Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    30 de Octubre de 2020
11 de Octubre de 2020
LOS FALSOS AMIGOS SE JUSTIFICAN
Jaime Emilio González Magaña

  
   Ante el problema del mal, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, no existen respuestas fáciles, mucho menos exhaustivas, que puedan ayudarnos a encontrar respuestas y, mucho menos aún, con la sola lógica de la razón humana. Lo que sí podemos encontrar son caminos que vienen desde la fe, que surgen desde el lenguaje del corazón y nos ayudan a vivir en equilibrio, con esperanza y la convicción de que si nos confiamos solamente en nuestras capacidades, podemos sufrir mucho más todavía. Son como una brújula que, en medio de la inmensidad del mar, de una escarpada montaña o en la oscuridad de una jungla, nos orientan en la dirección que debemos tomar para llegar a un sitio seguro. Cada camino es una propuesta, una posibilidad de futuro, una invitación al riesgo de creer, confiar y esperar, a pesar de todo y de todos. Se han identificado seis itinerarios para encontrar sentido a la enfermedad y la muerte. Los dos primeros se inspiran en la dimensión espiritual y privilegian la contribución de la fe; el tercero y el cuarto, hacen referencia a la razón; los dos últimos se fundamentan en la voz interior del corazón. No se trata de vías alternativas, sino complementarias entre sí. Cada itinerario ofrece espacios de luz para iluminar la oscuridad y representa un esfuerzo parcial para interpretar el misterio.
  
   El primer itinerario nos lanza a Cristo quien vive el misterio del dolor en su máxima expresión de su pasión y muerte en una cruz. Ésta, aunque nos parezca difícil aceptar, es el símbolo que da sentido a nuestro dolor. Jesús no vino a este mundo para abolir el sufrimiento sino para asumirlo y transformarlo en el medio por excelencia de salvación. Las etapas de su calvario ilustran las necesidades, los estados de ánimo y las actitudes experimentadas cuando se encontró de lleno a lo absurdo de vivir su misión en las contradicciones de diversos Getsemaní. Él no resulta ajeno a esos momentos en que nos sentimos solos o creemos que nadie nos acepta como somos y experimentamos un deseo ingente de tener al lado a alguien que crea en nosotros y no se avergüence de ello. Al inicio de su Pasión «llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comenzó a llenarse de temor y angustia y les dijo: “Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense aquí y permanezcan despiertos”» (Mc 14, 33-34).
  
   Esa, tal vez, era la hora más crítica de su vida, cuando a nivel humano Jesús no entendía lo que estaba pasando al final de su misión y si debía “pagar” ese precio por su fidelidad y obediencia absoluta a su Padre. Experimentaba una profunda necesidad de tener a alguien cerca que pudiera vigilar con Él ante la inminencia del enemigo que lo busca para asesinarlo con todo el odio acumulado al verse descubierto en sus mentiras y traiciones a la Ley de Dios. Escogió de entre sus apóstoles, a aquellos tres que Él creía eran sus amigos y a quienes había transmitido el verdadero sentido de “bajar a Jerusalén” después de su Transfiguración en el Monte Tabor. Confiaba que habían entendido el mensaje y que en “su hora” de miedo y desaliento serían fieles y solidarios. Sin embargo, quienes se decían sus amigos cedieron a la debilidad de la carne y no fueron capaces de acompañarlo en su drama.
  
   Del mismo modo como muchos que se dicen nuestros amigos, se escurren y desaparecen de nuestro horizonte cuando nuestra situación se complica, quizás porque hemos sido calumniados; o cuando debemos cuidar un enfermo en el hospital o, simplemente cuando la vida nos da la espalda y sentimos urgentemente la necesidad de ser consolados. Su ridícula explicación se limita a afirmar que no sabrían que hacer o qué decir. Como en el caso de los apóstoles, los falsos amigos, se duermen y esto significa retirarse, no comprometerse, justificarse en sus obligaciones y preocupaciones. Los verdaderos amigos están a nuestro lado, reconocen nuestro dolor y siempre saben qué decir o qué hacer, sin necesidad de que nosotros lo explicitemos. Ante la amenaza de muerte, Jesús queda estremecido y turbado «y les dijo: “siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense aquí y permanezcan despiertos”. Se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: “Abbá, o sea, Padre, si para ti todo es posible, aparta de mí esta copa”» (Mc 14, 34-36). Jesús, el Hijo de Dios, no se avergüenza de su humanidad, no juzga y no reprime sus sentimientos sino los acoge, los reconoce y los expresa, como componente esencial de las consecuencias del camino que eligió y que quería sufrir hasta el final.