Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    16 de Noviembre de 2019
03 de Noviembre de 2019
VENCER AL MAL CON EL BIEN
Jaime Emilio González Magaña
En la homilía del 11 de abril de 2014, en la capilla de Santa Martha, el Papa Francisco afirmó: «Todos somos tentados, porque la ley de nuestra vida cristiana es una lucha. Porque el príncipe de este mundo –el diablo- no quiere nuestra santidad, no quiere que sigamos a Cristo. Alguno de ustedes –tal vez, no lo sé- podría decir: “Pero, padre, ¡qué anticuado es usted! ¡Hablar del diablo en el siglo veintiuno! Pero no olviden que el diablo existe. ¡El diablo existe de un modo muy claro en este siglo veintiuno! ¡Y no debemos ser ingenuos, eh! Debemos aprender del Evangelio cómo luchar contra él». Ésta ha sido sólo una de las intervenciones del Pontífice para que no nos engañemos y estemos atentos a enfrentar sus efectos devastadores que produce en las ánimas somnolientas que, tal vez, no han querido descubrir su presencia desastrosa en la violencia cruel que se ha enseñoreado de nuestra sociedad, en algunas gentes sin escrúpulos que intentan destruir la familia, en políticos bufones que pretenden tener siempre la razón y que juegan con los sentimientos de toda una Nación.
  
   El Papa Francisco añadía: «La vida de Jesús ha sido una lucha. Ha venido para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo que ha tentado a Jesús tantas veces y, del mismo modo que Jesús ha tenido que sufrir las tentaciones y las persecuciones, los cristianos que quieran seguir a Jesús, deben conocer muy bien esta verdad. ¿Cómo le hace el demonio para alejarnos del camino de Jesús? La tentación comienza en una forma leve, pero crece, siempre crece. Después, contagia al otro y éste la transmite a otros; trata por todos los medios de reforzarla en la comunidad, en las familias, entre los amigos. Y, finalmente, para tranquilizar las ánimas, se justifica. Crece, contagia y se justifica». Por un tiempo, después del Concilio Vaticano II, aún dentro del ambiente eclesiástico, parecía que se tenía la convicción de que el demonio, en cuanto tal, fuese sólo una fantasía supersticiosa, o tal vez, se decía, que era el símbolo de la ausencia del bien. Pero, como lo he venido sosteniendo, desde San Pablo VI a nuestros días, los llamados de los Papas han sido continuos de modo tal que reconozcamos la presencia del mal como el tentador y el padre de la mentira que se disfraza como “un ángel de luz” para seducirnos y someternos a sus trampas, redes y cadenas.
  
   Como decía Baudelaire, el engaño más grande del enemigo es hacernos creer que no existe de ahí que tenga sentido reflexionar en lo que San Paolo VI nos pedía cuando manifestó: «Nuestra doctrina se hace incierta, por estar como oscurecida por las tinieblas mismas que rodean al demonio. Pero nuestra curiosidad, excitada por la certeza de su existencia múltiple, se hace legítima con dos preguntas: ¿Existen señales, y cuáles, de la presencia de la acción diabólica? ¿Y cuáles son los medios de defensa contra un peligro tan insidioso? La respuesta a la primera pregunta impone mucha cautela, si bien las señales del maligno parecen hacerse evidentes (Cf Tert. Apo., 23). Podremos suponer su acción siniestra allí donde la mentira se afirma hipócrita y poderosa contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (Cf 1Co 16, 22; 12, 3); donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido; donde la desesperación se afirma como la última palabra, etc.
  
   Pero es una diagnosis demasiado amplia y difícil, que ahora no pretendemos profundizar y autenticar, no carente sin embargo para todos de dramático interés, a la que también la literatura moderna ha dedicado páginas famosas (Cf p. e., las obras de Bernanos, estudiadas por Ch. Möeller, Literatura del siglo XX, I., p. 397 ss.; P. Macchi, El rostro del mal en Bernanos; cf también Satán, Estudios Carmelitanos, Descleé de Brouwer, 1948). El problema del mal sigue siendo uno de los mayores y permanentes problemas para el espíritu humano, incluso tras la victoriosa respuesta que da el mismo Jesucristo. "Sabemos, escribe el evangelista san Juan, que somos (nacidos) de Dios, y que todo el mundo está puesto bajo el maligno" (1Jn 5, 19). A la otra pregunta sobre qué defensa, qué remedio oponer a la acción del demonio, la respuesta es más fácil de formular, si bien sigue difícil actualizarla.
  
   Podremos decir que todo lo que nos defienda del pecado nos defiende por ello mismo del enemigo invisible. La gracia es la defensa decisiva. La inocencia adquiere un aspecto de fortaleza. Y asimismo cada uno recuerda hasta qué punto la pedagogía apostólica ha simbolizado en la armadura de un soldado las virtudes que pueden hacer invulnerable al cristiano (Cf Rm13, 12; Ef 5, 11; 1Ts 5, 8).
  
   El cristiano debe ser militante; debe ser vigilante y fuerte (1P 5, 8); y debe a veces recurrir a algún ejercicio ascético especial para alejar ciertas incursiones diabólicas. Jesús lo enseña indicando el remedio "en la oración y en el ayuno" (Mc 9, 29). Y el apóstol sugiere la línea maestra a seguir: "No os dejéis vencer por el mal, sino venced al mal con el bien" (Rm 12, 21; Mt 13, 29). Con el conocimiento, por ello, de las presentes adversidades en que se encuentran hoy las almas, la Iglesia y el mundo, trataremos de dar sentido y eficacia a la acostumbrada invocación de nuestra oración principal: "Padre nuestro..., ¡líbranos del mal!"».