Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    07 de Abril de 2020
22 de Marzo de 2020
NI OBISPAS EN LA IGLESIA NI JEFAS – TRABAJADORAS EN EL COLMICH
José Luis Seefoó Luján

   Este apartado tiene la finalidad de describir uno de los componentes de la cultura laboral zamorana que ejerce un poderoso papel en la construcción de diferencias que afectan a todos, mujeres y hombres, aunque más a ellas.
  
   ¿Cuál es el escalón más alto al que puede aspirar una religiosa -una monja- en la escala de dirección dentro de la jerarquía católica, apostólica y zamorana?
  
   ¿Cuál es el puesto más alto o cuál el mayor reconocimiento al que puede aspirar una secretaria, una bibliotecaria en El Colegio de Michoacán?
  
   Probablemente la misma pregunta tiene sentido en muchas (¿todas?) las dependencias públicas y privadas de Zamora.
   La Diócesis de Zamora, erigida el 26 de enero de 1863, tiene 138 parroquias; 289 sacerdotes diocesanos; 25 sacerdotes religiosos; 84 religiosos profesos; y 844 religiosas profesas. Las agrupaciones (¿órdenes?) enlistadas en la página del obispado son: Adoratrices Perpetuas del Santísimo Sacramento; Hermanas Clarisas Capuchinas del Sagrado Corazón; Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento; Hermanas de los Pobres Siervas del Sagrado Corazón (HPSSC); Hijas del Sagrado Corazón de María; Hijas de María Auxiliadora (Salesianas); Pequeñas Hermanas de María; Siervas Guadalupanas de Cristo Sacerdote y las Operarias de la Sagrada Familia (Información de 2005).
  
   Ignoro si son 844 religiosas o más; de lo que estoy seguro es nunca haber escuchado misa oficiada por mujeres. Y por curiosidad de un “no muy creyente” me entero de la escasez de sacerdotes, pero no veo que se convoque al personal que está en la retaguardia acomodando las flores, cuidando enfermos, haciendo el aseo. Por la prensa he sabido de una creciente opinión que en el seno de la iglesia católica clama por corregir esta manifiesta desigualdad.
  
   Tengo entendido -de oídas- que la Red Internacional de organizaciones ecuménicas para la Ordenación de Mujeres Católicas en el Mundo (WOW) ha organizado reuniones mundiales (Congreso Internacional de Dublín, 2001) tratando de lograr lo que en otras iglesias cristianas - han avanzado como tener acceso a todos los ministerios. Tal es el caso de las obispas y primadas de Londres y de Suecia (Yolanda Alba, Atlántica, 2-12-2018, Asturias).
  
   Mujeres y Teología, la red de mujeres, laicas y religiosas, que lucha por la igualdad dentro de la Iglesia católica en España ha convocado en varias ocasiones en Madrid para reivindicar una nueva cultura de respeto y de atención a las causas feministas.
  
   Acabar con la discriminación en el seno de la Iglesia a través de una profunda reforma cultural y organizativa es el objetivo del Colectivo Mujeres y Teología que han secundado diferentes asociaciones católicas en el mundo para exigir la renovación de las estructuras eclesiales (Patricia H. Montenegro, Publico, 29-02-2020, Madrid, acceso 08-03-2020).
  
   De modo parecido, no igual, en los 40 años más uno de El Colegio de Michoacán nunca se ha visto que una secretaria, una empleada administrativa pueda ocupar una jefatura. Ni su experiencia laboral, los estudios cursados ni la incipiente organización sindical han sacudido la inercia que en casi medio siglo hace impensable que un empleado (hombre o mujer) pueda escalar en la estructura de la institución.
  
   No afirmo que la mujer no ocupe cargos de responsabilidad como jefas del departamento editorial, de recursos humanos, difusión cultural o en servicios escolares. No digo que el machismo colmichiano restrinja el acceso de ellas a esos puestos. No, es otra la limitante invisible: nunca o pocas veces se imagina que una empleada subordinada, una colega administrativa pueda cumplir funciones de dirección aunque en los hechos hay secretarias que resuelven una buena carga de las labores de coordinación de los centros de estudio.
  
   Tampoco digo que la coordinación de un centro de estudios implica sólo labores administrativas, nada más afirmo que el trabajo de nuestras esenciales compañeras está tan subvalorado que algunas ni siquiera han gozado de una plaza sino que han sido contratadas por honorarios y por un largo periodo han experimentado la incertidumbre de la siguiente contratación eventual.
  
   El mayor reconocimiento que han merecido es un diploma, una taquiza para adornar los despidos inducidos que eufemísticamente se les llama “jubilación” y que, honrosamente algunas compañeras han rechazado.