Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    23 de Julio de 2019
10 de Febrero de 2019
UN TESORO SECULAR DE LA ASCÉTICA CRISTIANA
Jaime Emilio González Magaña

  
   En los últimos meses he tenido la oportunidad de acompañar en Ejercicios Espirituales a varios grupos de sacerdotes y seminaristas de algunas diócesis en Italia y Albania. Es verdaderamente impresionante el fruto que el método de oración compartido por San Ignacio de Loyola puede hacer cuando nos dejamos llevar por el Espíritu Santo de Dios que actúa, a pesar der nosotros mismos, de nuestras debilidades y límites. Ignacio ha sido uno de los grandes místicos de la historia de la Iglesia que nos ha invitado a descubrir lo que Dios quiere de cada uno de nosotros y a rechazar todo lo que no viene de Él, mediante la oración y el discernimiento. Desde que se comenzaron a hacer los Ejercicios Espirituales, la Iglesia enfatizó como un hecho novedoso que se asume que el verdadero director de la experiencia de búsqueda de la voluntad de Dios no es otro que el Espíritu Santo, Señor y Absoluto del alma de quien desea seguir al único Absoluto.
  
   Dos son los actores principales de la experiencia: Dios, el Señor y quien hace los Ejercicios. Los Ejercicios no son racionalistas: es decir, no se basan en una filosofía ni se dirigen sólo al entendimiento. Tampoco son voluntaristas: o sea, en donde todo se orientara y dependiera de la voluntad de quien hace los Ejercicios. Sin embargo, la voluntad -y el entendimiento- tienen un papel muy importante. Tampoco son sentimentalistas: no explotan el sentimiento, aunque tampoco le temen. No son individualistas: no se centran en el individuo, en quien hace los Ejercicios, de una manera egoísta. Se mueven 100% en el plano de la fe y tratan de seguir las inspiraciones del Espíritu de Dios, según se va manifestando a su pueblo en la época en que se hacen los Ejercicios. Son del todo cristocéntricos: desde el principio hasta el final se medita, se reflexiona, se contempla...a JESÚS, el camino hacia el Padre; a Jesús a quien hay que seguir en la misión de implantar hoy el Reino del Padre.
  
   Los auténticos Ejercicios Espirituales, inspirados por San Ignacio de Loyola no deben ser dados a grupos masivos; son personales y se orientan a toda la personalidad de quien los hace (entendimiento, voluntad, afectividad...). Por esta razón llevan a la experiencia en que el ejercitante se deja llenar de Dios, de sus planes, de sus criterios. No son dirigidos ni guiados: ya que el que da los Ejercicios ni dirige ni guía al ejercitante imponiéndoles sus puntos de vista (distintos a lo que el Espíritu del Señor va inspirando a su pueblo) o el detalle de lo que debe meditar o contemplar (al margen de lo que el Espíritu indique a cada ejercitante). Son personalizados porque deben adaptarse a las necesidades, capacidad, formación, experiencias del ejercitante que seguirá su propio ritmo y su camino según lo vaya guiando el único director de Ejercicios: el Espíritu Santo. Con el correr de los siglos, la Iglesia no ha hecho sino confirmar su significado y ha tratado de desenmascarar algunas experiencias mal llamadas “espirituales” en las que se puede manipular y engañar a las personas que con buena voluntad buscan un espacio para orar y profundizar su fe y a las que -muy desafortunadamente- se les puede hacer mucho daño.
  
   Tal vez ningún historiador ha expresado con más fuerza y acierto la impresión que han dado los Ejercicios Espirituales como el Papa Pío XI cuando en su Encíclica Mens Nostra, definió los Ejercicios como un tesoro secular de la ascética cristiana. Y poco después, decía: “Sabido es que entre todos los métodos de Ejercicios espirituales que muy laudablemente se fundan en los principios del tan recto ascetismo cristiano, uno entre todos ha obtenido siempre la primacía que adornado con plenas y repetidas aprobaciones de la Santa Sede y ensalzados con las alabanzas de los varones preclaros en santidad y ciencia del espíritu, ha conseguido grandes frutos de santidad en el espacio de casi cuatro siglos […]. Y ciertamente: la excelencia de la doctrina espiritual, ajena por completo a los peligros y errores del falso misticismo; la admirable facilidad de acomodar estos ejercicios a cualquiera situación y estado de los hombres… la unidad orgánica de sus partes; el orden claro y admirable con que se suceden las verdades que se meditan; los documentos espirituales finalmente, que, sacudidos el yugo de los pecados y desterradas las enfermedades que atacan a las costumbres, llevan al hombre por las sendas seguras de la abnegación y de la extirpación de los más malos hábitos a las más elevadas cumbres de la oración y del amor divino sin duda alguna son tales estas cosas que muestran suficiente y sobradamente la naturaleza y fuerza eficaz del método ignaciano y recomiendan elocuentemente sus ejercicios”.