Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    02 de Diciembre de 2020
22 de Noviembre de 2020
LA VERDADERA AMISTAD ES PARA SIEMPRE
Jaime Emilio González Magaña

   En este tiempo dramático de la pandemia del coronavirus, una de las situaciones que más me han hecho reflexionar, orar y llorar es caer en la cuenta de la posibilidad real de no volver a ver a mis seres queridos –familiares y amigos- que el Señor me ha regalado en la vivencia de mi vocación. También es verdad que, ante la incertidumbre de un posible contagio, he podido reencauzar algunas concepciones erróneas sobre mis relaciones y he conseguido valorar y agradecer a todos aquellos que se han hecho presentes y, por lo tanto, más reales, más auténticos, más sinceros. Es una gran verdad asumir que en nuestra vida hemos coincidido con muchas personas, con los hermanos y parientes que Dios nos dio y los amigos que uno eligió. En este elenco, constato que hay compañeros, colegas y hasta alguno que, en algún momento de nuestra historia he llamado “amigo”, aun cuando el tiempo se ha encargado de desvelar una triste realidad de que, como el pañuelo de papel, fui “usado y tirado”.
  
   Hay muchos nombres que recuerdo de la escuela, de la universidad, del trabajo, de algún grupo apostólico, pero pocos son aquéllos amigos amigos que han perdurado a lo largo de toda la vida. Pocos han sido quienes hacen creíble lo que dice la canción de que «algo se muere en el alma cuando un amigo se va» o que «cuando un amigo se va, deja un espacio vacío que no puede llenar la llegada de otro amigo». Esos pocos son un regalo de Dios, sin lugar a dudas, por lo que resulta muy significativo que esas buenas y duraderas amistades se han forjado en tiempos y circunstancias difíciles, en un luto, en una persecución o fracaso o en una enfermedad. Con algunos de ellos, muy probablemente nunca, o casi nunca, volveré a coincidir físicamente pero la huella que han dejado me da la certeza de que mantendremos una relación afectiva y efectiva perpetua. Hay que decir que es muy frecuente que con los compañeros de trabajo, se den relaciones competitivas, tal vez hasta de rivalidad, en las que prevalecen las envidias, las ambiciones de poder y no se forjan esas amistades duraderas, aunque compartamos los tiempos y los espacios durante muchos años de nuestra vida, en algunos casos, durante toda nuestra vida profesional.
  
   Con algunos compañeros, tal vez podamos compartir algunos momentos importantes como alguna celebración en la que se come juntos pero jamás se comparte el corazón. En otros casos, nos vemos forzados a mantener algunas relaciones “diplomáticas” porque profesionalmente nos conviene. Debemos quedar bien con quienes tienen el poder de mejorar o empeorar nuestra situación laboral o económica o, incluso, en nuestra misión. Tristemente, en ocasiones, tenemos que sufrir este tipo de relaciones en la vida religiosa para que otros no impidan el ejercicio sereno de nuestra vocación y misión. Cuántas veces, experimentamos una rabia que no podemos explicitar cuando alguien nos está deseando, por ejemplo, «una feliz Navidad y lo mejor para el próximo año», pero en el fondo sabemos que va a hacer todo lo posible por humillarnos, pisotearnos porque ellos son los jefes y tratan de fastidiarnos en ese año para el que –hipócritamente-, nos desea felicidad. Hemos tenido compañeros de estudios que, cuando acaban los cursos, cada uno va por su lado o cuando terminan las carreras orientan su actividad profesional en diferentes direcciones sin que nos volvamos a encontrar nunca más pero esto, en realidad, no nos afecta porque nunca llegaron a ser amigos auténticos.
  
   A pesar de todo lo que he mencionado antes, es una regalo de Dios constatar que, aun cuando se enfatice más la rivalidad, la falsedad, las envidias, los celos o las verdades a medias, es un hecho cierto que se pueden establecer amistades verdaderas y que éstas perduran a través del tiempo y a pesar de la distancia. De hecho, en este tiempo dramático de pandemia, han sido muchos más los momentos en los que he agradecido al Señor, Dios Eterno, por tantas personas que han quedado grabadas en mi corazón como si alguien lo hubiese marcado con un hierro candente. Son infinitamente más los nombres de mis hermanos, sobrinos, parientes y amigos que han estado ahí y ahí estarán hasta que la muerte nos una más. Ha habido muchas Eucaristías en las que, con profunda consolación, he tardado mucho tiempo leyendo los nombres de muchos que me acompañarán hasta el fin de mis días. Ha habido una enorme sensación de gratitud porque estoy más que cierto que en muchos años, no ha habido pugnas, si no es porque me han exigido ser mejor para que no canonice la mediocridad. Es cierto que ha habido competitividad pero en el sentido de superar dificultades y hacer lo que debemos hacer por vivir a tope la vocación que cada uno eligió. Hemos sido y somos amigos que celebramos los éxitos de los amigos porque no aparece la carcoma de la envidia ni los celos. Con ellos, los de verdad, los de toda la vida, nos encontraremos siempre, aun cuando el viento nos sea contrario.