Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    19 de Septiembre de 2020
08 de Diciembre de 2019
«YO SOY EL QUE ES, EL QUE ERA Y EL QUE HA DE VENIR»
Jaime Emilio González Magaña

   Estamos comenzando el tiempo de Adviento y, si escuchamos con atención la pasmosa claridad del Evangelio de San Mateo, nos daremos cuenta que es urgente que nos preparemos para “la hora”, aun cuando sea infinitamente más fácil dejarnos seducir por el consumismo y arrastrarnos en un ambiente superficial que cada año nos va deteriorando más. El capítulo 27 nos advierte: «No se dejen engañar4 cuando varios usurpen mi nombre y digan: Yo soy el Mesías. Pues engañarán a mucha gente5. Ustedes oirán hablar de guerras y de rumores de guerra. Pero no se alarmen; todo eso tiene que pasar, pero no será todavía el fin6. Unas naciones lucharán contra otras y se levantará un reino contra otro reino; habrá hambre y terremotos en diversos lugares7. Esos serán los primeros dolores del parto8. Entonces los denunciarán a ustedes, y serán torturados y asesinados. Todas las naciones los odiarán por mi causa9. En esos días muchos tropezarán y caerán; de repente se odiarán y se traicionarán unos a otros10. Aparecerán falsos profetas, que engañarán a mucha gente11, y tanta será la maldad, que el amor se enfriará en muchos12. Pero el que se mantenga firme hasta el fin, ése se salvará13».
  
   El pasaje evangélico hace referencia a “la Parusía”, es decir, al tiempo de la venida del Señor e inaugura un tiempo litúrgico que nos conduce a la Navidad, a celebrar la Encarnación y el Nacimiento del Hijo de Dios, nuestro Salvador. No hay contradicción ni confusión; se trata simplemente de una manifestación del Misterio de Aquél que dice tres veces en el libro del Apocalipsis (1,8; 21, 6; 22,13): «Yo soy el Alfa y la Omega dice el Señor, El que Es, El que era y El que ha de venir; el Señor del Universo». El Adviento nos prepara para la inminente venida del Salvador, el Hijo de Dios, el Hijo de María. La Encarnación anuncia la “Parusía”, es decir, la venida de Cristo en la gloria al final de los tiempos. Es un hecho que el Señor viene continuamente a la vida de cada uno de nosotros, sin embargo, este tiempo litúrgico fuerte nos anima a que celebremos la Navidad con un espíritu de esperanza porque su venida no es predecible, por lo tanto, es necesario estar atentos, en vigilia y caer en la cuenta de nuestra ignorancia y necedad, de nuestro desinterés respecto a la verdad profunda de nuestra decadente y débil condición humana.
  
   Cada día confiamos más en imágenes falsas de Dios o adoramos nuestra propia imagen. Nos dejamos conducir de todo tipo de ideologías, hacemos a un lado la fe que nos transmitieron nuestros padres e, ingenuamente, decimos que creemos más en la ciencia, en la tecnología o la informática aun cuando, por nuestra infinita torpeza, sabemos que todo eso no nos dará ni la felicidad, ni la paz y, obviamente, ni la salvación. Con el pretexto de seguridades construidas por nosotros mismos en el dinero, la fama, el prestigio y una supuesta posición social, hemos debilitado nuestra conciencia moral al grado de creer que todo es posible, que tenemos derecho a todo lo que nos proporciona un placer egoísta y absurdo, que da asco. Destrozamos la familia, el más mínimo respeto a los demás, el país, nuestra identidad, etcétera. Es alarmante constatar el grado de individualismo en que el que vivimos; la terrible soledad en la que nos demos dejado envolver con la creencia de que tenemos siempre la razón. No nos damos cuenta de que, con el rechazo a Dios, nos negamos a nosotros mismos y, con ello, la posibilidad de vivir en paz, creer y luchar por lo que realmente vale la pena.
  
   Lo que es un hecho es que no sabemos ni el día ni la hora y Dios nos permite que vigilemos y discernamos lo que nos estorba y no nos deja vivir en plenitud. Vigilar no significa que nos encerremos a piedra y lodo; que construyamos muros que dividen y hacen que nos atrincheremos en nuestro egoísta modo de proceder. No quiere decir que rechacemos la posibilidad de estar equivocados, pedir perdón o perdonar. Tampoco se trata de poner alarmas en nuestras relaciones con el pretexto de evitar agresiones o vacunarnos contra el dolor, la traición o el engaño. Cada acontecimiento de la vida que contiene una amenaza o un límite como la enfermedad, el fracaso, la angustia, la inseguridad, la violencia, la prueba o la muerte, son una ocasión para ejercitar la vigilancia y prepararnos para vivir mejor, intensamente, abiertos a los que realmente nos quieren y se fían de la pobreza de nuestra persona, a pesar de nuestros límites, defectos y errores.
  
   El Adviento nos da la oportunidad de decidir cómo queremos vivir el tiempo que Dios nos conceda: o con una actitud de esperanza cristiana y, al menos, el deseo de restablecer relaciones rotas o, preocupados únicamente por intereses personales mezquinos, acumulando riquezas, conocimiento, poder o aislamiento enfermizo que nos aleja de todo y de todos. ¿Cómo nos prepararemos a la Navidad? Tal vez les daremos la espalda a quienes realmente nos aceptan y nos quieren como somos y nos escondemos en nosotros mismos, pretendiendo que nuestro egoísmo nos dará la felicidad, la paz y la salvación. Quizás la solución más fácil sea engreírnos de nuestras seguridades, llenarnos de falsedad y de ese terrible ruido de la hipocresía en relaciones que no nos darán sino vacío e insatisfacción porque habremos perdido la oportunidad de abrir nuestro corazón a Dios y a quienes ciertamente nos aman.