Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    02 de Diciembre de 2020
25 de Octubre de 2020
De Zamoranos Ilustres
EL ILMO. SR. DR. D. PELAGIO ANTONIO DE LABASTIDA Y DÁVALOS
Abogado y sacerdote a los 23 años, y Rector asimismo del Seminario de Morelia, fue consagrado Obispo de Puebla, en 1855, por su gran amigo Munguía; y principiaba a regir su Diócesis con celo y caridad nada comunes, cuando –por condenar los atropellados de la Reforma y refutar luminosamente las calumnias contra la iglesia—fue desterrado, el primero entre nuestros Obispos.
  
   En Roma –creado Asistente al Solio, por su valerosa actuación— se debió, en su máxima parte de iniciativa y trabajo, la elevación a Metrópolis de Michoacán y Guadalajara y la erección de las Diócesis de Veracruz, Querétaro, León, Zamora, Zacatecas, Chilapa y Tamaulipas; repatrióse en 1863, recién nombrado Arzobispo de Méjico, reuniendo a esta dignidad la del supremo mando civil, como Regente del Imperio.
  
   Su carrera política, por lo demás, clausuróse gloriosamente a los 30 días, enfrentándosele a Bazaine que exigía de los Regentes –y la obtuvo de los Generales Salas y Almonte—la sanción de las rapiñas sacrílegas y de las leyes anticatólicas, y desenmascarando el hipócrita liberalismo del próximo Gobierno Imperial. Y entregado entonces, más exclusivamente, a su ministerio, reorganizó sus Parroquias y consumó una Visita Pastoral de apóstol y misionero a toda su Arquidiócesis, hasta que –en febrero de 1867—volvió a Roma, llamado por el Papa.
  
   Allá permaneció hasta participar activamente en el Concilio Vaticano, influyendo en que los Pastores de América Latina se mostraran unánimes en pro de la infalibilidad; y regresó en 1871, apenas Juárez lo incluyó en la amnistía de la que estaba exceptuado.
  
   Desde ese día, de nuevo se dio todo a su Arquidiócesis –que visitó íntegramente otras dos veces--, y su largo pontificado fue de una admirable fecundidad que redundaba en bien de toda la patria. Así llegó a lograrse que se multiplicaran los establecimientos católicos de educación y beneficencia: que se emprendieran las magnas obras de Guadalupe y se prepararan las trascendentales fiestas de la Coronación: que la iglesia alcanzara una relativa libertad, después de los radicalismos de Lerdo; que pudiera pensarse en el Concilio V Mejicano –proyecto suyo--; que se avivara la vida religiosa, y se estrechara la unión del rebaño en torno del Pastor y de nuestros Prelados entre sí, tal como pudo verse en su Jubileo Sacerdotal de 1889.
  
   Así creció el prestigio del Arzobispado de México, hasta el punto de que todo nuestro Episcopado –cosa antes no común— lo viera como su Cabeza.