Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    25 de Noviembre de 2020
26 de Julio de 2020
¿CÓMO EXPRESAMOS EL SUFRIMIENTO?
Jaime Emilio González Magaña

   La terrible tragedia de la pandemia del Covid19 nos está dejando una amarga experiencia. En estos largos meses que, para decir la verdad, me han parecido siglos, en la confesión o en el acompañamiento espiritual se han hecho habituales algunas expresiones que son el reflejo del sufrimiento de muchos hermanos que se han enfrentado, directa o indirectamente, a los efectos del coronavirus. En los corredores de un hospital, en los centros de detección o en la cuarentena para evitar el contagio y causar más dolor del que ya existe; en las familias, comunidades religiosas o en los distintos ambientes visitados o habitados por el dolor, es común escuchar interrogativos semejantes a estos: ¿Por qué precisamente a mí? ¿Por qué me he debido contagiar de esta enfermedad? ¿Por qué mi familiar ha debido morir así, solo y sin que pudiéramos haber hecho nada por él, ni siquiera poder despedirnos? ¿Por qué la gente no se cuida y nos expone a más peligro?
  
   Estas preguntas son la expresión de que quien sufre se siente víctima de una injusticia o de una conjura que no ha alcanzado a todos y, por lo tanto, la considera todavía más injusta. Frecuentemente, el momento en que llega la enfermedad o la muerte, se considera como inoportuno y odioso, porque no estamos preparado y ta vez nunca nos habíamos hecho a la idea de que nos alcanzaría el dolor, la enfermedad y, mucho menos, la muerte. Más aún, cuando nuestro estúpido sentido de autosuficiencia nos ha ido alejando de Dios, de los valores que están a la base de nuestra fe, de nuestra identidad y, por supuesto, de una vida ordenada y vivida con una mínima disciplina. Ante el hecho de que, tristemente, el mundo y la sociedad globalizada que basa sus teorías en el placer egoísta, nos ha hecho creer que somos casi inmortales, es muy interesante constatar dos formas de manifestación de la impotencia y la rabia que suscita el darnos cuenta que podemos contagiarnos y, por lo tanto morir, en el momento en que estamos menos preparados.
  
   La primera forma está caracterizada por la manifestación de una serie casi infinita de ¿por qué? que quien sufre dirige a Dios y se le exige cuentas delante una realidad del mal presente en el mundo. La segunda se encuentra en las manifestaciones de un “sí” condicional frente a la experiencia del sufrimiento y que nace de un proceso de autorrecriminación o autoculpabilidad ante la realidad inexplicable de familiares o amigos que sabemos están por morir y, tal vez, no hicimos lo suficiente por ellos cuando tuvimos la oportunidad. Si yo hubiera hecho, si lo hubiera visitado, si, al menos le hubiera llamado más frecuentemente por teléfono. Son momentos en que ese “hubiera” no tiene ya ningún sentido como tampoco lo tiene el cargar nuestra conciencia cuando ya nada podemos hacer. Durante la vida ordinaria, tuvimos muchas oportunidades de expresar nuestro amor, amistad o, al menos cercanía; ahora, cuando ya nada podemos hacer, no tiene ningún sentido.
  
   En otras ocasiones, sobre todo cuando nuestra conciencia no está tranquila y en paz, ponemos a Dios en el banquillo de los acusados e, ingenuamente, suponemos que nos hará sentir más aliviados si decimos “¿Por qué Dios ha permitido esto?”; “¿Por qué Dios la ha tomado contra mí?”; “¿Por qué Dios hace sufrir a tantos inocentes y no castiga a los malos?”; “¿Por qué Dios no responde a mis súplicas?”; “¿Por qué Dios no interviene si, como dicen, ama tanto a sus creaturas?”; “¿Qué querrá Dios con tanto sufrimiento?”; “¿Qué he hecho mal para que Dios me castigue de esta forma tan cruel?”; “No tendré paz hasta que no encuentre una explicación de lo que Dios quiere con esta prueba”; “No es verdad que Dios sea tan bueno como me lo ha dicho siempre la Iglesia”. La letanía de estos “¿por qué?” no termina jamás y, por consiguiente, no encuentra respuestas satisfactorias porque, generalmente, el interrogatorio tiene un solo sentido y no se nos ocurre elaborar nuestras preguntas con otra perspectiva.
  
   Es muy raro encontrar personas que tengan el valor de reflexionar sobre una posible pregunta como ésta: “¿Y por qué no a ní?”; “¿Realmente me considero mejor o más importante que los demás como para quedar exento del dolor y del sufrimiento? Un común denominador a este tipo de preguntas dirigidas a Dios es el sentimiento de que ha traicionado mis expectativas, que no ha respetado mi fe, que ha sido injusto conmigo ya que Él estaba obligado a responder a mi oración. Recuerdo un marido cuya esposa estaba muriendo y decía: “hay gente que nunca va a Misa, que no reza jamás, pero a ellos no les sucede nada. Mi esposa ha rezado siempre, ha ayudado a la Iglesia y mira el premio que ha recibidio de Dios. No entiendo por qué Dios se porta así con nosotros”. Otras veces creemos que Dios tiene la obligación de escucharnos porque hemos hecho tantas “cosas buenas”; existe la idea de que la fe debería garantizarnos una vida mejor a la de la gente que no cree, que no frecuenta los sacramentos o que no ayuda a los demás. Obviamente, este tipo de fe es mucho más vulnerable y no nos ayuda a enfrentar los problemas, el dolor, la enfermedad y la muerte que, tarde o temprano, todos debemos afrontar. No podemos manipular a Dios ni pretender que nuestra fidelidad a Él o nuestra más o menos frecuente oración nos exima de una situación de sufrimiento. Tampoco nos ayudará culpar a Dios de lo que está pasando.