Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    05 de Diciembre de 2021
21 de Noviembre de 2021
UN BESO SERÍA SUFICIENTE
Jaime Emilio González Magaña
Si no estamos atentos, esta frívola sociedad nuestra puede ser fuente de que canonicemos la mediocridad y de que caigamos en una creciente falta de esperanza. Esto se agudiza cuando estamos en contacto con algunas personas que viven con la ausencia total de un sentido verdadero a su existencia y más que vivir, arrastran un vacío en todo lo que dicen y hacen. Y, lo peor, es que eso se contagia. Es frecuente darnos cuenta de que el hombre de hoy no vive, funciona y repite lo que la sociedad le dice, lo que ha aprendido a reproducir miméticamente, sin pensar, sin decidir por sí mismo. Bastaría con darnos cuenta del modo como nos despertamos, lo que repetimos todos los días, la forma como iniciamos la aventura de vivir. Automáticamente encendemos la radio o la televisión; en ocasiones ni siquiera saludamos a las personas que están cerca de nosotros y que, supuestamente más queremos. Somos esclavos del celular y de los mensajes de supuestos amigos de las redes sociales que, en su anonimato, no hacen sino enfriar más nuestra ya de por sí débil disposición al diálogo auténtico.
  
   Estamos inmersos en un espantoso ruido cotidiano, en la rutina que repetimos y que nos va desgastando poco a poco. Los mismos gestos, los mismos movimientos, la misma ruta para llegar al trabajo o la escuela, los mismos enfados con las gentes que no estacionan bien sus coches o que se nos echan encima al manejar… lo mismo, siempre lo mismo. Este sinsentido del que nos vamos llenando va invadiendo nuestros sentimientos al grado tal de que, más frecuentemente de lo que pensamos, nos volvemos fríos, calculadores y creemos sinceramente que somos raros, que lo que hagamos o dejemos de hacer no tiene ningún sentido, que no somos importantes o significativos para nadie. Como si el mismo hecho de que no existiéramos significara prácticamente lo mismo para los demás. Vivir así nos lleva a la depresión, un mal común de este siglo. Especialmente cuando tenemos la sensación de que no estamos dejando huella en nuestro paso por la vida. Todos nuestros sueños, nuestras ilusiones, ¿dónde han quedado? ¿Todo lo que una vez pensamos hacer, en donde lo hemos dejado?
  
   Aunque no sea siempre verdad, tenemos la sensación de que no pintamos nada a nadie. Me parece que nos haría mucho bien reflexionar un poco y caer en la cuenta de qué es eso que nos hace sentirnos utilizados, manipulados, al servicio de intereses dañinos que no nos hacen crecer y que impiden que experimentemos la dicha de ser valorados, reconocidos… sencillamente amados. Me ha ayudado mucho orar una historia de Bruno Ferrero, que les comparto con la esperanza de que también sea útil para ustedes y dice así: «Había una vez un anciano que nunca había sido joven. En toda su vida, de hecho, nunca había aprendido a vivir. Y como no había aprendido a vivir, ni siquiera podía morir. No tenía esperanzas ni preocupaciones; no podía llorar ni sonreír. Todo lo que ocurría en el mundo no le apenaba, ni le asombraba. Pasaba sus días holgazaneando en el umbral de su cabaña, sin dar una mirada al cielo, el inmenso cristal azul que, también para él, el Señor limpiaba cada día con la suave pelusa de las nubes.
  
   Algunos viandantes le interrogaban. Estaba tan lleno de años que la gente lo consideraba muy sabio y trataba de aprovechar sus siglos de experiencia. "¿Qué debemos hacer para alcanzar la felicidad?", preguntaron los jóvenes. "La felicidad es un invento de los estúpidos", respondió el anciano. Pasaron hombres de mentalidad noble, deseosos de ser útiles al prójimo. “¿De qué manera podemos sacrificarnos para ayudar a nuestros hermanos?", preguntaron. “El que se sacrifica por la humanidad es un tonto”, respondió el anciano con una sonrisa siniestra. "¿Cómo podemos encaminar a nuestros hijos por el camino del bien?", le preguntaron los padres. "Los niños son como serpientes", respondió el anciano. "Sólo se pueden esperar mordeduras venenosas de ellos". Los artistas y los poetas también acudían a consultar al anciano, al que todos creían sabio. "Enséñanos a expresar los sentimientos de nuestras almas", decían. "Será mejor que se callen", refunfuñó el anciano.
  
   Poco a poco, sus ideas malvadas y tristes influyeron en el mundo. Desde su sórdido rincón, donde no crecían las flores ni cantaban los pájaros, el Pesimismo (pues así se llamaba el malvado anciano) enviaba un viento helado sobre la bondad, el amor y la generosidad, que, al ser golpeados por ese viento, se marchitaban y secaban. Todo esto disgustó mucho al Señor, que decidió poner remedio a la situación. Llamó a un niño y le dijo: "Ve a darle un beso a ese pobre anciano". El niño obedeció. Rodeó el cuello del anciano con sus tiernos y regordetes brazos y le dio un húmedo y sonoro beso en su arrugada cara. Por primera vez, el anciano se quedó asombrado. Sus ojos nublados se volvieron repentinamente claros porque nadie antes lo había besado. Entonces abrió los ojos a la vida y luego murió, sonriendo». A veces, realmente, un beso sería suficiente. Un "te quiero", aunque sea en un susurro; un tímido "gracias", una visita, una llamada... Es tan fácil hacer feliz a otra persona. Entonces, ¿por qué no lo hacemos?