Semanario Guía
Zamora, Michoacán, México    05 de Diciembre de 2021
21 de Noviembre de 2021
URGENTE: UNA NUEVA VISION Y UNA NUEVA ESPIRITUALIDAD, PARA SALVAR LA TIERRA
Agenda Latinoamericana Mundial 2021
José María Vigil
   Panamá
  
   Las causas principales, tanto de la génesis de la crisis ecológica actual, cuanto de la inadecuada respuesta que la humanidad le está dando (por omisión), parecen ser estas tres:
  
   1)el sistema económico y de producción, egoísta, explotador y depredador, que la especie humana se ha dado a sí misma. Conlleva una dinámica perversa poderosa de depredación del medio ambiente y de explotación de los grupos humanos, dinámica que, con las inmensas capacidades tecnológicas actuales, nos conduce aceleradamente al desastre ecológico;
  
   2) una visión y una cultura dominantes que legitiman ese sistema civilizacional depredador del medio y explotador de la humanidad menos favorecida;
  
   3) la falta de calidad humana, a nivel personal y colectivo, que conlleva la incapacidad para percibir la perversidad de este sistema, así como la lentitud para reaccionar, detener y superar esta situación. ¿Qué es lo que nos falta: información, conciencia, sensibilidad, voluntad, espiritualidad, calidad humana profunda...?
  
   Ante la primera causa necesitamos militancia política para transformar el sistema. Ante la segunda necesitamos una visión nueva, y a escala mayor, una auténtica revolución cultural. Para la tercera necesitamos una nueva espiritualidad.
  
   A) Transformar el sistema de vida disfuncional que está en guerra con el planeta
  
   A partir del siglo XVI se ha extendido por todo el mundo el sistema capitalista, actualmente en su fase neoliberal y financiera mundializada, que genera una dinámica perversa de depredación y de desigualdades. Ha sobrepasado ampliamente sus propios límites y actualmente cabalga desbocado a un ritmo de consumo que requeriría varios planetas para sostenerlo. El ritmo del daño que infligimos al planeta no ha dejado de crecer, y sin embargo no logramos ponernos de acuerdo para disminuirlo, ni mucho menos para detenerlo.
  
   El diagnóstico moral detecta la raíz de este mal en el hecho de que el ser humano ha puesto sus derechos por encima de los derechos del planeta y de los de las demás especies vivientes. Con ello el ser humano se ha convertido en un ser disfuncional, que lleva a la biosfera hacia la asfixia, y arrastra a toda la Comunidad de la Vida al desastre climático.
  
   El Planeta ya está reaccionando, pues, sea dentro de la «autorregulación» del sistema de Gaia, o como simple consecuencia del efecto invernadero principalmente, está en un proceso de calentamiento que a la larga va a destruir la especie que lo causa. El proceso YA está en marcha, y difícilmente lo vamos a poder ralentizar, ni mucho menos detener. Hemos de ser realistas, considerar cuáles son las próximas etapas de este proceso, y prepararnos para la llegada de los escenarios previsibles. Viene un período de grandes sufrimientos. Buena parte de la humanidad va a perecer, aunque es comprensible que la Vida y el Planeta se recuperarán, después de la extinción de muchas especies. Probablemente otra especie tomará nuestro puesto evolutivo en una forma armoniosa para con el planeta y con la biosfera. O tal vez nosotros mismos evolucionemos hacia esa otra nueva especie que necesitamos ser.
  
   Necesitamos un sistema centrado en la promoción del bienestar del planeta, la promoción de la vida, de todos los seres vivos, de la humanidad como conjunto, de su Buen Vivir y Convivir. No ya una «demo-cracia» ni unos «derechos (sólo) humanos», sino una bio-cracia y un respeto a «todos los derechos», también los no humanos, los derechos de todos los seres vivos, y de la Madre Tierra que los hace posibles. Lo más importante y urgente sería incorporarnos a la misma adoptando una revolución cultural que nos haga co-pilotar con Gaia la superación de esta crisis de sobrevivencia. Somos coprotagonistas de la grave crisis que atraviesa la Vida en el planeta. De cómo nos comportemos depende el que podamos superarla –si es que todavía estamos a tiempo– o que perezcamos en ella.
  
   En este momento nuestra gran tarea es acompañar esa Gran Transformación urgente. Necesitamos una teología nueva para una visión nueva, radicalmente diferente, desde bases más amplias y sobre nuevos presupuestos, coherentes con la realidad. La Humanidad continúa rigiéndose actualmente con la inercia genética ancestral de su especie, común a muchas otras: luchar por la sobrevivencia a cualquier precio, la ley de la selva o la ley del más fuerte.
  
   Nuestra especie necesita una nueva «visión» que se abra a una empatía profunda con toda la comunidad planetaria de la vida, le dé sentido de pertenencia y frene su potencial destructivo.
  
   B) Superar una visión del mundo y de la naturaleza que nos hace daño.
  
   • Para la vieja visión la materia es la mitad visible de la realidad, moralmente despreciable, inferior a las realidades «espirituales». Ante ella, la actitud humana es de dominio y usufructo: son simplemente «recursos naturales».
  
   • Para la nueva visión, en realidad, «la materia no existe». La materia, simplemente, es energía, en uno de sus estados. La física cuántica nos habla de las partículas, que son ondas a la vez, y que nos dejan en la incertidumbre sobre su comportamiento. En los niveles subatómicos, está el «vacío cuántico», una danza incesante de energía primordial, como una sopa cósmica de la que todo brota (una «buena metáfora de Dios», según Boff).
  
   • La vieja visión imagina la realidad escindida en dos niveles bien diferenciados, dos pisos: éste nuestro en el que nos movemos, y otro nivel superior, el mundo del ser (metafísica), del espíritu (sobrenatural), de Dios. Al primer piso corresponde lo material, lo terrestre, lo corruptible, lo sexual, el pecado... Al segundo piso corresponde lo espiritual, lo celeste, lo eterno, el bien, lo racional, la santidad. Como «cuerpo y alma», el ser humano participa de los dos pisos, pero su verdadera esencia es su alma sobrenatural.
  
   • Para la nueva visión, no hay dualismo en el mundo, no hay dos pisos en él, y el ser humano no está en un nivel superior al de las cosas y seres vivos de este mundo. Todos formamos la única realidad, que se realiza en diferentes niveles simultáneamente, y que configura diferentes formas y entidades, pero que no permite mirar «desde arriba» a las cosas y criaturas terrestres como inferiores, pasajeras, pecaminosas... Todo es natural y sobrenatural a la vez. Hasta la espiritualidad es natural.
  
   • Para la vieja visión el ser humano ha sido creado diferente de todo el resto de la creación, a imagen y semejanza de Dios.
  
   • Para la nueva visión, no hemos sido puestos en este mundo viniendo a él desde fuera, sino que hemos brotado en ese mundo, somos fruto de su proceso evolutivo, venimos de dentro de él.
  
   • En la vieja visión, el cosmos, y la Tierra, son sólo el «escenario» en el cual se desarrolla la vida humana. En ellos somos los protagonistas, los únicos sujetos; lo demás son meros objetos. Estamos solos los humanos, en medio de un cosmos de astros, planetas, plantas, animales y rocas.
  
   • En la nueva visión todo es distinto. No hay tal abismo entre nosotros y lo que nos rodea; al contrario, hay una profunda continuidad y comunión. Somos parte del cosmos, somos también cosmos. Nuestro cuerpo está hecho de los mismos elementos, está constituido por átomos que en otro tiempo han estado en otros cuerpos, humanos y no humanos. Somos «polvo de estrellas». En nosotros la Tierra –y el cosmos– toman conciencia, se contemplan a sí mismos... Pertenecemos a la Tierra, somos parte viva de la Gaia viva, totalmente interdependientes con ella. En esta visión ya no nos sentimos extraños, diferentes ni superiores.
  
   • En la vieja visión hay también un abismo de separación entre la especie humana y el resto de la vida en el Planeta, los animales, las plantas... Como si estuviéramos hechos de una naturaleza diferente o mejor.
  
   • En la nueva visión, en un sentido biológico, somos una especie más. De hecho, los humanos actuales somos un animal vertebrado de la clase de los mamíferos, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, del género homo, de la especie sapiens. Formamos parte de una misma y única «Comunidad de la vida», y dependemos de los ecosistemas en los que nuestra especie ha surgido. De hecho, nuestra carne está hecha de las mismas 14 bases nitrogenadas que constituyen toda la materia viva, y en el núcleo de cada una de nuestras células está escrita nuestra información genética en el mismo lenguaje ADN que el de todas las especies vivas. Nuestro cuerpo lleva en sí las huellas de la evolución biológica.
  
   • La vieja visión, aun en sus versiones laicas, pone por delante el carácter sobrenatural del ser humano. No seríamos seres meramente naturales. El ser humano sería un ser superior, por causa de su alma, la que le daría su carácter espiritual.
  
   • En la nueva visión no hay nada fuera de la naturaleza, no hay un segundo piso superior «espiritual». Lo que llamábamos «espiritual» no puede ser sino una dimensión de la misma naturaleza. La materia es autopoiética, autoorganizativa, «emergente», y tiende a la organización, a la complejidad, y es de ahí de donde surge la conciencia, la autoconciencia, lo que llamamos espíritu. Es la mente, que no está en otro piso, ni viene de otro mundo, sino que está en la materia organizada, en su intensidad mayor de complejidad, y que aparece como conciencia. La cultura no es sino la prolongación de la evolución biológica en el ser humano. La espiritualidad resulta entonces muy natural: «forma parte de la naturaleza». La naturaleza es espiritual, y la espiritualidad es natural.
  
   • En la vieja visión nos sentimos ante todo como sujetos individuales, separados de todo, de todos y del todo. Y todo lo miramos de un modo reduccionista que trata de reducirlo todo a las partes en que se puede diseccionar la realidad (reduccionismo, mecanicismo, dualismo, separatividad...)
  
   • En la nueva visión, holística, nos sentimos parte «del todo», miembros de una colectividad, vinculados, interdependientes. Y sabemos que el todo es mayor que la suma de las partes, desde lo más profundo de nosotros mismos estamos vinculados, somos interdependientes, y por tanto estamos marcados e influenciados por esa «totalidad», distinta de la mera suma de las partes.
  
   C) Necesitamos también una nueva espiritualidad, acorde con esta nueva visión
   Al cambiar nuestra visión del mundo, lo percibimos de otra manera, y con ello reconfiguramos nuestras empatías y nuestros valores. «Ojos que no ven, corazón que no siente»; pero también al revés: «ojos que miran con penetración lúcida, corazón que siente otros sentimientos y que vibra de otra manera». Mientras no cambiemos la vieja visión nos veremos privados de los valores e inspiraciones que necesitamos actualmente, a la altura del desarrollo cognitivo que hemos desarrollado. Es urgente posibilitar y recrear en nosotros un nuevo sentir, una nueva sensibilidad, empatía, inspiración, espiritualidad, religiosidad, sentido de lo sacro... que nos reconcilie con este planeta y logre hacernos vivir consecuente y felizmente como lo que somos, como Gaia.
  
   Algunos de estos nuevos giros, urgentes, podríamos presentarlos esquematizadamente así:
  
   Reconsiderar el teísmo, lo cual implicaría:
  
   • Tomar conciencia de que el teísmo tradicional es simplemente un modelo de comprensión, que la humanidad ha tenido ya, en el decurso de su historia, varios modelos, y que es legítimo y necesario hacer un discernimiento sobre ellos.
  
   • Superar el teísmo del theos griego, desabsolutizar el dios-personal, externo al mundo, del segundo piso, interventor sobrenatural y absoluto.
  
   • Relativizar el carácter personal-humano de Dios (el antropomorfismo), considerado tradicionalmente como imprescindible en nuestra relación con el Misterio, tanto en la visión oficial del cristianismo, como en la popular. Abrir los ojos espirituales del pueblo sencillo haciéndolo capaz de encontrar a la Divinidad, sin considerarlo de hecho un ser antropomórfico, un «tú con el que dialogar», un «amigo invisible».
  
   • Reubicar la «Divinidad» en la realidad, en la única realidad, en la naturaleza cósmica. Captar la dimensión/presencia de lo divino en lo cósmico y natural, la sacralidad de lo profano y de la naturaleza.
  
   • Abrirnos cada vez más al posteísmo en la forma de pan-en-teísmo espiritual, de reverencia de la sacralidad del Misterio presente en la realidad cósmica y total. La vieja polémica teísmo/ateísmo ha quedado obsoleta, ya superada.
  
   • El modelo de theos-dios, interpretado de modo literal, como un ser ontológico se convierte en un canon de interpretación jerárquica de toda la realidad, poniéndolo todo al servicio del ser humano, depreciando lo no-espiritual, lo no-personal, lo no-masculino. Podemos seguir utilizando la imagen «dios-theos» para expresarnos en espiritualidad, pero con la condición de mantener la distancia crítica de saber que es en realidad un símbolo.
  
   • El Dios antropomórfico piensa, proyecta, hace el plan, decide, pone en marcha, se complace, se disgusta, se enfada, condena, amenaza, castiga, se reconcilia, interviene, se retira, dice, hace, pregunta, ordena, hace milagros, concede, escucha, responde, dice, revela, habla... ¿No son demasiados verbos antropomórficos los que aplicamos a ese Dios? Dios no puede ser personal, sino más que personal, suprapersonal, tal vez transpersonal... Y podemos imaginárnoslo como personal si nos sirve, pero sabiendo que eso sólo es una facilitación metafórica.
   • Dios no puede ser Señor, porque sólo se puede ser Señor en una realidad estructurada desde la dominación, desde la jerarquización. Teilhard creía que un cambio exigido por la cultura actual era que Dios dejase de ser ese impresentable «propietario neolítico del mundo»...
  
   • La perspectiva feminista (Ivone Guevara) descubre en el teísmo la proyección de los afanes masculinos de poder.
  
   Reconsiderar el estatuto espiritual del cosmos, de la naturaleza, y de la ciencia:
  
   • Asumir la nueva imagen de la naturaleza, de la materia y del cosmos que la nueva cosmología y la nueva física, las nuevas ciencias en general, nos proporcionan.
  
   • Superar el concepto clásico de «creación del mundo» por parte de un Dios externo a él.
  
   • Redescubrir la presencia y la identidad del Misterio (lo divino, la Divinidad) en la realidad cósmica y natural. Reconocer/percibir la sacralidad de la naturaleza. Reencontrar a Dios (también) en la naturaleza –igual que el cristianismo nos ha hecho tan sensibles a la presencia de Dios en el ser humano–.
  
   • Abrirnos a la consideración no panteísta pero sí simbólicamente real de la naturaleza como el «cuerpo de Dios» (no menos ortodoxo que el «cuerpo místico de Cristo»). • Desprendernos del modelo de Dios masculino, exterior, dominador, justificador del dominio antropocéntrico del ser humano sobre la naturaleza y reconocemos que la Divinidad está en la naturaleza animándola desde dentro.
  
   • Debemos volver a nuestro hogar (homecoming), volver a una espiritualidad oiko-centrada, recentrada de nuevo en la realidad, en la vida, en la naturaleza, en el planeta, en Gaia, en el cosmos...
  
   • En este sentido, es urgente que las religiones vuelvan su mirada al estado actual de las ciencias, que fungen hoy como nueva «revelación», manifestación de los signos de la presencia del Misterio, que los hombres y mujeres de hoy rastrean con mayor sintonía.
  
   Caminemos hacia una espiritualidad que no nos aliene, es decir:
  
   • Que no nos inculque la minusvaloración de la realidad cósmica y natural.
  
   • Que nos permita vivir centrados en nuestro hogar, en la naturaleza, superando radicalmente el antropocentrismo, el humanocentrismo y el teocentrismo tradicional.
  
   • Que nos permita recuperar el amor y la empatía por la naturaleza. • Que nos permita reconocer el mundo habitado por Dios.
  
   • Que haga leer en «el Libro» divino de la realidad, del cosmos... y de la ciencia como revelación...
  
   • Que no nos permita depredar la Tierra, despreciarla, manejarla como mera despensa de objetos inferiores, deshabitada, sin sacralidad... sino que la sintamos como nuestro espacio sagrado, nuestra placenta espiritual.
  
   • Con una espiritualidad así es bien probable que la humanidad diera a tiempo el giro, el cambio, la gran transformación, tan urgente, que necesita hacer, para pasar de una civilización industrial, conquistadora, extractiva y destructiva, irracionalmente centrada en el lucro masivo y cortoplacista, a costa de la destrucción de la naturaleza y el envenenamiento de las relaciones humanas, a una nueva civilización, a favor de la vida y del planeta, de la humanidad y de la fraternidad. Como ha declarado la EATWOT: «sólo dejaremos de destruir la naturaleza cuando descubramos tanto su dimensión divina, cuanto nuestro propio carácter natural». La solución del problema más grave que tiene la Humanidad ahora mismo pasa principalmente por la urgencia de adoptar «una nueva visión y una nueva espiritualidad».