Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    02 de Junio de 2020
12 de Enero de 2020
EL PODER DE LAS COSAS SIMPLES
Jaime Emilio González Magaña
Este año celebré las fiestas de Navidad y la llegada del nuevo año inmerso en un intenso trabajo y el agobiante calor veraniego del Perú. Decidí no caer en la trampa de dejarme llevar por el ambiente superficial de luces y la expresión de buenos deseos contaminados de frases hechas que no dicen absolutamente nada. Me parece que es la vida ordinaria la que nos podría ayudar a formular el perdón tantas veces solicitado, siempre ignorado y aun negado. Sería de verdad sorprendente olvidar las quejas, los resentimientos y los rencores, sin embargo, no entiendo por qué esperamos que sean los demás quienes tomen la iniciativa. Estamos tan inmersos en la rutina monótona, las preocupaciones del trabajo, el miedo a la violencia y la inseguridad que si no disfrutamos los milagros que nos rodean cada día jamás vendrán por más que forcemos las cosas en las fiestas del fin de año.
  
   Si nos hemos vuelto fríamente insensibles a la belleza de un amanecer, un pájaro que canta o una flor que se abre, nada nos dirá el beso de un hijo a sus padres o el abrazo de un amigo. Son esos pequeños grandes detalles que podrían hacer que nuestra vida fuese hermosamente diferente. Todas las relaciones se basan en cosas simples que sólo al hacerlas conscientes, las podemos valorar en su infinita grandeza. Si hay amor verdadero o una fiel amistad, no exigimos que el otro nos demuestre con grandes aspavientos que ocupamos un lugar en su vida; simple y sencillamente agradecemos que se preocupe por nosotros, que se interese por nuestra salud cuando sabe que estamos enfermos, que sintamos que no le somos indiferentes. Por no creer en esos pequeños grandes detalles, pasamos el tiempo esperando una oportunidad para demostrar amor o amistad por alguien. Lo triste es que mientras esperamos esa gran ocasión dejamos pasar muchas otras, tal vez modestas pero, sin duda, importantes.
  
   Cuando no cuidamos el amor y la amistad pensamos que no tenemos a nadie en quien confiar y que solamente una demostración grandiosa por parte de los demás, podrá cambiar de la noche a la mañana una vida miserable por otra llena de dicha. No olvidemos que la verdadera felicidad se construye mediante pequeñeces y detalles que hacen más llevadera la rutina cotidiana, la soledad de la distancia o los silencios ante ofensas ignoradas o culpas no aclaradas. La seducción del dinero o una supuesta posición profesional; relaciones o amistades ocasionales -muchas veces interesadas-, suelen ser cantos de sirena que nos engañan con increíble facilidad. Nos convendría no desestimar jamás el poder de las cosas simples: el regalo de una flor sin tener que esperar a enviar un ramo a una funeraria; una llamada por teléfono, una palabra de consuelo, antes de la presencia forzada a un velorio o la visita a una tumba abandonada en el cementerio.
  
   Una forma de constatar la grandeza de Dios es el amor gratuito de la familia y los amigos por lo que es fácil constatar que es en los momentos de mayor alegría o los de profundo dolor, cuando su presencia y apoyo se convierten en el más resistente cemento que une los ladrillos de la más sólida relación, en el triunfo o el fracaso, en la salud o la enfermedad. Aun cuando la flor se marchite o el viento se lleve las palabras, el recuerdo del bien producido será como la huella indeleble de un hierro candente en el corazón de quien las recibió. Dios quiera que los abrazos de felicitación, los brindis y los buenos deseos de las celebraciones de fin de año no sean solamente liturgias de falsedad e hipocresía, sino recuerdos de un pasado que no volverá jamás y, por lo mismo, se transformen en energía poderosa que lanza a una vida plena de verdad y de futuro. Este año recién estrenado puede ser la oportunidad para que -, al menos-, nos decidamos a hacer una llamada telefónica y decir un “gracias” o un “te quiero”.
  
   No esperemos otras fiestas de fin de año para restablecer relaciones rotas pues no sabemos si todavía estaremos vivos. Cuando hay real interés por los demás que nos son significativos no hay cosas pequeñas, únicamente existen las obras que se hicieron y los deseos que se marchitaron en buenas intenciones. Estamos estrenando un nuevo año y, tal vez, tengamos el valor de asumir el riesgo de vivirlo como un año de gracia en el que podamos tener la disponibilidad de una auténtica caridad generosa y fraterna. Podríamos ser más felices si perdonamos más y acusamos menos; si dejamos de jugar el rol de víctimas y asumimos la posibilidad de ser los victimarios; si rechazamos ser el centro del universo y dejamos de pretender - con humildad-, que son siempre los demás quienes tienen que rendirnos pleitesía.