Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    15 de Mayo de 2021
02 de Mayo de 2021
LA FE NO ES EJERCICIO DE LA FANTASÍA
Jaime Emilio González Magaña

   Estamos comenzando el mes dedicado a María y me parece que nunca, como ahora, podemos acudir a Ella para rogarle que interceda por nosotros en estos tiempos de dolor, angustia y dificultad. No obstante, convendría que purificáramos el modo de acercarnos a la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia y nuestra Madre, porque no estamos exentos de vivir una fe infantil o solamente fundamentada en una devoción inmadura. Es interesante constatar cómo la Iglesia nos presenta a los santos como dignos de ser admirados por su estilo de vida, por la pobreza y humildad en la que vivieron o, a algunos, por su enorme valor y fidelidad que los llevó al martirio. Sin embargo, muchos son imposibles de imitar. El Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, se esforzó por enseñar que la santidad de María fue enteramente singular (LG 56) y conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera (LG 64).
  
   Esto es verdad, pero es importante asumir que los Padres sinodales se cui-daron mucho de declarar que María es in¬imitable: la presentaron como modelo creíble pa¬ra nosotros y declararon que “la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes” (LG 67). Por lo demás, la doctrina conciliar se centra, no en su ascesis, sino en su fe, ejercitada en la cotidianidad, en la sencillez, en medio de los trabajos y alegrías de ca¬da día al grado que la acompañará hasta los momentos crudelísimos de la contemplación de la muerte de su Hijo en la cruz. Es también un hecho que la Lumen Gentium seis veces hace referencia conjuntamente a la fe, a la esperanza y la caridad (LG. 8, 31, 41, 61, 64, 65); las tres últimas en el capítulo dedicado a María. Y esto ha sido así porque, de ninguna forma son virtu¬des mutuamente extrañas; su vital víncu¬lo recíproco se enuncia brevemente así: la fe engendra la esperanza y obra por la caridad (LG 41). Más tarde, la Constitución Dogmática Dei Verbum, sobre la Divina Revelación ofre¬ce, si no una definición (DV 5), sí cierta descrip¬ción de la fe como respuesta prestada a Dios que se revela.
  
   Aun cuando en este sentido Dei Verbum es un documento esencial, no obsta para que nos dejemos impactar por la enseñanza de Lumen Gentium que presenta varias características esenciales de la fe de María que, sin lugar a dudas, iluminarán nuestra propia fe. En primer lugar, María es la virgen oyente que acepta el mensaje divino. La fe no es ejercicio de la fantasía que urde un bello relato de ficción en el que te asignas un papel estelar; es más bien cuestión de caer en la cuenta que nuestra Madre estuvo atenta a escuchar a Dios quien entró en comunicación con nosotros, en acogida plena de su mensaje. María, es la hija del pueblo de Israel, que aceptó el mensaje de Dios a este pueblo y dirigido a ella personalmente. En concreto, éste se refiere, no a prin¬cipios generales, sino a un aconteci¬miento que la involucra por entero: concebirá y dará a luz al Salvador. Ese es el papel que le señala la voluntad de Dios y María ejercita su fe abrazando de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno esta voluntad salvífi¬ca (LG 56). Se comprende así que Isabel la felicite efusivamente a causa de su fe en la salvación prometida (LG 57).
  
   María no acepta la misión de Dios como si no tuviera otra alternativa o con una acti¬tud desganada, miedosa y renuente, si¬no con una fe y una obediencia libres (LG 56). Distintos exegetas han puesto de relieve que el "hágase" de María (Lc 1,38) está formulado en un modo ver¬bal griego que se llama optativo, usa-do para expresar los deseos ya que el con¬sentimiento de María es gozoso. Hay otro rasgo de la fe que Ma¬ría presta al mensajero de Dios en ese momento singular de la Anunciación: es una fe exenta de toda duda (LG 63). Más aún, María no vive la relación de fe como un asunto privado ("yo y mi Dios"), para su uso y beneficio personal, indiferente y ajena a la suerte del resto del pueblo de Dios. El Concilio recuerda la doctrina de San Ireneo, que afirmaba cómo María, mediante su fe, fue causa de salvación para ella y para toda la humanidad. María vivió su fe, como nos dijo el Papa Francisco en la audiencia general del 23 octubre de 2013: «En la sencillez de las miles ocupaciones y preocupaciones cotidianas de todas las madres, como proveer la comida, el vestido, la atención de la casa… En esta existencia normal de la Virgen fue el terreno donde se desenvolvió una relación singular y un diálogo profundo entre ella y Dios, entre ella y su Hijo. […]. Allí su maternidad se amplió abrazándonos a cada uno de nosotros y nuestra vida, para guiarnos hacia su Hijo. María vivió siempre inmersa en el misterio de Dios hecho hombre, como su primera y perfecta discípula, meditando todas las cosas en su corazón a la luz del Espíritu Santo, para comprender y poner en práctica toda la voluntad de Dios».