Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    22 de Septiembre de 2020
28 de Junio de 2020
¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?
Jaime Emilio González Magaña

  
   La trágica pandemia del “coronavirus” está azotando la humanidad entera y muchas veces me he preguntado ¿qué haría yo si supiera que seré el próximo que va a morir? Porque no está dicho que nadie esté exento de ser contagiado y encontrarse cara a cara con Dios y dar cuenta de sus actos en el momento menos previsto. Al enterarme de la muerte de varios amigos, decía para mí, “este aviso es como el de una campana que dobla suavemente por otro que ha muerto y me dice: eres tú quien debe morir”. En esos momentos me ha hecho mucho bien hacer un examen de conciencia de mis acciones y omisiones y me he ayudado con la meditación que John Donne (1572-1631) escribió sobre este tema y que, en mi opinión, convendría reflexionarla de vez en cuando. El autor inglés escribió: «Perfectamente puede ser que ese por quien esta campana dobla ahora esté tan enfermo que no sepa que el tañido es por él; y bien puede ser que yo mismo crea que me hallo así de bien, y que quienes se hallan a mi alrededor y ven mi condición la hayan hecho doblar por mí y que yo no lo sepa, claro.
  
   La Iglesia es católica, universal, e igual ocurre con sus procedimientos; todo cuanto ella hace pertenece a todos. Cuando bautiza a un niño, esa acción me concierne, porque a partir de ahí ese niño estará vinculado a ese cuerpo que es también mi cabeza, asociada a ese cuerpo del que yo soy un miembro. Y cuando entierra a un hombre, esa acción me concierne: la humanidad entera es obra de un único autor y está compendiada en un único volumen; cuando un hombre muere, no es que un capítulo sea arrancado del libro, sino que es traducido a una lengua mejor, y cada capítulo ha de ser así retraducido. Dios se vale de varios traductores en su proceder: algunas partes son traducidas por la edad, otras por la enfermedad, algunas por la guerra, otras por la justicia, pero la mano de Dios está en cada traducción posible y su mano habrá de reunir de nuevo todas nuestras páginas dispersas en esa biblioteca en que cada libro estará abierto ante los demás. Así, igual que la campana que dobla para llamar a misa no convoca solo al predicador sino también a la grey, esta campana nos convoca a todos, pero mucho más a mí, que estoy tan cerca de las puertas a causa de esta enfermedad.
  
   Hubo alguna vez un contencioso, una querella (en que piedad y dignidad, religión y valía se mezclaban) sobre cuál de las órdenes religiosas existentes debía llamar primero a los fieles por la mañana, resolviéndose que solo debía hacerlo la que se levantara primero. Si entendemos correctamente esta dignidad asociada a la campana que dobla llamando a la oración temprana, debiéramos estar contentos de hacerla nuestra levantándonos temprano, en el bien entendido de que ella puede estar haciéndolo por nosotros o un tercero, como es ciertamente el caso ahora. La campana dobla por aquél que piensa que ella dobla por él; y, aunque ella se interrumpa cada tanto, desde el momento en que vuelva a tañir en sus oídos, ese individuo estará unido a Dios. Nadie alza necesariamente los ojos al sol cuando este asoma, pero ¿quién aparta sus ojos de un cometa cuando este irrumpe en los cielos? Nadie presta oídos a una campana que tañe en cualquier ocasión, pero ¿quién puede desentenderse de ella cuando esa campana está transfiriendo una parte de uno mismo fuera de este mundo?
  
   Ningún hombre es una isla, ni se basta a sí mismo; todo hombre es una parte del continente, parte del todo. Si una porción de tierra fuera desgajada por el mar, Europa entera se vería menguada, como ocurriría con un promontorio, con la casa de tu amigo o la tuya: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad; así, nunca pidas a alguien que pregunte por quién doblan las campanas pues están doblando por ti. No debemos considerar todo esto como una forma de llorar miserias o de tomar prestadas las miserias ajenas, como si no tuviéramos suficiente con las nuestras y hubiéramos de acudir a la casa vecina para hacernos con el dolor de esos vecinos. Sería, en cualquier caso, una forma excusable de codicia si lo hiciéramos, porque la aflicción es un tesoro y prácticamente ningún hombre tiene suficiente de ella. Todo hombre con la aflicción suficiente está maduro y en exceso maduro, dispuesto a encontrar a Dios a causa de ella». Comprendí entonces que, por arrogancia o extrema soberbia, olvidamos que no somos eternos, que todos somos uno y la pérdida de un ser humano, quien quiera que éste sea, nos quita un poco de nosotros y nos invita a prepararnos para la eternidad.