Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    13 de Abril de 2021
28 de Marzo de 2021
LLORANDO EN SILENCIO CON SU MADRE
Jaime Emilio González Magaña

  
   Hemos concluido la Semana de Pasión y en esta Semana Santa, seremos testigos del drama de la muerte del Señor. En medio de la tragedia que estamos viviendo, podemos optar por dejarnos llevar por la tensión del confinamiento y la zozobra de recibir, o no, la vacuna. O, aprovechar las horas para contemplar la agonía de Cristo en Getsemaní o su muerte en El Calvario y orar con gran fe que sepamos traducirlas en las ambigüedades de nuestra vida y, desde ahí ver cómo el Señor se solidariza con ellas. Jesús soportó una tristeza como la nuestra cuando experimentamos que no podemos hacer nada y nos levantamos tristes, sin deseos de hacer nada, tal vez, sin ganas de vivir. Cuando la rutina de los días vividos impide gozar nuestro tiempo, mientras perdura el hoy. El miedo que sintió Jesús al tener que enfrentarse a algo que intuía muy doloroso pero al ser desconocido, su fealdad crecía y le impedía prepararse aun cuando ya le daba grima su pasividad.
  
   No es nada distinto al miedo que tenemos a contagiarnos, a salir de casa y enfrentarnos a ese monstruo silencioso y asesino que, agazapado, esperar hacer nuevas víctimas de sus horrores. Pánico a los demás que no se cuidan y con su ligereza pueden enfermar a quienes más queremos. Pavor a no poder controlar nuestro futuro, si conservaremos el trabajo, si podremos pagar las deudas, recelos, sospechas, dudas… Mucho más que los golpes de la turba enardecida, a Cristo le dolía la espantosa sensación de fracaso ante lo que había sido su misión y el centro de la obediencia a su Padre. ¿Quién no ha temblado ante la inminencia del dolor, la soledad o la ingratitud? ¿Quién no ha saboreado la amargura del hastío, el aburrimiento o la pesadez de creer que no somos significativos para nadie? ¿Qué decir de la repugnancia a la hipocresía de quienes antes lo alababan, porque necesitan de Él, de su compasión con los enfermos, los endemoniados o los parias de la sociedad? Es el mismo asco que no podemos evitar ante quienes nos han engañado cuando se decían amigos y han sido ellos quienes han decidido ponernos en evidencia con los poderosos.
  
   El Hijo de Dios resiste el abandono o, al menos, la aparente ausencia de su Padre y se pregunta si ha tenido sentido lo vivido, por lo que ha luchado, por haber creído en el hombre. Hay cansancio, sequedad, incomprensión y un hueco enorme en las entrañas al constatar la ingratitud de aquellos a quienes más había querido y de quienes se había confiado casi ciegamente. Pero ellos duermen, lo han dejado solo. Ante esto, solo Cristo nos muestra cómo superar todas esas cosas que no podemos comprender con los ojos de la razón porque nada ni nadie nos lo podrán explicar jamás. También nosotros pasamos por ese sufrimiento ante la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo, la persecución o, incluso, la calumnia, cuando damos por hecho que Dios nos ha abandonado, que no le interesamos. ¿Puede alguien acaso explicar el mal de la violencia de los traficantes de drogas? ¿Alguien nos pude ayudar a comprender la impunidad que manifiesta el gobierno ante los seres ruines que siguen haciendo sufrir a muchas madres que reciben los despojos de los hijos de sus entrañas?
  
   Considero que no sería mucho pedir si sugiero que una forma de contrarrestar los catastróficos efectos de la pandemia del coronavirus, sería que no nos dejáramos influenciar por la sociedad líquida en la que vivimos. Puedo parecer ingenuo pero aún creo que pudiéramos recuperar nuestros valores más profundos y lo que nos han transmitido nuestros mayores de modo tal que hiciéramos de estos días, una Semana Mayor. Es un hecho que no podemos explicar el mal, ni el dolor, ni la enfermedad y mucho menos, la muerte, porque todo es un misterio. Pero sí podemos darle a nuestra existencia un sentido auténticamente cristiano si meditamos en lo que nos dice la carta a los Hebreos: “Tuvo que hacerse semejante a sus hermanos en todo, para hacerse misericordioso” (He, 2,17). Si nos atrevemos a darle un sentido a lo que sufrimos, lloramos o padecemos, es un hecho que Jesús nos dará la fuerza para esperar, aun cuando no haya esperanza, para amar, aun cuando sintamos que sólo hay ingratitud, traición o falsedad. Para ser misericordiosos, aun cuando en nuestro derredor solo percibamos deshonestidad, corrupción, infidelidad o mentira. Esta Semana Santa puede, efectivamente, alentar nuestra fe en que el dolor de Cristo nos humaniza, nos afina el alma, nos abre a los demás, en la misericordia del dolor. Nuestro dolor no será amargo y estéril si podemos decirle a Cristo que estaremos con Él llorando en silencio con su Madre.