Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    11 de Diciembre de 2019
01 de Diciembre de 2019
MI FAMILIA ES UN PROBLEMA
Jaime Emilio González Magaña

  
   Es alarmante constatar la trágica insistencia con la que en el ministerio del acompañamiento espiritual escucho la expresión “mi familia es un problema y no sé qué hacer porque me quita la paz, no me puedo concentrar en mi trabajo y misión y me roba la esperanza al pensar que no puedo hacer nada para vivir mejor”. ¿Es verdad que la familia resulta un peso difícil de sobrellevar? ¿Realmente es un problema y, por lo tanto, es necesario que olvidemos los lazos que nos unen? Siempre he pensado que la familia no es “un problema” y, mucho menos, una “carga que hay que soportar”. Es un hecho que, en muchas ocasiones, asumimos que estamos frente a una situación con la que debemos aprender a sobrevivir, especialmente cuando se pierde el horizonte de encontrar caminos de solución, cuando ha habido discusiones, fricciones, o lo que tal vez sea peor, los silencios de los que no sabemos su origen o si las ofensas han sido tan graves que no se encuentra el modo y el deseo de afrontarlas y solucionarlas con buena voluntad.
  
   Me parece oportuno hacer referencia a una historia de Bruno Ferrero que me ha ayudado en la búsqueda de encontrar algún camino de solución a los anteriores planteamientos. Se dice que un día, el Gran Maestro reunió a todos sus alumnos porque había decidido elegir a su asistente. “Les presento un problema – les dijo-. Quien lo resuelva se convertirá en mi brazo derecho”. Dicho esto, colocó una pequeña mesa al centro de la sala y sobre la mesita puso un preciosísimo jarrón de porcelana decorado con finísimas rosas de oro. “Éste es el problema. Resuélvanlo”, -añadió-. Los discípulos contemplaron perplejos “el problema”. Era una pieza de porcelana única e inimitable, admiraban sus diseños raros, la frescura y la elegancia de las rosas que daban la apariencia de extrema naturalidad. “¿Qué era lo que representaba?, ¿Cuál era el enigma del jarrón? ¿Qué tenían que hacer?”, se preguntaban.
  
   El tiempo pasaba y ninguno se atrevía a hacer nada, salvo contemplar “el problema”. A un cierto punto, uno de los discípulos se levantó, miró a su Maestro y a sus compañeros y, enseguida, se dirigió resueltamente hacia el jarrón, lo tomó en sus manos y lo estrelló con fuerza contra el suelo, destrozándolo en mil pedazos. “¡Finalmente alguno lo ha hecho!” -exclamó el Gran Maestro-. “Comenzaba a dudar de la formación que les había dado en todos estos años”, agregó. Después, se dirigió al joven y le dijo: “Tú serás mi asistente”. Mientras el brillante y orgulloso alumno volvía a su sitio, el Maestro explicó: “He sido muy claro. Les he dicho que el jarrón era ‘un problema’. No importa cuánto pueda parecer bello o fascinante, un problema siempre será un problema y debe ser eliminado”. Esta historia me ha enseñado que lo mismo pasa con “el problema” de nuestra familia: el único modo de resolverlo, es afrontarlo y eliminarlo pues, de otro modo, seguirá dañándonos y nos acostumbraremos a contemplarlo como si fuera algo ajeno a nosotros y con el tiempo nos impedirá tener el valor de destruirlo y afrontar con amor y caridad lo que nos ha hecho daño y nos ha alejado unos de otros.
  
   Uno de los medios para eliminar lo que nos divide y nos hace daño es el perdón. El Santo Padre Francisco así nos lo ha dicho el 25 de agosto de 2018 en el Estadio Croke Park de Dublín, Irlanda, durante el Encuentro Mundial de las Familias, cuando afirmó: «El poeta decía que “errar es humano, perdonar es divino”. Y es verdad: el perdón es un regalo especial de Dios que cura nuestras heridas y nos acerca a los demás y a Él. Gestos pequeños y sencillos de perdón, renovados cada día, son la base sobre la que se construye una sólida vida familiar cristiana. Nos obligan a superar el orgullo, el desapego y la vergüenza y a hacer las paces. Muchas veces estamos enojados entre nosotros y queremos hacer las paces, pero no sabemos cómo. Da vergüenza hacer las paces, pero lo deseamos. No es difícil. Es fácil. Da una caricia; así se hacen las paces. Es cierto, me gusta decir que en las familias necesitamos aprender tres palabras: “perdón”, “por favor” y “gracias”. Cuando discutas en casa, asegúrate de pedir disculpas y decir que lo sientes antes de irte a la cama. Antes de que termine el día, haz las paces.
  
   ¿Y sabes por qué es necesario hacer las paces antes de terminar el día? Porque si no haces las paces, al día siguiente, la “guerra fría” es muy peligrosa. Cuidado con la guerra fría en la familia. Pero a veces, quizás, estás enojado y tienes la tentación de irte a dormir a otra habitación, solo y aislado; si te sientes así, simplemente llama a la puerta y di: “Por favor, ¿puedo pasar?”. Lo que se necesita es una mirada, un beso, una palabra afectuosa... y todo vuelve a ser como antes. Digo esto porque, cuando las familias lo hacen, sobreviven. No hay familia perfecta. Sin el hábito de perdonar, la familia se enferma y se desmorona gradualmente. Perdonar significa dar algo de sí mismo. Jesús nos perdona siempre. Con la fuerza de su perdón, también nosotros podemos perdonar a los demás, si realmente los queremos. ¿No es lo que pedimos cuando rezamos el Padrenuestro? Los niños aprenden a perdonar cuando ven que sus padres se perdonan recíprocamente. Si entendemos esto, podemos apreciar la grandeza de la enseñanza de Jesús sobre la fidelidad en el matrimonio. En lugar de ser una fría obligación legal, es sobre todo una poderosa promesa de la fidelidad de Dios mismo a su palabra y a su gracia sin límites. Cristo murió por nosotros para que nosotros, a su vez, podamos perdonarnos y reconciliarnos unos con otros. De esta manera, como personas y como familias, empezamos a comprender la verdad de las palabras de san Pablo: mientras todo pasa, «el amor no pasa nunca» (1 Co 13,8)».