Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    17 de Febrero de 2020
09 de Febrero de 2020
ES NECESARIO ORDENAR LA VIDA
Jaime Emilio González Magaña San Ignacio de Loyola
¡Qué difícil es reconocer las tentaciones que nos presenta el maligno con apariencia de bien! ¡Y cuántas veces estamos llenos de esas tentaciones y no nos damos cuenta de ello! Desde la perspectiva de San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales [EE], el hombre puede experimentar en su respuesta a Dios al menos dos tipos de resistencias. La primera es la del pecado, en cuya lucha se ocupa el hombre más o menos conscientemente cuando quiere buscar una auténtica conversión a Dios. La otra resistencia es más sutil y se trata de este afecto desordenado que puede engañar el discernimiento [EE112] en cualquiera de sus pasos. En esta segunda situación nos movemos en un mundo escondido, engañoso, de razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias [EE329], donde actúa el mal espíritu disfrazado como ángel de luz que trae pensamientos buenos y santos del ánima devota para salirse con la suya [EE321]. Usa un hilo de razonamiento que empieza por algo bueno, continúa por algo también bueno, y solamente al final se descubre que termina mal o simplemente menos bien [EE333].
  
   Muchas veces es este mal fin al que indujo [EE334] el único modo de descubrir, a posteriori, el ardid del mal espíritu en momentos en los que el cristiano es especialmente resistente al discernimiento individual. Las circunstancias del mundo que vivimos, ahora que estamos siendo amenazados a cambiar nuestros valores más profundos, hacen más necesario el discernimiento espiritual que nos recomienda un verdadero conocimiento de nosotros mismos junto a la experiencia afectiva y efectiva del Señor para conseguir una respuesta libre, humilde y en indiferencia total a lo que Dios nos pide. Nos urge a buscar un tipo de oración que supone la educación de nuestra afectividad como una tarea prioritaria para “ordenar la vida” y “vencer a sí mismo”, según los retos de los Ejercicios Espirituales. En ocasiones nuestra vida cristiana se empobrece porque no hemos aprendido a distinguir algo que no es pecado sino autoengaño, un pensamiento que viene de fuera como trampa del enemigo y que tampoco es ninguna anormalidad psicológica ya que podemos llevar una vida eficiente y aun apostólica pero nos estamos dejando engañar por el mal.
  
   ¿Cómo modificar el influjo de estas fuerzas, para cambiar nuestra conducta y encaminarnos más derechamente al fin para el que hemos sido creados? ¿Cómo descubrir en todas las cosas la presencia de Dios al que deseamos “en todo amar y servir”? [EE233]. Asumiendo que no son las obras exteriores las que garantizan la mayor unión con Dios, sino la búsqueda de los dones del Espíritu Santo por parte de la persona que se quiere ordenar podemos encontrar en nosotros algunos desórdenes psíquicos o, al menos, una cierta desorganización en nuestra persona: algún afecto infantil, inmaduro que permanece fijo en el adulto, al menos en algunas áreas de la personalidad, de modo que afecta también al entendimiento (racionalidad, abstracción, juicio realístico) y frecuentemente a la voluntad. Otras veces, necesitamos ordenar el pecado [EE40], esto es, ir más allá de una buena reconciliación sacramental como un mero cumplimiento formal de la ley. Hemos recibido un reto a vivir la respuesta a la invitación de Dios en forma plena, esto es, disponernos a la vida gozosa en la virtud. Al Señor le interesa nuestra santidad objetiva, que es el uso de todas nuestras capacidades en la respuesta a su amor con el menor número posible de impedimentos [EE150] en esa recepción de la gracia divina.
  
   En la dirección del pecado y sus afecciones podríamos, no obstante, recordar cómo san Ignacio utiliza una cierta terminología bastante precisa [EE91]. Presenta una gradación que arranca del pecado plenamente deliberado ya sea mortal o venial; sigue la imperfección positiva, que llama “semejanza de pecado menudo”; después están los pecados veniales o faltas semideliberadas. El cuarto grado serían “las flaquezas y las miserias” que se identifican con “los primeros movimientos y sentimientos o representaciones involuntarias” [EE192]. Finalmente, estarían las inclinaciones malas del carácter. El ámbito del pecado así presentado es considerado más en función del papel de la voluntad libre que por la materia o contenidos que están en juego. Pero hay, todavía, un desorden diferente que no es ni pecado ni patología. Estamos ante un terreno intermedio que es también conceptualmente identificable como diferente. Nos encontramos en la dimensión del bien aparente o del error no culpable en el cual parece situar san Ignacio el término específico de las “afecciones desordenadas” y en el que incide el trabajo predominante de quien desea buscar solamente la voluntad de Dios. En un primer estadio, de suyo, no hay que buscar y hallar la voluntad de Dios, sino tratar de cumplirla conforme al ideal de orden de la criatura racional y el modelo de hombre regenerado que es Jesucristo. Y es en el momento de tomar decisiones donde entiende san Ignacio que hay algunas “afecciones” del cristiano que discierne que pueden impedir o malograr su elección, por supuesto sin mala voluntad, sin pecado, por su parte. Estas son las “afecciones desordenadas”, siempre difíciles de reconocer y más aún de erradicar de nuestra vida de fe.