sentido a su vida deshecha. Aquel joven “desgarrado y vano” encontró en María, la Madre del Señor, la posibilidad de sentirse acompañado en sus nuevos sueños pues “estando una noche despierto, vio claramente una imagen de nuestra Señora con el santo Niño Jesús”, borra de su mente “todas las especies que antes tenía en ella pintadas “de cosas de carne”(Autobiografía, 10). La fortaleza que recibía de María no era nueva, pues ya desde pequeño, Iñigo, solo, huérfano del cariño de su madre Doña Marina Sánchez de Licona y Balda, rezaba “la Salve” y se refugiaba en la devoción y amor hacia la venerada imagen de Nuestra Señora de Olatz.
  
   Más tarde, la mano de María le irá guiando poco a poco en sus caminos. Primero, como un buen “Caballero de la Orden de la Banda”, Iñigo López de Oñaz y Loyola acudió al Santuario de todos los vascos, en Aránzazu, para ofrecerle a ella el voto de castidad, tal vez lo que más trabajo le costaba en su incipiente conversión. Su presencia en el Monasterio de Montserrat no fue una simple coincidencia sino que, fiel a la religiosidad de su tiempo y, siguiendo las costumbres caballerescas más auténticas, ofreció su daga y espada, cambió su vestuario y aprovechando el hecho simbólico que le había sugerido el caballero Esplandián, el hijo de Amadís de Gaula, en la vela de armas y en la confesión de su desastrosa vida, entregó a la Madre de Jesús sus buenas intenciones y deseos. Más tarde, Ignacio de Loyola, el estudiante parisino, escogió la fiesta de la Asunción de María para ofrendar su vida y la de los primeros compañeros en la capilla de los santos mártires Dionisio, Eleuterio y Rústico en las inmediaciones de Montmartre.
  
   Y qué decir de la pequeña capilla en “La Storta”, cercana a Roma, donde, en una oración a la Madre de Jesús, tuvo lugar la visión mística que cambió definitivamente la vida del peregrino cuando “el Padre le puso con el Hijo” como él había venido “rogando a la Virgen que le quisiese poner con el Hijo” (Autobiografía, 96). Finalmente, a su llegada a Roma, en 1537, se postró ante “La Madonna del Popolo” y los dieciséis últimos años de su vida, ya como Prepósito General de la Compañía de Jesús, escribió las Constituciones de la Orden, su Diario Espiritual y más de doce mil cartas bajo la protección de la que él llamaba la “La Madonna de la escribanía. La última etapa le pondrá a los pies de “La Madonna de la Strada”, en la pequeña capilla que les asignó el Papa Paulo III por mediación de Pietro Codaccio, el primer jesuita italiano. Ahí, el mismo el Padre celestial “mostraba señal que le parecía fuese rogado por María” (Diario Espiritual, 30).
  
   Si alguno negara el papel central de María en la Espiritualidad Ignaciana sería, o porque la desconoce, o porque no la ha comprendido. Es importante que no olvidemos cómo San Ignacio tomará siempre como regla inquebrantable de su vida espiritual el dirigirse al Padre “por medio y ruegos de la Madre y el Hijo, y primero haciendo oración a ella para que me ayudase con su Hijo y (con el) Padre, y después orando al Hijo me ayudase con el Padre en compañía de la Madre”; y en ello, dice, “sentí en mí un irme o llevarme delante del Padre… y consequenter a esto lágrimas y devoción intensísima…” (Diario Espiritual, 8).