Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    23 de Enero de 2021
10 de Enero de 2021
UN DOLOR QUE NO ES TAN FÁCIL DE SANAR
Jaime Emilio González Magaña

  
   Los festejos de la Navidad y el inicio de un nuevo año han terminado. En mi opinión, estamos a tiempo todavía de reflexionar sobre nuestro modo de vivir el pasado año y prepararnos para lo que será de nosotros en este 2021, una vez que ha pasado el entusiasmo sensible y, frecuentemente, frívolo y superficial. Me parece que fueron muchos quienes asumieron los riesgos de la terrible pandemia y festejaron con un bajo perfil, por bien de la propia familia y de los demás. Otros, sin embargo -y esto es algo que no terminaré jamás de entender y, mucho menos de aceptar-, han puesto en riesgo no solamente su vida sino la de muchos inocentes con su actitud mezquina, cobarde y ruin. Me resulta imposible entender que haya quienes no sean de capaces de respetar, ya no digamos las reglas establecidas a nivel mundial por gobiernos que han asumido en serio su deber del cuidar a su pueblos para detener el contagio sino, las mínimas reglas del sentido común y un mínimo respeto a los demás. Esta sórdida actitud no es sino la expresión de una pésima educación y la ausencia de la más mínima conciencia moral y, por supuesto, cristiana.
  
   El año que ha terminado ha puesto en evidencia que somos vulnerables, limitados y, en muchos aspectos, la pandemia ha desnudado nuestra tendencia a la arrogancia y la autosuficiencia. Es verdad que hemos sido testigos de innumerables gestos de solidaridad y caridad, especialmente en médicos y operadores sanitarios que han arriesgado, y en muchos casos, ofrendado su vida por los enfermos a quienes acompañaban en su soledad y en los momentos terribles de la muerte cuando eran conscientes que no había nada más que hacer. También hemos experimentado la cercanía, el apoyo y la comprensión de muchos que, antes ni siquiera lo hubiéramos imaginado y, a veces, mucho mejor que la propia familia. En muchos, hay un sentimiento sincero de compasión por quienes han perdido el trabajo o por aquéllos que no tienen los medios económicos necesarios para afrontar la emergencia. Sabemos, asimismo, que ni la enfermedad ni la muerte tienen la última palabra y al sentir que cuando todo es relativo, el único absoluto es Dios quien no nos fallará jamás.
  
   Tenemos, me parece, el gran desafío de creer, en serio, que podemos vivir mejor en este año que recién ha comenzado. Existe el reto de proyectar que el tiempo que vivamos sea de auténtica calidad, más aún, de aceptación y perdón entre nosotros, de ofrecer lo mejor que somos y tenemos para vivir intensamente cada minuto, día, semana, mes y el año entero. A pocos días de haber iniciado el año nuevo, existe el riesgo de retomar la rutina, lo mecánico de una vida aprendida y repetida y canonizar la mediocridad que impide soñar y comenzar siempre de nuevo. Con el recuerdo de la Encarnación del Hijo de Dios, hemos “recibido gracia sobre gracia” para ser mejores y hacer más felices a quienes nos rodean. Para ello, necesitamos invertir una buena dosis de amor, de diálogo y comprensión, de aceptación mutua y de perdón continuo, siempre, en cada situación. Sería absurdo creer que siempre somos nosotros quienes tenemos la razón y que los culpables de nuestros problemas, crisis, defectos y situaciones problemáticas son “los demás”.
  
   Hace algún tiempo, una médica ayudaba a los damnificados de un terremoto ocurrido en Irán. En los momentos más difíciles de su trabajo con las víctimas de la catástrofe e, inmersa como estaba en la angustia y la desesperación, aquella mujer comprendió el sentido profundo del dolor y la pérdida de lo que amamos y expresó: «una herida se puede suturar, una fractura se puede enyesar, incluso cuando fallan nuestros órganos, éstos pueden sustituirse por otros mediante un trasplante. Pero el dolor que se genera en lo más profundo del alma por la pérdida de todo lo que se tiene y sobre todo por la pérdida de los seres queridos, no es tan fácil de sanar». Recordar esta anécdota me ha siempre ayudado pues considero que hay heridas que no pueden sanar como cuando nos hacemos indiferentes al dolor mismo o no asumimos el deterioro de nuestras relaciones personales y lo perdemos todo. Enfrentamos el gran peligro de acostumbrarnos a aceptar el aislamiento como el estado de vida más cómodo y conveniente sin asumir que hay heridas que más que el cuerpo, dañan el corazón y se producen continuamente cuando nuestras relaciones con la familia, en el trabajo o con nuestros amigos se deterioran, se destruyen, o, simplemente, desaparecen, sin que pareciera importarnos lo más mínimo. No esperemos a tener heridas que sean difíciles de cicatrizar cuando está en nuestras manos prevenir en lugar de tener que curar.