Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    30 de Julio de 2021
18 de Julio de 2021
MARTÍNEZ DE NAVARRETE A 212 AÑOS DE SU MUERTE
Jesús Álvarez Del Toro
Hoy, 19 de julio, se cumplen 212 años del fallecimiento de Manuel Martínez de Navarrete, quien naciera en nuestra ciudad, entonces villa, el 18 de junio de 1768 y falleciera el 19 de julio de 1809, a los 41 años de edad, en Tlalpujahua, Michoacán; ciudad ésta que le rinde homenaje a quien fuera guardián del convento franciscano de aquella localidad. Con el presente ensayo rindo homenaje a uno de los fundadores del humanismo zamorano.
  
   Cuatro décadas de vida, parece la constante en algunos de los zamoranos más preclaros. Así ha ocurrido con Fray Manuel Martínez de Navarrete, y antes con Benito Díaz de Gamarra, quien se acercó a las cuatro décadas y los hermanos Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte, quienes sobrepasaron casi con un lustro las cuatro décadas de vida y a quienes hoy, les rendimos un merecido homenaje; aunque todos ellos, unidos por el hilo invisible y conductor del humanismo, prosapia que los llevó a transgredir los órdenes establecidos de su tiempo.
  
   Fray Manuel Martínez de Navarrete y Benito Gamarra, quizá los más cercanos uno de otro y no sólo por temporalidad, ya que en tanto Gamarra contaba con 23 años, Navarrete nacía en nuestra ciudad; sino que ambos parece ser no contaron con fortuna familiar, hecho éste más acentuado en nuestro árcade que en el filósofo Gamarra. Sin embargo, ambos darían mucho de qué hablar en sus campos respectivos: la filosofía y la poesía; los dos desde sus celdas conventuales y entregados a la creación regeneradora del hombre.
  
   A más de dos siglos de distancia, la muerte de Navarrete es signo y precisión del destino del hombre, por supuesto a través de su obra:
  
  
  
Por último, te encargo
   que no pongas mis versos
   donde malignos momos
   tal vez puedan morderlos.
  
   Después, mas que descuides
   de ratones y perversos,
   de crueles polillas,
   y otros animalejos.
  
   Aquéllos son peores,
   porque aunque éstos es cierto
   que devoran las hojas;
   pero el honor aquéllos.
  
   Y en este caso, estaban
   mejor mis pobres versos,
   como en triste sepulcro,
   en un estante viejo.

  
   Mucho más se habrá de escribir sobre nuestro zamorano ilustre, ya que representa no sólo un proceso de transición poética: con él “concluye la lírica del virreinato” (Francisco Monterde) y da paso a los poetas de la independencia. Sino que se habrá de escribir más de él por su aportación a la búsqueda incesante de nuevas formas de hacer poesía, ya que se adelanta un buen tiempo a lo que será el romanticismo. Así pues, lo podríamos ubicar en una renovación literaria que no sólo habríamos de estudiar más a fondo, sino precisar hasta dónde buscó conceptualizar el verdadero sentido de la poesía; sentido éste que seguimos buscando a través del proceso de re-creación literaria:
  
  
Así pues, os he de hacer
   pedazos, porque a mis ojos
   no sois más que unos despojos
   de un ingrato proceder…
   Mas no esto sólo ha de ser:
   aún más tenéis que sufrir…:
   al fuego, al fuego habéis de ir,
   que pues fuego el ser os dio,
   fuego ha de ser, y no yo,
   el que os ha de consumir.

  
   Martínez de Navarrete busca en los elementos y en las estaciones del año, la armonía no sólo del universo, sino la armonía interior. Busca la paz, la belleza y la tranquilidad de cada ser humano a través de la poesía. Para nuestro árcade el principio de todas las cosas es el devenir poético, así como maneja el fuego, también maneja –como ya dijimos- las estaciones: Inicia con el verano:
  
  
¡Oh qué alegre estación la del Verano,
   que brinda flores por el verde llano!
  
   Y continúa con el estío:
  
   De doradas espigas coronado
   el Estío se asoma en el sembrado.
  
   Para seguir con el Otoño:
  
   Mira, Anarda, al Otoño, que cargado
   de frutos viene a nuestro suelo amado.
  
   Y finaliza el periodo anual, con el invierno, al que le canta así:
   Llega del año la estación severa
   y de la tierra toda se apodera.

  
   La razón poética de nuestro paisano no es el rebuscamiento, tan en boga en aquellos tiempos; contrariamente la sencillez es su arma contra la dificultad de leer poesía, así lo estipula en su poema La Inocencia:
  
  
Los hombres al mirarla
   muda y de rostro bello,
   el nombre de la amable
   simplicidad le dieron.

  
   Si bien es cierto que, cuando Navarrete fallece, el germen de la gesta libertaria ya se preparaba en Valladolid y a pesar de que el poeta zamorano había triunfado en el certamen convocado para exaltar al monarca español Fernando VII, en su poema Influjo del Amor, pareciera trabajar, subliminalmente, lo que ya ocurría en la Nueva España, y la tragedia que aún hoy nos persigue:
  
  
¡Oh México! sin duda yo gozara
   del gusto que me brinda tu grandeza,
   si causa superior no lo estorbara.

  
   Las musas del poeta: invención nominativa y realidad amatoria y poética. Todo en conjunción para volver a crear, a través de sus metáforas, vida plena en justificación del amor. Talía, Celia, Clorila, Filis, Doris; aunque Celia y Clorila sean las musas principales, a la primera, en el “retrato de Celia” incluso le confiesa haber asistido a la Academia de San Carlos y ser pintor; en tanto que con Clorila se siente descubierto y acalla con rigor, el rumor que siente en su fuero interno:
  
  
Por milagro del amor
   que a tu beldad me sujeta,
   Celia hermosa, ya de poeta
   me he transformado en pintor.
  
   Aves de mal agüero,
   mil veces mal os haya;
   y que os sean como espinas
   las flores de mi amada.

  
   La vigencia de una obra como la de Manuel Martínez de Navarrete, es, después de dos siglos de muerto, la trascendencia que todo creador busca en el proceso de re-creación literaria y nuestro coterráneo lo ha logrado con creces. A nosotros nos toca no sólo honrar su memoria, sino conservar su obra y el ejemplo que él, junto a los demás zamoranos ilustres y humanistas, nos han legado. Que así sea, por la memoria colectiva de una ciudad que se niega a perder su identidad humanista.