Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    07 de Abril de 2020
22 de Marzo de 2020
¡CUÁNTAS COSAS HE APRENDIDO!
Jaime Emilio González Magaña

  
   Roma, ciudad desolada, desierta, casi muerta, se debate en confiar en su pasado pletórico de arte y cultura, permanecer aferrada a la belleza de sus edificios y la grandeza de su historia, sin asumir las contradicciones puestas en evidencia por algo que comenzó siendo objeto de risa e incredulidad y se ha convertido en una amenaza mundial. En medio de un silencio amenazante y estridente por la magnitud del miedo que contagia, esta ciudad apuesta por un futuro más realista y más humano porque, una vez más, sus debilidades la han dejado expuesta a ser destruida con la constatación de que nada ni nadie es más fuerte que los designios de Dios. Finalmente, decidió liberarse de los efectos perniciosos de gobiernos demagógicos y populistas que negaban la amenaza del amargamente célebre “coronavirus” y se ha blindado para poder enfrentar con madurez el riesgo de perder una de sus más imprescindibles herencias: los ancianos.
  
   En fiel obediencia sumisa al Gobierno Italiano, desde hace dos semanas, estamos en severa cuarentena para evitar que continúen los contagios que, exponencialmente, han estado atenazando a esta nación y poniendo en riesgo a muchos, especialmente a los más débiles, ancianos o aquellos que padecen o hemos padecido algún problema pulmonar. Nos hemos dado cuenta de las personas que realmente queremos y aquéllas que nos quieren, aceptan como somos y se preocupan por nuestra salud física, espiritual y aun psicológica porque eso de necesitar una especie de “salvoconducto” hasta para ir al mercado, no es fácil de sobrellevar. Hemos gozado la generosidad de muchos; hemos sufrido el egoísmo asustado de otros que siguen afirmando que se trata de una “histeria colectiva” o de la invención manipulada de un “virus sembrado” por los poderosos de este mundo. Personalmente, he agradecido de corazón el testimonio de servicio de algunos médicos, religiosas y sacerdotes, que muchas veces había dado por descontado sin detenerme a favorecer la gratitud y la expresión de mi reconocimiento y sorpresa ante la bondad que, muchas veces, se ve oscurecida por la mediocridad y la maldad.
  
   Ha sido impresionante poder darme cuenta del valor de un “gracias” dicho a la cajera de un negocio que arriesga ser contagiada para que otros podamos tener lo necesario para superar el encierro Estoy aprendiendo el sentido del espacio doméstico, la diferencia entre lo necesario y lo superfluo; el significado del recuerdo emotivo de algunos rincones, fotografías e imágenes colgadas en una pared que, por la inercia y el frenético activismo ya no contemplo más. He gozado la música de mis viejos discos y mis libros han adquirido un enorme valor cuando los he admirado con ojos nuevos, porque gracias a ellos he podido llevar a cabo la misión que Dios me ha conferido y la posibilidad de no verlos nunca más. Estoy aprendiendo la revolucionaria belleza del internet, inestimable herramienta que, si se usara bien, no habría causado tantos males a nuestra sociedad. Agradezco la importancia de la compañía de mis hermanos jesuitas que se interesan por mi salud y la soledad -que es más dura cuando se es extranjero-, ayuda a confiar solo en Dios. He sentido un amor muy grande a México cuando he recibido un mensaje y una llamada telefónica de la Embajada Mexicana ante la Santa Sede y una persona, notablemente amable me dice que se ponen a mi servicio por si necesitara algún tipo de ayuda o cualquiera otra eventualidad.
  
   He recibido llamadas de mis hermanos, sobrinos, parientes y amigos que, desde México, se hacen presentes y me hacen sentir que soy significativo para ellos, a pesar de mis errores, omisiones, sin importar cómo soy, sin insistir en mis infinitas limitaciones y defectos humanos. También he experimentado una envidia de admiración cuando me he dado cuenta de algunas iniciativas de muchos italianos que ofrecen sus servicios gratuitamente al sector turístico en un verano que se sueña libre de esta pandemia y se está destruyendo al no tener los ingresos habituales por los visitantes que vienen del mundo a gozar este país. ¡Cómo desearía que los mexicanos aprendiéramos esta lección! ¡Cómo ayudaría que nuestra patria no olvidara esos momentos en que la solidaridad ha vencido al dolor y la muerte como en los devastadores terremotos y tantas otras situaciones en que hemos visto que somos más que un gobierno!
  
   Tendríamos que aprender –también- de los nefastos políticos que gobiernan el mundo para no hacer lo que ellos, para denunciar sus acciones y poner en evidencia sus políticas populistas, demagógicas y contradictorias. De estos innombrables, uno cierra sus fronteras con Europa con una más de sus actitudes racistas y prepotentes; otro, con una frase espeluznante advierte a su pueblo que muchas familias perderán a sus seres queridos, casi como si les dijese que hay que resignarse a que mueran porque él no hará nada para afrontar la pandemia. En otro país, aun cuando parezca un cuento de terror, un personaje que debiera cumplir su encargo de proteger al pueblo que lo eligió, relativiza el problema, niega las evidencias de amenaza mundial, dice ser “hospitalario” y reparte besos y abrazos a sus aduladores secuaces que lo solicitan, inconsciente de que haría más bien si no comunicara contagio, enfermedad y muerte. No cabe duda, ¡cuántas cosas he aprendido!