Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    22 de Septiembre de 2020
13 de Septiembre de 2020
¿ENTONCES, PARA QUÉ SIRVE LA ORACIÓN?
Jaime Emilio González Magaña

  
   Como decíamos la semana pasada, es un hecho que el sufrimiento es, muy frecuentemente, la mejor escuela de la vida. Se dice que en el mundo occidental el hombre está tan agobiado y aborto en tantas preocupaciones que la única forma que tiene para reflexionar y meditar es cuando enferma. Y parece que esto es verdad pues vemos que cuando una persona debe, por fuerza, estar en cama por algún problema de salud, aun cuando su cuerpo está inmóvil, su mente y su corazón se mueven mucho más rápidamente que antes. Tiene tiempo para reflexionar, para evaluar su pasado, para revisar su presente y programar su futuro con más sabiduría y orden. Bastaría recordar el proceso que vivió San Ignacio de Loyola cuando, herido en su cuerpo y en su orgullo, se restablecía de una herida causada por una bala de cañón, después de la batalla de Pamplona, en mayo de 1521 en la que participó por una temeraria decisión. Fue precisamente entonces que comenzó a comprender que su vida hasta entonces había estado llena de vacío, de ambiciones de vanidad y frivolidad que no lo habían hecho feliz e inició el proceso de una conversión que lo llevó, finalmente, a la santidad.
  
   También es necesario aclarar que no siempre se puede decir que una persona resista el ser probada más allá de su capacidad para soportar el sufrimiento. Hay momentos en que el sujeto es inmaduro, con poca fe y no siempre el sufrimiento lo ayuda a superar los momentos de debilidad. Al contrario, en lugar de mejorar, empeora. El individuo que no es capaz de afrontar una serie de pruebas y tragedias, se derrumba y las consecuencias pueden incluir un agotamiento nervioso, e, incluso, que llegue a tomar decisiones dramáticas como la de quitarse la vida. Por eso, hay que tener mucho cuidado y prudencia para sostener la pedagogía de que es Dios quien educa con el dolor. Es muy distinto afirmar el concepto de “Dios quien se puede servir del sufrimiento” al de afirmar que “Dios manda el sufrimiento” para contribuir a la madurez y crecimiento. No es posible afirmar que Dios manda la enfermedad a los niños para que los adultos nos sensibilicemos. Si este es su modo de actuar, es comprensible el comentario de Santa Teresa de Jesús ya que cuentan que un día se quejaba de lo mal que la trataba el Señor con enfermedades, problemas, arideces... A lo que Jesús le dijo... “Teresa, así trato yo a mis amigos”. Teresa, con mucha gracia, le respondió: “Ah, Señor, por eso tienes tan pocos”.
  
   Hay otra imagen de Dios que es frecuente distinguir en el acompañamiento espiritual que es aquella que nace de la convicción de que una sólida relación con el Señor, un buen comportamiento de vida y la práctica asidua de oración y de discernimiento serían las garantías más eficaces para alejarnos del dolor. Es común escuchar expresiones como éstas: “Si te comportas bien, verás que Dios te protegerá de todo tipo de desgracia”; “Si vas a la Iglesia y oras ante el Señor, non te sucederá nada malo”; “Si tienes fe, verás que te curarás”; “Si hubieras orado con fe, a estas horas ya estarías curado”. Por supuesto que no tengo nada que objetar al valor sanador y terapéutico de la oración, ya sea individual o comunitaria, sin embargo, es necesario ver cómo se entiende la oración y las expectativas a las que va unida. Hay quienes oran solamente para pedir gracias o favores y limitan la oración a una función de petición. Se dirigen a Dios como si fuesen a un mercado, con una lista de cosas para comprar.
  
   Otros, conciben la oración en términos egoístas y muy reductivos, como un medio para conseguir los propios fines. Muy frecuentemente, el objetivo definido es la curación física y la oración es una estrategia para conseguirla. Como la oración es concebida casi como mágica, el riesgo es que si el enfermo no se cura, es culpabilizado por parientes o amigos porque no ha orado lo suficiente o porque no ha tenido una fe completa y absoluta. O también, puede suceder que el mismo enfermo deje de orar porque, según él, no sirve para nada y el esfuerzo resulta inútil. No debemos limitar nuestra prospectiva y reducir a Dios a nuestro servicio o querer someterlo a nuestros esquemas. Alguno podría preguntar: “¿Entonces para qué sirve la oración”? Acaso Jesús no ha dicho en el Evangelio “Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre (Mt 7, 7-8). Es verdad que Jesús nos ha pedido que oremos y nos ha enseñado a orar, pero la oración no significa, necesariamente, que se nos abrirá puerta en la que toquemos o que se nos concederá lo que pedimos. Debemos dejar a Dios la libertad de ser Dios: la verdadera oración nos debe ayudar a estar abiertos al modo como Dios se nos revela que no siempre corresponde a lo que nosotros consideramos justo pero que no nos conviene porque no es su voluntad.