Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    25 de Noviembre de 2020
25 de Octubre de 2020
LA ORACIÓN ES EL LENGUAJE DE NUESTRA IMPOTENCIA
Jaime Emilio González Magaña
Cuando es auténtica, la oración surge desde la conciencia de nuestra pobreza e impotencia para afrontar el sufrimiento, el dolor, el fracaso o la muerte. Se trata de una relación donde el diálogo que se establece con Dios es una manifestación de nuestra necesidad inmensa de Él y del deseo de presentarnos ante Él, así, como estamos, sin máscaras o falsas justificaciones. Para un enfermo no es fácil orar, al menos, con una serie de fórmulas hechas y que se repiten mecánicamente. Me ayuda tanto pensar en la oración de Jesús, cuando, en Getsemaní, en el Huerto de los Olivos, se resistía a enfrentar el fin de su misión “así” y, de forma dramática pedía a su Padre la posibilidad de evitarle tanto dolor. No tenía más que la seguridad de su incertidumbre y la expresión humana al sentirse probado y abandonado, aun por Dios. De ahí surgió su oración de súplica y abandono y en ella, encontró las fuerzas para ponerse, conscientemente, en las manos de su Padre, otra vez.
  
   La oración nos ayuda a manifestar en primera persona, con el lenguaje más original y personal, el miedo y la angustia y, con ello, consagrar las reacciones que muy a menudo experimentamos, por ejemplo, cuando entramos en un hospital, ya sea como enfermos o acompañando a un ser querido que debe ser sometido a una operación; cuando tenemos que esperar un diagnóstico pero que intuimos la gravedad de la enfermedad; cuando tenemos tanto miedo de no tener los recursos económicos necesarios para afrontar los gastos. O tal vez peor, al escuchar a los médicos que han diagnosticado que ya nada podemos hacer y percibimos el asqueroso olor de la muerte, una vez más. La fuerza de la oración cristiana nos permite hacer frente al dolor que dispara las más insospechadas reacciones psicológicas, nos da la oportunidad de descubrir si tenemos agallas para enfrentar nuestros sentimientos más controversiales ligados a nuestros valores, creencias, afectos, e incluso, inseguridades.
  
   El diálogo personal y confiado con el Señor, favorece que integremos nuestros sentimientos, compañeros de viaje cuando el sufrimiento necesita ser soportado y exige nuestra atención, tiempo y espacio para manifestarse. Cuando falta la capacidad para acogerlos e integrarlos, complican los terribles momentos en los que nos sentimos fatalmente solos porque no hay nadie junto a nosotros que nos ayude a enjugar las lágrimas. Impide que nos resistamos a creer que los demás siempre tienen algo más importante que hacer y nos dejan solos con nuestro dolor y con la urgencia de sufrirlo e integrarlo. Es ahí, precisamente, cuando la oración refleja las circunstancias de la vida: a veces es una invocación o un lamento indescifrable, en otros momentos, es un ofrecimiento silencioso de nuestro dolor y sufrimiento; frecuentemente es, simplemente espera humilde y muda porque no encontramos palabras que puedan expresar nuestra dramática necesidad de ser escuchados.
  
   Es una especie de canal que nos permite encauzar el misterio de la propia debilidad. Por lo tanto, no se limita a fórmulas aprendidas y repetidas mecánicamente sino que encuentra formas inesperadas de las expresiones más profundas, sinceras y auténticas que se manifiestan así, en el silencio aterrador de quien ya no puede decir nada porque se ha quedado absolutamente mudo, solitario y abandonado. Es entonces cuando entendemos que para hablar con Dios no hay necesidad de palabras porque es nuestra experiencia de dolor y sufrimiento la que habla por nosotros. El sufrimiento, el dramático silencio, las lágrimas, la sensación de no contar con nadie a nuestro lado, la certeza de que estamos ante algo que no podemos evitar, eso es ya una forma de oración que dirigimos a Dios y Él la escucha porque ya no tenemos nada que ofrecer y, mucho menos, de decir porque hemos entendido que nunca hemos estado tan cerca de Dios como cuando nos sentimos tan inseguros, rechazados, criticados, perseguidos, calumniados, solos y enfermos.
  
   Con su dramática experiencia en Getsemaní, Jesús nos enseña dos tipos de oración: la primera es la de la petición de evitar el sufrimiento atroz que le espera al afrontar el drama de la traición, la soledad y una muerte injusta. La segunda es la apertura a vivir a fondo el proyecto de Dios, aun cuando, humanamente, sea incomprensible. La oración de súplica, es acompañada de la oración de abandono y confianza en su Padre. Este fiarnos de Él es, quizá, la parte más difícil de la experiencia cristiana de frente al dolor y a la muerte. Se trata de la explicitación de una actitud de fe que solo puede ser madurada en la fe, permite decir, como San Pablo: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Fil 4,13) y se traduce en la apertura a un modo distinto de ver lo que nos sucede “Pues sus proyectos no son los míos, y mis caminos no son los mismos de ustedes, dice el Señor”. De este modo, a nuestros ojos, la enfermedad puede aparecer como una tragedia y una injusticia; a los ojos de Dios puede representar una oportunidad y el enfermo puede descubrir su riqueza interior. A nuestros ojos, una pérdida puede generar un sentido de vacío y consternación; desde los ojos de Dios, puede suscitar una sensibilidad distinta para favorecer nuevas expresiones de donación de lo único que poseemos: el dolor, la soledad, la injusticia, la enfermedad y la muerte.