Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    23 de Julio de 2019
10 de Febrero de 2019
José Gorostiza
POEMAS DE HOY Y AYER
José Gorostiza nació en Tabasco el 10 de noviembre del año 1901 y falleció en Ciudad de México el 16 de marzo de 1973. Habiendo recibido una formación centrada en la literatura, se dedicó durante años a la docencia de dicha materia en la universidad, entre otras ocupaciones relacionadas con la educación y el arte. Desempeñó tareas de carácter diplomático, lo cual le permitió visitar algunas ciudades europeas. Algunas de sus publicaciones destacadas son sus poemarios "Canciones para cantar en las barcas", "Poesía" y "Del poema frustrado", el brillante poema "Muerte sin fin" (dado a conocer luego de una extensa etapa de silencio) y la obra ensayística "Notas sobre poesía". A pesar de no contar con decenas de volúmenes editados, su impacto en el mundo de las letras fue muy fuerte y se suele asociar la escasez de su producción con un alto nivel de perfeccionismo.
  
   MUERTE SIN FIN
   (fragmentos)
  
   Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
   por un dios inasible que me ahoga,
   mentido acaso
   por su radiante atmósfera de luces
   que oculta mi conciencia derramada,
   mis alas rotas en esquirlas de aire,
   mi torpe andar a tientas por el lodo;
   lleno de mí -ahíto--me descubro
   en la imagen atónita del agua,
   que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
   un desplome de ángeles caídos
   a la delicia intacta de su peso,
   que nada tiene
   sino la cara en blanco
   hundida a medias, ya, como una risa agónica,
   en las tenues holandas de la nube
   y en los funestos cánticos del mar
   --más resabio de sal o albor de cúmulo
   que sola prisa de acosada espuma.
  
   No obstante --oh paradoja-- constreñida
   por el rigor del vaso que la aclara,
   el agua toma forma.
  
   En él se asienta, ahonda y edifica,
   cumple una edad amarga de silencios
   y un reposo gentil de muerte niña,
   sonriente, que desflora
   un más allá de pájaros
   en desbandada.
  
   En la red de cristal que la estrangula,
   allí, como en el agua de un espejo,
   se reconoce;
   atada allí, gota a gota,
   marchito el tropo de espuma en la garganta,
   ¡qué desnudez de agua tan intensa,
   qué agua tan agua,
   está en su orbe tornasol soñando,
   cantando ya una sed de hielo justo!
  
   ¡Más qué vaso -también-- más providente
   éste que así se hinche
   como una estrella en grano,
   que así, en heroica promisión, se enciende
   como un seno habitado por la dicha,
   y rinda así, puntual,
   una rotunda flor
   de transparencia al agua,
   un ojo proyectil que cobra alturas
   y una ventana a gritos luminosos
   sobre esa libertad enardecida
   que se agobia de cándidas prisiones!
  
   [...]
  
  
   IV
  
   ¡Oh inteligencia, soledad en llamas,
   que todo lo concibe sin crearlo!
  
   Finge el calor del lodo,
   su emoción de sustancia adolorida,
   el iracundo amor que lo embellece
   y lo encumbra más allá de las alas
   a donde sólo el ritmo
   de los luceros llora,
   mas no le infunde el soplo que lo pone en pie
   y permanece recreándose en sí misma,
   única en Él, inmaculada, sola en Él,
   reticencia indecible,
   amoroso temor de la materia,
   angélico egoísmo que se escapa
   como un grito de júbilo sobre la muerte
   --¡oh inteligencia, páramo de espejos!
   helada emanación de rosas pétreas
   en la cumbre de un tiempo paralítico;
   pulso sellado;
   como una red de arterias temblorosas,
   hermético sistema de eslabones
   que apenas se apresura o se retarda
   según la intensidad de su deleite;
   abstinencia angustiosa
   que presume el dolor y no lo crea,
   que escucha ya en la estepa de sus tímpanos
   retumbar el gemido del lenguaje
   y no lo emite;
   que nada más absorbe las esencias
   y se mantiene así, rencor sañudo,
   una, exquisita, con su dios estéril,
   sin alzar entre ambos
   la sorda pesadumbre de la carne,
   sin admitir en su unidad perfecta
   el escarnio brutal de esa discordia
   que nutren vida y muerte inconciliables,
   siguiéndose una a otra
   como el día y la noche,
   una y otra acampadas en la célula
   como en un tardo tiempo de crepúsculo,
   ay, una nada más, estéril, agria,
   con Él, conmigo, con nosotros tres;
   como el vaso y el agua, sólo una
   que reconcentra su silencio blanco
   en la orilla letal de la palabra
   y en la inminencia misma de la sangre.
   ¡Aleluya, aleluya!
  
  
   ELEGÍA
  
   A veces me dan ganas de llorar,
   pero las suple el mar.
  
  
  
   PAUSAS I
  
   ¡El mar, el mar!
   Dentro de mí lo siento.
   Ya sólo de pensar
   en él, tan mío,
   tiene un sabor de sal mi pensamiento.
  
  
  
   SE ALEGRA EL MAR
   (A Carlos Pellicer)
  
   Iremos a buscar
   hojas de plátano al platanar.
  
   Se alegra el mar
  
   Iremos a buscarlas en el camino,
   padre de las madejas de lino.
  
   Se alegra el mar
  
   Porque la luna (cumple quince años a penas)
   se pone blanca, azul, roja, morena.
  
   Se alegra el mar.
  
   Siete varas de nardo desprenderé
   para mi novia de lindo pie.
  
   Se alegra el mar.
  
   Siete varas de nardo; sólo un aroma,
   una sola blancura de pluma de paloma.
  
   Se alegra el mar.
  
   Vida -le digo- blancas las desprendí, yo bien lo sé,
   para mi novia de lindo pie.
  
   Se alegra el mar.
  
   Vida -le digo- blancas las desprendí.
   ¡No se vuelvan oscuras por ser de mí!
  
   Se alegra el mar.
  
  
  
   DIBUJOS SOBRE UN PUERTO
  
  
   1. El alba
  
   El paisaje marino
   en pesados colores se dibuja.
   Duermen las cosas. Al salir, el alba
   parece sobre el mar una burbuja.
   Y la vida es apenas
   un milagroso reposar de barcas
   en la blanda quietud de las arenas.
  
  
   2. La tarde
  
   Ruedan las olas frágiles
   de los atardeceres
   como limpias canciones de mujeres.
  
  
   3. Nocturno
  
   El silencio por nadie se quebranta,
   y nadie lo deplora.
   Sólo se canta
   a la puesta del sol, desde la aurora.
   Mas la luna, con ser
   de luz a nuestro simple parecer,
   nos parece sonora
   cuando derrama sus manos ligeras
   las ágiles sombras de las palmeras.
  
  
   4. Elegía
  
   A veces me dan ganas de llorar,
   pero las suple el mar.
  
  
   5. Cantarcillo
  
   Salen las barcas al amanecer.
   No se dejan amar
   pues suelen no volver
   o sólo regresan a descansar.
  
  
   6. El faro
  
   Rubio pastor de barcas pescadoras.
  
  
   7. Oración
  
   La barca morena de un pescador
   cansada de bogar
   sobre la playa se puso a rezar:
   Hazme, Señor,
   un puerto en las orillas de este mar!
  
   (De "Canciones para cantar en las barcas", 1925).
  
  
  
   LA ORILLA DEL MAR
  
   No es agua ni arena la orilla del mar.
  
   El agua sonora de espuma sencilla,
   el agua no puede formarse la orilla.
  
   Y porque descanse en muelle lugar,
   no es agua ni arena la orilla del mar.
  
   Las cosas discretas, amables, sencillas;
   las cosas se juntan como las orillas.
  
   Lo mismo los labios, si quieren besar.
   No es agua ni arena la orilla del mar.
  
   Yo sólo me miro por cosa de muerto;
   solo, desolado, como en un desierto.
  
   A mí venga el lloro, pues debo penar.
   No es agua ni arena la orilla del mar.
  
  
  
   QUIEN ME COMPRA UNA NARANJA
  
   ¿Quién me compra una naranja
   para mi consolación?
   Una naranja madura
   en forma de corazón.
  
   La sal del mar en los labios
   ¡ay de mí!
   la sal del mar en las venas
   y en los labios recogí.
  
   Nadie me diera los suyos
   para besar.
   La blanda espiga de un beso
   yo no la puedo segar.
  
   Nadie pidiera mi sangre
   para beber.
   Yo mismo no sé si corre
   o si deja de correr.
  
   Como se pierden las barcas
   ¡ay de mí!
   como se pierden las nubes
   y las barcas, me perdí.
  
   Y pues nadie me lo pide,
   ya no tengo corazón.
   ¿Quién me compra una naranja
   para mi consolación?
  
  
  
   PRELUDIO
  
   Esa palabra que jamás asoma
   a tu idioma cantado de preguntas,
   esa, desfalleciente,
   que se hiela en el aire de tu voz,
   sí, como una respiración de flautas
   contra un aire de vidrio evaporada,
   ¡mírala, ay, tócala!
   ¡mírala ahora!
   en esta exangüe bruma de magnolias,
   en esta nimia floración de vaho
   que ensombrecido en luz el ojo agónico
   y a funestos pestillos
   anclado el tenue ruido de las alas
   guarda un ángel de sueño en la ventana.
  
   ¡Qué muros de cristal, amor, qué muros!
   ¡Ay! ¿para qué silencios de agua?
  
   Esa palabra, sí, esa palabra
   que se coagula en la garganta
   como un grito de ámbar,
   ¡mírala, ay, tócala!
   ¡mírala ahora!
  
   Mira que, noche a noche, decantada
   en el filtro de un áspero silencio,
   quedóse a tanto enmudecer desnuda,
   hiriente e inequívoca
   - así en la entraña de un reloj la muerte,
   así la claridad en una cifra -
   para gestar este lenguaje nuestro
   inaudible, que se abre al tacto insomne
   en la arena, en el pájaro, en la nube,
   cuando negro de oráculos retruena
   el panorama de la profecía.
  
   ¿Quién, si ella no,
   pudo fraguar este universo insigne
   que nace como un héroe en tu boca?
   ¡Mírala, ay, tocata,
   mírala ahora,
   incendiada en un eco de nenúfares!
   ¿No aquí su angustia asume la inocencia
   de una hueca retórica de lianas?
   Aquí, entre líquenes de orfebrería
   que arrancan de minúsculos canales
   ¿no echó a tañer al aire
   sus cándidas mariposas de escarcha?
  
   Qué, en lugar de esa fe que la consume
   hasta la transparencia del destino
   ¿no aquí - escapada al dardo tenaz de la estatura-
   se remonta insensata una palmera
   para estallar en su ficción de cielo,
   maestra en fuegos no,
   más en puros deleites de artificio?
  
   Esa palabra, sí, esa palabra,
   ésa, desfalleciente,
   que se ahoga en el humo de una sombra,
   ésa que gira -como un soplo- cauta
   sobre bisagras de secreta lama,
   esa en que el aura de la voz se astilla,
   desalentada,
   como si rebotara
   en una bella úlcera de plata,
   ésa que baña sus vocales ácidas
   en la espuma de las palomas sacrificadas,
   ésa que se congela hasta la fiebre
   cuando no, ensimismada, se calcina
   en la brusca intemperie de una lágrima,
   ¡mírala, ay, tócala!
   ¡mírala ahora!
   ¡mírala, ausente toda de palabra,
   sin voz, sin eco, sin idioma, exacta,
   mírala cómo traza
   en muros de cristal amores de agua!
  
  
  
   EPODO
  
   Esa palabra que jamás asoma
   a tu idioma cantado de preguntas,
   ésa, desfalleciente,
   que se hiela en el aire de tu voz,
   sí, como una respiración de flautas
   contra un aire de vidrio evaporada,
   ¡mírala, ay, tócala!
   ¡mírala ahora!
   ¡mírala, ausente toda palabra,
   sin voz, sin eco, sin idioma, exacta,
   mírala cómo traza
   en muros de cristal amores de agua!
  
   (De «Del Poema Frustrado,» en "Poesía", 1964).
  
  
  
  
   DEL POEMA FRUSTRADO
  
   [...]
  
   IV
  
   ¡Agua, no huyas de la sed, detente!
  
   Detente, oh claro insomnio, en la llanura
   de este sueño sin párpados que apura
   el idioma febril de la corriente.
  
   No el tierno simulacro que re miente,
   entre rumores, viva; no madura,
   ama la sed esa tensión de hondura
   con que saltó tu flecha de la fuente.
  
   Detén, agua, tu prisa, porque en tanto
   te ciegue el ojo y te estrangule el canto,
   dictar debieras a la muerte zonas;
   que por tu propia muerte concebida,
   sólo me das la piel endurecida
   ¡oh movimiento, sierpe! que abandonas.
  
   (Del "Poema frustrado")