Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    30 de Julio de 2021
18 de Julio de 2021
PARA SENTIR EN, CON Y DESDE LA IGLESIA
Jaime Emilio González Magaña

  
   El movimiento de “Reforma protestante” desencadenó un ataque generalizado en contra de las principales prácticas de piedad ya que ellos las hacían aparecer como pura obra humana y, lógicamente, enfocaron su odio a los mismos sacramentos que no podían escapar a esta degradación universal. Con su sentido del discernimiento, San Ignacio de Loyola va a reaccionar contra ciertos excesos de esta tendencia renovadora, sin dejar de reconocer los fermentos evangélicos que hay en ella. Insistirá en que, como hombres, conservamos la libertad, tenemos una misión y, por gracia, podemos colaborar activamente con el Señor. Más aún: en esta situación, Ignacio va a intuir el misterio de la Iglesia y la necesidad de su mediación para el pleno cumplimiento de la propia misión. En lugar de escandalizarse de ella por el pecado institucional, aprenderá a amarla más constituyendo un grupo de hombres particularmente ligados a ella con un voto de obediencia especial al Romano Pontífice.
  
   Este es el contexto en el cual San Ignacio de Loyola escribió sus famosas “Reglas para sentir en la Iglesia”. Es un hecho que no fueron redactadas sólo como la reacción contra un mundo adverso y contra la corrupción; afirmar esto sería empobrecerlas y vaciarlas de su contenido fundamental. Las Reglas han sido el fruto de una experiencia espiritual profunda y consecuencia de una antropología que reconociendo la importancia de la gracia, defiende la libertad (libre albedrío) y el carácter social del ser humano que necesita mediaciones en el ejercicio de esa libertad. En su lucha espiritual y su camino de conversión a sí mismo y, por supuesto a Dios y a la Iglesia, San Ignacio de Loyola vivió un profundo cambio interior haciendo los Ejercicios Espirituales según la tradición de algunos hombres que no habían tenido miedo a la santidad. Partiendo de su experiencia, aprendiendo de sus crisis y, sobre todo, dejándose tocar por Dios, fue transcribiendo esa experiencia en el texto que conocemos y que ha dejado en herencia a la Iglesia.
  
   En contacto con Jean Chanones, Abad del Monasterio Benedictino de Montserrat en Cataluña, su padre espiritual, y, más tarde, en contacto con los pobres del Hospital de Santa Lucía, en Manresa, sintió el llamado de Jesús, a quien decidió servir. A pesar de sus defectos de carácter, de su infinita arrogancia, inconsistencias y debilidades, sus crecientes escrúpulos y su tendencia a la depresión al no encontrar respuestas a sus dudas, que incluso lo llevaron a querer cometer suicidio, experimentó un llamado a colaborar con Cristo. Poco a poco, se fue aceptando, decidiendo y responsabilizando, así como era y concibió su deseo de responder al llamado que el Señor, Dios Eterno, Uno y Trino, le hacía para conformar su misión. Su deseo de Dios le permitió percibir que Él había hecho suya esa debilidad como parte de la Encarnación que tuvo efectos por el dolor inmenso de ese Dios que “sufría” por tanta maldad y confusión en su amada creación.
  
   Por su experiencia personal de pecado, Ignacio descubrió, con mirada certera y profundamente amorosa, que entre Jesús y la Iglesia hay un mismo espíritu pues es su Esposa. Es la experiencia de San Pablo quien, persiguiendo a los cristianos, oyó que Jesús le decía que en verdad lo perseguía a Él. Por eso, no es de extrañar que, al final de esta experiencia larga de encuentro con Dios, de encuentro con Jesucristo, de amor tierno y personal a Jesús, San Ignacio de Loyola sintió la necesidad de explicitar el amor personal y tierno a la Iglesia. Era consciente que no podía amar a Dios sin amar a su Esposa. Quedó profundamente convencido de que solamente es en su seno donde podía justamente encontrar a Jesús. No es extraño, por lo tanto, que los Ejercicios Espirituales, terminen con las “Reglas para sentir en la Iglesia” ya que para que nuestra conversión sea auténtica, estamos llamados a vivir nuestra fe en, con y desde la Iglesia. Para San Ignacio, el amor a Jesucristo y su seguimiento se continúa, se hace misión, se concreta y se prolonga en el amor a la Iglesia. Obviamente esto es válido en nuestros días y es muy importante hablar de la Iglesia en continuidad con el amor a Jesús. Sin hablar del amor personal a Jesucristo, el amor a la Iglesia, su Esposa y nuestra Madre, podría hacer de nosotros hombres fanáticos o sectarios. La Iglesia no es un sindicato, tampoco una organización no gubernamental y, mucho menos, un club filnatrópico social o de beneficencia. Las reglas para sentir con la Iglesia, que es, ante todo, misterio, nos ayudan a comprender que nada tiene de sectaria y en ella se da la continuación de un amor personal y de un proceso de conversión.