Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    22 de Septiembre de 2020
13 de Septiembre de 2020
UNA VEZ MÁS, SANTIAGO TANGAMANDAPIO, SUFRIÓ CON LAS INUNDACIONES
Benjamín González Oregel
S. Tangamandapio, Mich., a 10 de septiembre del 2020.-- La lluvia, desde siempre, ha sido tenida, por toda la gente, como una bendición. Los hombres del campo, los campesinos, los agricultores y los ganaderos, alaban Al Creador y a la naturaleza cuando las nubes abren sus compuertas y dejan caer el preciado cargamento. La esperanza de poder contar con alimentos en tiempos venideros, crece y se fortalece. Como se vigorizan el empeño y esfuerzo de todos y cada uno de los lugareños por conseguir llegar a la meta trazada con antelación: desde que se barbechan las tierras donde han de ser y fueron depositadas las semillas; y donde habrán de pastar los ganados. El olor de la tierra húmeda, pasada la lluvia, es agradable caricia que anuncia mejoras generalmente.
  
  
  
   Todo tiene un precio
   Pero en este mundo, en esta vida, nada es gratuito, todo tiene un precio: Y este jueves, buena parte del pueblo y su población, sufrieron los efectos de la tormenta que cayó sobre la cabecera del municipio y sus alrededores. Hacía unos minutos que el reloj había marcado las 3 de la joven y entoldada tarde cuando las negruzcas nubes abrieron sus compuertas y comenzaron a vaciar su contenido. Gruesas y pesadas gotas, en un santiamén, cambiaron el aspecto del concreto que cubre las calles del pueblo, mientras los pocos peatones que caminaban sobre las banquetas trataban de protegerse del agua, bajo las pestañas o resguardarse bajo los portales que medio rodean la plaza principal; con la certeza de que, como casi siempre sucede, la tormenta amainara y les permitiera continuar el camino.
  
   Conforme avanzaba el tiempo, en vez de disminuir, la precipitación arreciaba; y llegó un momento que, al agua, se sumó el granizo. Pelotitas de hielo que, empujadas por el viento, si entraban por una puerta, llegaron a terminar 5 ó 6 metros dentro de las casas habitación, o los negocios. El tratar de cruzar, de una banqueta a otra, a la altura del centro del poblado, era imposible. La calle Madero, pronto fue cubierta por las corrientes que bajaban desde el sur del pueblo. Una hora y media más tarde de haber iniciado la tormenta, 4 y media de la tarde, el agua cubría los arroyos de circulación de las calles, las acequias y las barrancas y se metió a no pocas casas; sobre todo las que se ubican cerca del centro, pero principalmente las que se levantan sobre la parte más estrecha de la calle Jaime Nunó.
  
   Piedras, basura,…
   Los torrentes bajaban desde las faldas del Cerro de la Loca, se unían a las corrientes que se formaban en los predios, fincas y nuevos asentamientos humanos e invadían y arrastraban lo que encontraban a su paso. Desde materiales para construcción, piedras, basura y ramas secas. Todo esto lo depositaban a lo largo del trayecto –los topes para frenar la velocidad de autos y motos, fueron lugares privilegiados a la hora de retener los desperdicios--. Travesía que terminaba frente al bordo de la carretera federal número 15, al norte del pueblo.
  
   Pero los daños no sólo los resintieron los habitantes de las partes bajas de Santiago. Los vecinos de San Judas, que habitan cerca de las faldas de La Loca, también fueron afectados. “No alcanzaba a sacar el agua en cubetas”, me dijo un vecino de esa parte. Para algunos de ellos, el problema radica en las apropiaciones que realizaron algunos de los nuevos propietarios, para adjudicarse terrenos que no les pertenecían pero sobre existían barrancas pequeñas por las que escurrían las aguas de lluvia. Cauces que, obviamente, fueron borrados.
  
   Lago naciente
   El jardín infantil, los lavaderos y los baños que hay en el Ojo de Agua Grande, habían desaparecido bajo el remolino que formaban los torrentes que bajaban por Jaime Nunó. El pórtico del Auditorio formaba parte del naciente, arremolinado y turbio lago ante el ímpetu de la riada, antes de enfilar, hacia Madero, principalmente. Seguramente la calidad del agua que brota del manantial saldrá contaminada. No olvidemos que las aguas negras de las partes altas de esta zona y que son habitadas, se mezclan con el agua de lluvia, y que, en muchos casos, invaden el fresco espacio que hay bajo el frondoso sabino.
  
  
  
   Los rápidos eran tan fuertes y tan impetuosos, que invadían e inundaban cuanta edificación o bocacalle encontraban a su paso. Las casas habitación y los comercios que se encuentran sobre la banqueta sur de la calle Guerrero, a lo largo de la manzana donde brota el manantial, sufrieron los embates del agua. Una vez que el líquido escurrió, montones, grandes cantidades de materiales para construcción y piedras, amontonados, formaban hileras tan largas como son las calles, ante el asombro de la gente que, desde las partes altas de las banquetas, veía el impetuoso y rápido descenso de las turbias aguas, rumbo al norte, hacia la carretera.
  
   Las cuadrillas de limpieza
   Ante esto, cuadrillas, formadas por personal del ayuntamiento, palas en mano, encabezadas por el propio alcalde, salieron a prestar ayuda a quien lo solicitaba. Cerca de las 19 horas, una máquina trascabo apoyaba en la recolección, donde podía y se lo permitían las condiciones propias de la calle, frente a la plaza principal, montones de arena, granzón y piedra. Ya habían hecho la tarea desde la carretera federal, en sentido opuesto al que había seguido el agua.
  
   Pero no sólo era el centro. Vía Internet, se sabía que sitios: La colonia López Mateos, y los barrios: Santo, de Abajo, San Rafael, de Arriba y Jerusalén, se daba la misma situación.
  
   A las 21 horas, la parte céntrica del pueblo estaba casi limpia del material que había sido arrastrado desde las partes altas; quedaba por limpiar el tramo que va desde Javier Mina, hasta más allá del cruce de Guerrero con Lázaro Cárdenas. Y sobre todo, el interior de las viviendas afectadas. Seguramente agua, lodo, piedras, muebles dañados obligarían a propietarios a empelarse a fondo, en los días por venir.