Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    15 de Mayo de 2021
11 de Abril de 2021
¡NO SE ASUSTEN, HA RESUCITADO!
Jaime Emilio González Magaña
Aún resuenan en nosotros las palabras de consuelo y de esperanza que hemos escuchado el Sábado Santo en la “nox sancta", la madre de todas las vigilias cristianas: «No se asusten. ¿Buscan a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Miren el sitio donde lo pusieron» (Mc 16,6). En esa noche santa hemos recordado que no estamos caminando hacia un vacío y un silencio eternos, sino hacia Aquél quien nos ha creado y que nos ama, incluso más que nuestros padres. En el mensaje pascual recibimos una palabra de consuelo, de esperanza, de justicia. Al escucharlo, no podemos menos que orar para que nuestra querida patria recupere la paz y la tranquilidad que tenía en otros tiempos. Es tiempo oportuno para que, con la ayuda de Dios, hagamos nuestras las palabras de la Sagrada Escritura y experimentemos la «paz en la justicia y gloria en la piedad».
  
   Es tiempo de reaccionar; es urgente que roguemos al Señor que aleje de los rostros de los mexicanos ese gesto de luto y aflicción ante la violencia generalizada, la corrupción, la pobreza, la impunidad… Creo sinceramente que nuestro México merece algo mejor. Ya es tiempo de que tengamos una vida digna, que no permitamos ningún tipo de división ni de engaños con cantos de sirena de quienes se presentan con piel de oveja pero que encubren ambiciones personales y enfermizas. Desde el punto de vista cristiano, toda la historia humana es una larga espera. Antes de Cristo se esperaba su venida; después de Él, se espera su retorno glorioso al final de los tiempos. Precisamente por esto el tiempo de Cuaresma tiene siempre algo muy importante que decirnos para nuestra vida; por esto en las fiestas de la Pascua hemos recibido una invitación para fortalecer nuestra conversión de modo tal que nuestra vida crezca en amor y respeto, en amistad y fraternidad, en verdad y en justicia.
  
   Y todo esto es factible sólo si crecemos en el conocimiento de Dios, que es Padre, Todopoderoso y Eterno. Nuestra familia, nuestras amistades, nuestra Patria tendrán un mejor futuro si nosotros enderezamos primero nuestros caminos. Si nos decidimos a desterrar de nuestras acciones el odio, el rencor, la envidia, la ambición, la mentira, la injusticia... Si aceptamos el reto que nos presenta la Resurrección de Cristo para vivir en la alegría y con el deseo de desterrar de nuestro mundo y nuestras acciones cotidianas todo aquello que se encarga de contagiarnos de tristeza, depresión, angustia o confusión. El Señor Resucitado nos da una palabra de consuelo, de ánimo, de esperanza. Cuando todo indica que el mal vence, tenemos la esperanza de ser nosotros quienes lo impidamos con nuestra forma de vida.
  
   Pero, para lograr todo esto, se necesita la fe porque sólo Cristo Jesús es quien ha asumido el sufrimiento por nuestra felicidad, a pesar de nosotros mismos. Sólo Él ha vencido a la muerte y con ello nos da la posibilidad de hacer lo mismo. Él, que nunca perdió la alegría sino que, por el contrario, la ha ganado para siempre. Es tiempo de asumir que solos no podemos hacer nada, sino caer en la conformismo de ver que todo se destruye, sin atrevernos a hacer ni decir nada. O peor aún, caer en la trampa de una depresión paralizante. Es bueno, asimismo, que estemos atentos en estos días para no confundir la alegría con el placer, ya que aparentemente están cercanos pero en realidad son muy lejanos el uno de la otra. El placer sacia un momento, es violento como una descarga nerviosa; la alegría es pacífica y duradera. El placer lo obtengo por mí mismo, por mi propia experiencia, ya sea física, sensible o estética.
  
   La alegría auténtica es un don profundo porque proviene de Dios. No harta nunca porque, una vez que la pruebo, me da más deseo de Dios porque jamás me podré saturar de sus cosas. Cuando busco sólo el placer, me doy cuenta que éste pasa una vez que el deseo se satisface. La alegría me descentra de mí mismo y me lanza a los demás y por consiguiente a las cosas de Dios. Me hace crecer, me sostiene, me anima a ser yo mismo y a ir siempre más allá, sin contentarme como soy, sino que siempre me invita a ser mejor. El placer es golpe de suerte; la alegría es una bendición porque, al venir de lo alto, tiene ya algo de divino. Aún estamos a tiempo de suplicar que todos podamos ver la salvación de Dios, en alegría, en paz y como verdaderos hermanos.